Los mil y un rostros posibles de un gran actor llamado Roberto Carnaghi

Cuando Roberto Carnaghi atiende su celular, pocas horas después de haber recibido el premio ACE de Oro (la mayor distinción que otorga la Asociación de Cronistas del Espectáculo), en primer lugar lo felicito y después le pido una entrevista. El dice que podemos hablar cuando yo quiera, hoy, mañana, lo único que hace falta es que los dos tengamos tiempo.

«¿A qué hora?», le digo, previendo maratónicas sesiones de grabación. El dice: «¿De dónde llamás vos, de Río Negro?» Le digo que no, que llamo de Neuquén, y estalla en una gran exclamación que sólo puede ser la de un hombre sencillo, humilde y bonachón: «¡Pero no querida, llamame de noche, y al teléfono de mi casa, si no te va a salir carísimo! Anotá:…»

Algunas horas después, pese a los 45 años de trayectoria, y varios galardones en su haber, admite que no se lo esperaba, que ni siquiera pensaba en ganar el premio para el que estaba ternado (mejor actor protagónico en comedia dramática por La resistible ascensión de Arturo Ui, de Bertolt Brecht), y que mucho menos pensaba en el ACE de Oro.

Carnaghi se encuentra grabando los últimos capítulos de Montecristo, la telenovela de Telefé que está batiendo records de rating, en la que se convierte en Lisandro, un asesino que se apropió de la bebé de una desaparecida, mientras era torturador de la dictadura que comenzó con el golpe de Estado de 1976.

Cada escena en la que demuestra su talento resulta una clase magistral de actuación.

La composición del personaje es extraordinaria, desde la postura, hasta la mirada.

En esta entrevista habla de eso, pero también de parte de su vida y su relación con el éxito.

-¿Cómo se siente hoy, el día después?

-La verdad que muy sorprendido. Dudaba de ir. Para estos premios me habían nominado en el '91, en el '92 y en el '94, y nunca lo gané. Pensaba que seguramente al premio de mejor actor se lo iba a llevar otro compañero, todos se lo merecían, estaban muy bien los muchachos. Me sentía agotado, había grabado todo el día. También me había ido a sacar la foto de los personajes del año de la revista Gente. Finalmente, no sé por qué, decidí ir, pero cuando dijeron mi nombre estaba pensando en cualquier otra cosa. Te confieso que cuando iban a decir el ganador del Oro, estaba por irme a mi casa.

-¿Y cuando escuchó su nombre?

-Pensé: «¿A mí? ¿Con toda la gente talentosa que hay acá? ¡Hay mucha gente acá que se lo merece!» Tampoco quiero decir que yo no me lo merecía, claro. Cuando subí al escenario no tenía idea de qué decir, no lo esperaba. Entonces hice el saludo de payaso que yo siempre hago. Porque el saludo es una fiesta.

-¿Se siente reconocido?

-Por supuesto, un premio es una caricia al ego. Pero lo más importante es el reconocimiento de la gente, la alegría de la familia, de los amigos, eso es lo más gratificante. Eso es lo que realmente importa.

-¿Cuántos años tiene, Roberto?

-No, la edad no la digo. Te puedo decir que pertenezco al siglo XX (risas).

-¿No la dice por coquetería?

-¡No! ¡Yo no soy para nada coqueto! No digo la edad porque si la saben influye a la hora de elegirte para un personaje. Un productor puede decir: «A este no lo vamos a llamar, si es un viejo de mierda». Entonces prefiero resguardar eso, yo puedo rejuvenecerme o envejecerme para actuar. ¡Es más fácil envejecerse, claro! Tato (Bores) siempre decía: «Uno tiene los años que representa para los demás».

-¿Cómo estaba conformada su familia?

-Mi viejo era carpintero, era tano, de Milán. Mi mamá ama de casa. Y tengo un hermana un poco menor que yo. Vivíamos en Villa Adelina, en una calle de tierra, ahí pasé mi infancia y adolescencia. Pero nací en Avellaneda

 

Los principios

 

-¿Y cómo surgió su vocación?

-En el '59 un amigo me contó que en una escuela de

San Isidro, a la noche, dictaban un taller de teatro. Me quise anotar por curiosidad. Mi amigo tuvo que hablar con las autoridades para que yo pudiera incorporarme, porque las clases ya habían comenzado. Teníamos mucha danza, pantomima, interpretación, historia del teatro. La escuela se convertía en una especie de centro cultural. Y me gustó, me entretenía. Camilo Da Passano (excelente actor y gran maestro de actores) me dijo que yo tenía condiciones, que tenía que seguir estudiando.

-¿Pero le gustaba el teatro desde chico?

-Mirá, te digo la verdad, una vez había ido a ver una obra de teatro y dije: «¡Qué porquería!» Sí te puedo decir que yo siempre escuchaba teatro por radio cuando salía del comercial, me gustaban las comedias, lo divertido.

-¿Mientras tanto, trabajaba?

-Sí, claro, yo siempre fui vendedor: de libros, de cacerolas, de lo que fuera. Desde purrete, siempre me la rebusqué.

-¿Dónde se formó?

-En la Escuela Nacional de Arte Dramático. Entraban sólo 30 aspirantes, entonces rendí, y me fue bien. Fui pasando de año y me di cuenta de que podía trabajar de actor. Egresé en el '66. En mi camada estaba también Ana María Picchio.

-¿Cuál fue su primera obra de teatro?

-Antes de recibirme, Carlos Gorostiza me eligió para hacer El mundo de Scholem Aleijem.

-Son géneros totalmente diferentes, pero qué prefiere hacer: ¿teatro, cine o televisión?

-No…Amo las tres cosas. La verdad que me hubiera gustado hacer más cine. Yo pongo toda mi energía en lo que hago, y, en este momento lo mejor para mí es Montecristo.

Lo que pasa es que el teatro es más profundo, tenés más tiempo para investigar. Sí hay que tener en claro que el teatro es del actor, la televisión del productor, y el cine del director. Pero amo a las tres cosas por igual.

-¿En alguna etapa de su carrera estuvo desocupado?

-Sí, por supuesto.

-¿Y a qué se dedicó entonces?

-A vender, como siempre.

-¿Ahora qué le gusta hacer en su tiempo libre?

-Y…me gusta cortar el césped, cuidar el jardín, disfruto mucho de la lectura, de tomar mate, y hacer nada. Vivo en una casa chorizo, que fui refaccionando, con mi señora, uno de mis hijos varones, mi hija y mi nieto.

-Cuénteme de Tato Bores…

-Tato era un grande. En aquel momento, en el '79, yo sabía quién era él, por supuesto. Y él no me conocía, y necesitaba un actor. Se creó entre nosotros una relación de cariño y amistad. Era una cuestión de piel. Fue muy abierto con respecto a dejarme hacer mi trabajo. Tato siempre sabía cuándo había que repetir una escena porque podía llegar a salir mejor. Y al final salía mejor. Para mi era una fiesta trabajar con él. Sentía mucho respeto por el público, le importaba muchísimo.

-¿La amistad continuaba fuera del trabajo?

-En las horas de camarín uno se cuenta la vida. Pero la relación quedaba ahí, más allá de que los dos sabíamos que las puertas de nuestras casas estaban abiertas para el otro. Por ejemplo, él todos los veranos se iba a Punta del Este, y yo no. Entonces recién nos volvíamos a ver en el trabajo. Pero realmente fue un amigo…hicimos once temporadas juntos. No es poco.

-¿Cómo vivió la dictadura?

-Y…no me tocó tan de cerca. Sabía lo que pasaba, por supuesto, pero no me pasó cerca.

Sabías que lo que leías en los diarios en ese momento no era lo que realmente estaba pasando, por la censura. De alguna manera te enterabas de lo que realmente pasaba.

-¿Y hoy, cómo ve la situación del país?

-Vendieron el país. Todos somos responsables de lo que nos pasó. Somos culpables del país que tenemos. Y me incluyo, como integrante de la clase media. Me parece terrible que no podamos crecer. ¿Qué proyecto de vida puede tener un pibe que a los tres años está pidiendo en la calle? Es increíble a lo que llegó el problema de la inseguridad, de la educación, de la corrupción. No podemos avanzar, no podemos crecer.

 

Lisandro, el asesino

 

-Lisandro es un personaje oscuro, ex torturador, apropiador de bebés ¿Fue pensado para que usted lo interprete?

-La verdad es que ya me habían planteado hacer un proyecto con (Pablo) Echarri, pero era un personaje muy chico, muy secundario. Finalmente se armó Montecristo, y surgió Lisandro.

-¿Le costó mucho trabajo lograrlo? ¿Cómo surgió la idea de la misteriosa carterita de cuero que lleva colgada?

-No, no me costó mucho trabajo armar el personaje. Con respecto a la cartera, me lo propusieron las chicas de vestuario, y me pareció muy buena la idea. Fue raro lo que pasó con la gente, porque en el teatro, por ejemplo, los objetos son muy importantes, son fundamentales. En la televisión generalmente no pasa lo mismo. La gente me preguntaba continuamente: «¿Qué tenés en la cartera?» A mí me pareció muy importante el valor del misterio.

-Daba la impresión de

que llevaba el arma…

-No, el arma no estaba en la cartera, la sacaba de otros lugares. Al final en la carterita llevaba un rosario.

-¿Y con respecto al resto del vestuario?

-Yo planteé que estuviera siempre impecable. Bien afeitado, prolijamente peinado, vestido de traje, con esos lentes de los setenta. Aunque no tenga un mango, aunque sea un muerto. Lo imaginaba bien milico (risas). Un tipo atado a cosas antiguas.

-¿Le gustó interpretar a un malo?

-Sí, mucho. Es otro tipo de trabajo. Hacer de bueno es más lineal. Hay actores que nunca quieren hacer de malos. Es un trabajo muy distinto para el actor.

-¿Se divierte haciendo Montecristo?

-La paso muy bien. Es agotador, porque son muchas horas de grabación, pero es lo que me gusta. Y sí, en definitiva la paso bien.

-Hubo una escena realmente conmovedora, en la que Lisandro cuenta que fue un chico pobre que miraba el parque de diversiones «desde atrás del alambrado». En el fondo, a pesar de ser por momentos macabro, ¿el personaje tiene un poco de aquel chico?

-Sí, totalmente. Yo hablé con los autores con respecto a mostrarlo como un ser humano, con sus miedos, sus fantasmas. Ojo: el tipo es un asesino, pero es un ser humano.

-¿Qué le dice la gente por la calle?

-La gente me pregunta si Lisandro va a terminar siendo bueno, y yo digo: ¡Pero si es un hijo de puta! Es así.

– ¿Qué proyectos tiene para el año próximo?

– Seguramente voy a hacer comedia en Telefé, y hay una propuesta para hacer teatro que estoy evaluando.

DANIELA POSOLDA

posoldova@yahoo.com.ar


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