Los sofistas
MIGUEL ÁNGEL ROUCO (*)
Junio del 86. El carro destartalado atravesaba el frío de una calle del oeste del conurbano, sin un destino fijo. Juan, un adolescente de 15 que lo conducía, en busca de clientes ocasionales, vociferaba por un altoparlante: “40 huevos, 2 australes”, repetía una y otra vez tratando de vender su mercadería. La memoria acaba de mover sus piezas y nos trae el recuerdo de un tiempo que se fue con la misma velocidad de un rayo. Hoy, 25 años después, ese adolescente, hoy adulto, cambió la tracción a sangre por una Estanciera modelo 1957, aún más destartalada que el carro de su adolescencia, al tiempo que transitaba las mismas calles del Gran Buenos Aires con una oferta similar. ¿Similar? “40 huevos, 20 pesos”, propone por estos días. El rayo mnémico ilumina y trata de unir ambos momentos. Momentos reales. ¿2 australes son iguales a 20 pesos? Es posible, aunque en estos 25 años algo pasó. Y eso que pasó no es ni más ni menos que una descomunal inflación que destruyó el valor de la moneda. Para graficarlo aún más, con estos 20 pesos, que equivalen a 200.000 australes de 1986, podemos comprar los mismos 40 huevos del carro o de la Estanciera, con lo cual podemos unir la línea de tiempo de los últimos 25 años. ¿Alguien se imagina ir a comprar 40 huevos con 200.000 billetes? Esa destrucción de la moneda desde 1986 –sí, la inflación de la Argentina se comió cinco ceros de su moneda– tiene una causa común arraigada en el monumental incremento del gasto público y la emisión monetaria sin respaldo para financiarlo y mantener la ilusión. Cinco ceros. No hay otro antecedente que la República de Weimar. A la destrucción de la moneda siguió la destrucción de la república y su reemplazo por el horror nazi. Hacer un repaso de la historia desde ese entonces sería ocioso y los tristes episodios que se vivieron en la Argentina dejan a cualquiera exhausto. Sin embargo, la Argentina insiste en repetir sus tragedias y se avecina a un umbral de severos problemas. “Un poquito de inflación no es problema”, replican desde la Casa Rosada. El gasto público se come hoy la mitad de la riqueza que produce el país. La emisión monetaria inunda las calles de papeles sin valor que luego terminarán valiendo menos. El sistema enciende sus alarmas. La inversión se hizo añicos y los incentivos a la demanda no hacen más que agregar combustible a la hoguera. Hace falta otra vuelta de tuerca. El reclamo del secretario general de la CGT no hace más que abonar la tesis. “La inflación es lo peor del modelo”, despachó Hugo Moyano desde un claustro universitario. “Hace falta mejorar la asignación universal y todos los subsidios”, disparó desde la atalaya académica. Más dinero, más fondos al mercado, para abastecer el sofisma kirchnerista. Es eso, no más que una ilusión, porque al mismo ritmo que se vuelcan más billetes por un lado, se le mete la mano en el bolsillo a la gente por el otro. “La inflación es un problema”, pontificó Moyano en una conclusión involuntaria y apelando al más simple sentido común, lejos de la liturgia oficial. El dólar aumenta a la par de la desconfianza de los ahorristas. La fuga de capitales se hace más intensa y las reservas comienzan a flaquear. Los escándalos de corrupción salpican la Casa Rosada, el ambiente apesta y todos buscan cobertura en el sistema de precios. La inflación aumenta a la par de una caída de la inversión y la economía entra en un callejón sin salida, a menos que se encare un ajuste que, cuanto más tarde se aplique, mayor trauma generará. Ahora, el Banco Central intenta absorber más dinero para mitigar los efectos expansivos de la moneda y emite más deuda. Este manejo histérico de la cantidad de dinero terminará impactando en el patrimonio de la entidad. El pago de los vencimientos de la deuda pública acelera el drenaje de reservas y, junto con el aumento de pasivos monetarios, terminará generando un déficit cuasi fiscal. La distorsión en el esquema de precios relativos produce no sólo inconsistencias sistémicas sino una irritativa distribución del ingreso donde los más pobres subsidian a los más ricos. Vale decirlo una vez más: la inflación es el impuesto a los pobres que financia a los más ricos. ¿Dónde está el progresismo? El carro, la Estanciera, el destino de Juan que con una pavorosa inflación de cinco ceros no pudo cambiar y quedó condenado a la subsistencia, la imagen de un país destartalado que vuelve a repetir la tragedia de la mano del kirchnerismo sofista. (*) Analista económico DyN
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