Los odio

Columna semanal

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El disparador

El vecino se quejó con mi mujer porque los gatos entraron a su casa. Dijo que le rompieron todos los platos. Imagino la vajilla destrozada en el suelo de la cocina y a él a los gritos. Voy y le toco timbre. Escucho el movimiento de un manojo de llaves, la puerta de mi vecino se abre.

- Che, José, así que entraron mis gatos...

- Sí -responde, seco, serio.

- Uhhh, perdón.

- Se metieron en la cocina y se comieron el pan. No es que dejé un pollo sobre la mesada -se queja, mirando el suelo, como conteniéndose. Intuyo que no le costaría mucho insultarme. Lo escucho a diario discutir con su mujer y retar a su hijo, de unos siete años, porque juega a la pelota en el jardín. Casi todos los días oigo portazos y gritos. El fin de semana pasado, José estaba en una escalera podando el cerco, sobre la medianera de casi dos metros que separa nuestras casas. Alzando la voz, su mujer le dijo: “¡Ayy! ¡Bajate de ahíiii! ¿Mirá si te caés? Ay, no, no, bajateeee”.

- Mil disculpas -insisto-. Comen cualquier cosa...

- ¿Estos gatos de dónde...? ¿Por qué los tenés? Ahora, tantos... Digo...

- El grande vino conmigo cuando me mudé, hace tres años.

- Sí, ese es bueno, no entra en casa.

- Los otros dos son chiquitos, los tengo hace diez meses. Algo traviesos, pero muy lindos, ¿no?

- Encima era de noche. Estábamos durmiendo y escuchamos ruido en la cocina. Creíamos que eran ladrones. Cuando bajé habían roto todos los platos.

- ¡Uhhh, no te puedo creer! -le digo a José, que aprieta los labios, resopla y sacude la cabeza hacia los lados. Le ofrezco elevar la medianera para que los gatos no pasen.

- ¿Decís que eso alcanza? -me pregunta. Me mira y parece disconforme.

- Creo que puede ayudar... Qué cagada lo de los platos, mil disculpas.

- Sí, los rompieron todos... No sé, no sé... Encima son rápidos.

- Cuando los veas por el jardín echalos. Si se asustan van a dejar de ir -le recomiendo.

- Ni llego a agarrarlos, son rápidos -se lamenta, con impotencia.

- Lo que te pido, por favor, es que no les pegues, ¿puede ser?

- Ni los puedo agarrar, son muy rápidos. El otro día les tiré agua.

- Agua está bien... José, no sé qué puedo hacer, ¿se te ocurre algo? -le consulto. Me acuerdo que cuando recién me había mudado, una noche de lluvia, escuché unos gritos muy fuertes. Pensé que venían de la calle, de alguien pidiendo auxilio. Luego identifiqué que venían de la casa de al lado. Sobresaltado, me quedé debajo de la galería escuchando la discusión de José con su mujer. “¡No te aguanto más!”, chilló ella y oí un portazo.

- ¿Cuántos platos te rompieron? Te los pago -propongo.

- Fue uno solo... Y no se rompió, se cayó al suelo.

- Ah... Bueno... El ruido los debe haber asustado, ¿no? -le digo. ¡Qué bronca!, ¿por qué no digo algo más? Dos días atrás lo vi por la ventana pisar el aloe vera que está enfrente de casa y su mujer le gritó: “¡Cuidado con la planta del vecino!”.

Ahora José se mira los pies, levanta la mirada, pestañea varias veces y arquea las cejas. Cuando se despide, le pregunto si por casualidad no vio a alguien pisar mi aloe vera. “No, nada, che”, me dice y entra a su casa murmurando: “Los odio, los odio”.

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


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