«Los naufragios generan tragedias en la tragedia»

Con 49 años, es una de las pocas mujeres en el mundo que se dedican a investigar siniestros de buques en

Redacción

Por Redacción

Adriana Pisani apenas caminaba cuando comenzó a meterse en el «Costillar del Margaretha», un buque de bandera alemana de 45 metros de eslora. En setiembre de 1880 había partido de Carmen de Patagones rumbo a Río de Janeiro, pero terminó encallado de proa en lo que hoy es la intersección de avda. San Martín y el océano Atlántico.

De esas correrías nació en Adriana Pisani la pasión por los barcos y los naufragios. Socióloga devenida en historiadora, Pisani lleva publicados cuatro libros sobre el tema: «La fantasía del naufragio», «Vuelven los pescadores», «Nos hundimos» y «Monte Cervantes y el capitán Dreyer, naufragio y muerte en el sur argentino». Y de estos temas habló esta semana con «Río Negro».

– ¿Cómo es el mundo de los pescadores?

– Complejo… cargado de simbologías, un espacio muy ritual… apasionante cuando uno logra situarse en él, cuando desde afuera de la actividad uno es admitido, aceptado. Yo he vivido situaciones muy particulares a lo largo de mis investigaciones.

– ¿Por ejemplo?

– Irme a la banquina del puerto de Mar del Plata a conversar con ellos y que hablen muy poco… parcos, no desconfiados, sino concentrados en sí mismos. Decirles «voy a volver mañana para seguir charlando» y que respondan «Bueno… si estamos, estamos»… algo así como «si querés venir, vení y si no, es lo mismo». Pero cuando uno logra vencer ese blindaje, se encuentra con un mundo emocional muy intenso en sentimientos, de mucho afecto, sincero, sencillo y muy, muy solidario. Y la solidaridad tiene que ver con el riesgo que es propio a la actividad.

– Cada salida es la posibilidad de no volver…

– Y ese riesgo establece vínculos muy fuertes hacia la familia, porque es un partir sin referencias concretas de futuro. Y esto también tiene que ver con la solidaridad interna que prima en el buque ya en el mar, es muy fuerte. Ante el mar, hay integridad, cohesión en una única convicción: el peligro lo corren todos… ahí, en la simbiosis mar-trabajo, se liman muchas asperezas.

– Como en «Una tormenta perfecta», diferencias personales, pero ante la tragedia…

– Sí, sí, solidaridad terminante. Y todo ese andamiaje de emociones y acciones tiene que ver con la tragedia que suele implicar el mar para los pescadores.

– ¿Los pescadores tienen un concepto muy particular de la tragedia?

– La tragedia está muy internalizada en ellos… es una entidad muy presente, no condiciona decisiones, pero como recuerdo está ahí… en la vida de cada tripulante, pesa en cada historia personal aunque no se haya vivido personalmente un sinistro en alta mar.

– Admitida la tragedia en estos términos, ¿hay algún factor que la reproduce entre los pescadores como para que sea una entidad tan fuerte en ellos?

– El mar es remiso para devolver cadáveres.

– De la reflexión se infiere la respuesta, pero igual cabe la pregunta: ¿y entonces?

– Y entonces el contenido de la tragedia en los términos en que ha

blamos, tiene que ver con la naturaleza que es propia a los naufragios de barcos pesqueros… un rasgo muy distintivo del mundo de los pescadores y sus familias es la imposibilidad de elaborar los duelos que provoca un naufragio y esto tiene que ver con que el mar se queda con el cuerpo del ser querido… esa ausencia es una tragedia dentro en la tragedia misma.

– De sus libros se desprende que la misma búsqueda que sigue a un naufragio tiene una connotación muy particular.

– Como toda búsqueda de un ser querido, la espera está enmarcada por mucha angustia, por supuesto. Y si bien esta angustia es una condición inherente a cualquier desaparición, a diferencia de otras desapariciones, en el mundo de la pesca la desaparición es una posibilidad constante, está en cada salida al mar. Hay mucha exposición. Y, dada la naturaleza de los siniestros en el mar, para el familiar, el amigo, la búsqueda y la espera están siempre acompañadas de la percepción de la pérdida para siempre… de la muerte como resultado inevitable… ¡es desgarrante! Mi experiencia en el abordaje de este tema, especialmente para escribir dos de mis libros, tuvo instancias muy duras. ¡Los relatos del sufrimiento me dejaban muy mal… me resultaba complejo poner distancia! Ante la tragedia, la familia del pescador desaparecido siempre se sumerge en una larga espera que puede durar años.

– ¿No hay resignación?

– Yo diría que la resignación subyace, pero hay espera… cuando Prefectura suspende la búsqueda de un buque hundido. Tiempo atrás, una joven que había perdido al padre y a un hermano creo que en el «Mariluz», en el '94, me decía que hay días en los que cuando siente un auto estacionar frente a su casa, ella piensa que son ellos, que retornan…

– ¿Y cuándo se suspende la búsqueda de un barco naufragado?

– Es el punto inicial de la larga lucha en procura de un consuelo que no llegará jamás… ahí, en ese instante, el dolor se dispara vertiginosamente.

– ¿Este tipo de tragedia condiciona la relación de los familiares de las víctimas con el mar? Suele pasar con las familias que tienen a alguien perdido en las montañas…

– Sí, sí… hay familias que, tras la pérdida, no vuelven más a ver el mar o a ir a un puerto. En la Argentina hay dos tragedias muy grandes en lo que hace al mundo de la pesca: la del '46, que atañe a barcos que salieron de Mar del Plata, y la del '48, que arrasó con buques que habían partido de Carmen de Patagones… en uno y en otro caso estaban dedicados a la pesca del cazón, del tiburón. En cada una de esas tragedias murieron más de 30 pescadores. De la primera de ellas sólo aparecen 12 cadáveres, en Gesell, Punta Médanos…y de las más de 30 familias afectadas, el 90% de ellas no había vuelto jamás al puerto de Mar del Plata… yo logré que vayan el día en que presenté mi libro «Vuelven los pescadores». Y hay una característica muy habitual que hace muy particular la tragedia que suele desencadenar un naufragio: es muy común que en un naufragio haya varias víctimas de una misma familia, algo que potencia la tragedia, el duelo y todo lo que sigue…

– En el cementerio de Patagones

hay tres hermanos que murieron en la tragedia del '48. Pero de los tres, sólo dos de los sepultados son hermanos. Sucede que como el cuerpo del tercer hermano jamás fue encontrado, para conformar a la madre de los tres en cuanto a tener a los tres hijos enterrados, metieron en la tumba un tercer cadáver, el de un pescador NN que también había muerto en esos naufragios.

– No tenía ese dato, pero… en los naufragios del '46, por caso, también mueren tres hermanos y un cuñado de ellos. Este hilván que la tragedia establece en una misma familia está determinado por el hecho de que la actividad pesquera se funda en muchas empresas de índole familiar… entonces, se llora por el padre, por el hermano, por el cuñado…

– Esta semana hubo un naufragio en el golfo San Matías. El hasta ahora único sobreviviente dijo que seguirá trabajando en la pesca aun admitiendo los riesgos. ¿Es común esta conducta en los pescadores tras un padecimiento de esa naturaleza?

– Sí, sí… yo llevo muchos años trabajando con pescadores, y la conclusión que extraigo es que el mar tiene un encanto muy especial sobre ellos… los seduce… son, son marineros. No se trata sólo de una fuente laboral más. Es algo mucho más profundo. Incluso tras una tragedia es posible que algún familiar todavía no vinculado con la pesca pero con intenciones de integrarse, primero reniege de ese trabajo, pero termine embarcándose. Hay casos muy interesantes en esta materia… en el caso de «El Pampero», un pesquero de altura que se perdió en Samborombón en el '69, recuerdo que leí en los diarios a los pibes de varios tripulantes decir que dada la suerte que habían corrido sus padres, ellos jamás se dedicarían a la pesca. Sin embargo me reúno con varios de ellos en el '96 y a qué se dedican: a la pesca. Y no es inusual que en esta decisión de embarcarse haya algo de búsqueda simbólica del familiar desaparecido en el mar.

– ¿Cómo es eso?

– Sí, es como ir tras un símbolo que se sabe esquivo, que no se logrará, pero tiene algo de mandato. Ese es el caso del chico Bosich. Su padre, Francisco, se perdió con «El Pampero», y su esposa me contaba que el pibe, desde adolescente se preparó para «ir a buscar al padre»… y un día también se embarcó. Los Bosich son una familia sobre la cual rondó mucho la tragedia. José, hermano de Francisco, se salvó de la tragedia del '46 al no embarcar en la «Happy Day» porque estaba enfermo. Lo remplaza Manuel Naldi, sobrino de un comisario de la Bonaerense que aparece mucho en televisión… y Manuel, que se había salvado en el '44 de un choque entre buques en el Río de La Plata… «Las aguas son mis amigas», solía decir Naldi.

– ¿Cómo está instalada la mujer, la esposa,la madre, en el mundo del pescador? Porque no hay mujeres a bordo…

– ¡No! Hay cierto machismo en relación con la mujer… la señora de Ruiz, un encanto de mujer cuyo esposo se pierde en «El Pampero», siempre recuerda que su marido le decía que para los barcos la mujer es sinónimo de mala suerte… y la señora de Capelutti, que se pierde en «El Pionero», julio del '69… un barco que tenía ocho meses de ser botado, me comentaba que su marido siempre le decía «pase lo que pase, no te quiero ver en el puerto… si no llego, es porque no tengo que llegar». La desaparición de «El Pionero» es dramática, se va en un instante. Uno de mis libros lleva como título el sorpresivo mensaje de «El Pionero»: «Nos hundimos». Eso es lo que grita Jorge Napoleone, por radio, a Johnny Ardaen, que estaba en «El Cormorán»… era de noche… «¡Johnny, Johnny! ¿Estás ahí?», grita Napoleone… «¡Sí, sí, Jorge! ¿Qué pasa?»…. «¡Nos vamos a pique, nos hundimos!»… «¡Jorge, qué pasa, qué pasa!»… luego la nada… el silencio como respuesta. Fue a la altura de cabo San Antonio. Napoleone venía de estirpe de pescadores, había perdido dos hermanos en el mar en el '65… el mar… el mar cuando se lleva en la sangre, atrapa y atrapa… a veces para siempre.

 

Carlos Torrengo

 

 

(*) Para comunicarse con Adriana Pisani: adriana_pisani@hotmail.com


Adriana Pisani apenas caminaba cuando comenzó a meterse en el "Costillar del Margaretha", un buque de bandera alemana de 45 metros de eslora. En setiembre de 1880 había partido de Carmen de Patagones rumbo a Río de Janeiro, pero terminó encallado de proa en lo que hoy es la intersección de avda. San Martín y el océano Atlántico.

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