Los pro y los contra de ser Dios

por: JUAN MOCCIARO

jmocciaro@rionegro.com.ar

Diego Maradona no es Dios, más bien todo lo contrario, es humano, demasiado humano. Pero hace 45 años que el tipo juega como los dioses. ¿Entonces? Entonces así es su vida. Contradictoria. Paradójica. Inabarcable. Dios y humano, celestial y terrenal. Todo a la vez y en mismo cuerpo y mente, dilatados y contraídos, alimentados con excesos de todo tipo y luego saneados hasta el renacimiento imposible. Diego eligió ser humano y no mito. Eligió vivir y no sobrevivir. Y el tipo está, vive.

Pero aun así, es y será Dios. Entonces se lo cree omnipresente, necesario en todas partes. Y omnipotente, necesario allí donde haya problemas. Antes Boca, ahora la selección.

Las cosas parecen no funcionar bien en el equipo de Pekerman y no sólo en lo futbolístico. En los últimos días salieron a la luz supuestos roces internos entre las dos generaciones que conforman la selección hoy, la que en los '90 intentó sin éxito suceder a la de Maradona y la que al mismo tiempo se consagraba en juveniles. ¿Ayala vs. Sorín? ¿Riquelme vs. Verón? Si existen o no estas rivalidades generacionales (¿y futbolísticas?), sólo lo saben sus protagonistas, más allá de lo que nos digan sus actitudes y palabras puertas afuera.

En este contexto, Maradona es necesario. Pero también lo es por el suyo propio. Con las ideas claras, y la mente y el cuerpo limpios, tiene mucho por hacer en el fútbol argentino. Pero ¿de qué modo? Entonces volvemos al punto de partida: su lugar en el mundo. Fuera de las canchas, Diego nunca pudo encontrarlo. La selección tampoco. Después del '94, ambos vivieron una dura transición. Hoy Diego sabe lo que quiere. Y la selección parece ser un buen lugar para vivir, un buen lugar en el mundo.


por: JUAN MOCCIARO

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