Los trapitos sucios en el escenario

Rodolfo Ranni habló de la obra con “Río Negro”.

Rodolfo Ranni y Ana Acosta son un matrimonio vencido por el tiemp o a punto de quedarse solos porque el hijo único se casa.

Rodolfo y Ana Acosta rescatarán la obra de Norberto “Beto” Gianola, “La noche de la basura”, con dirección de Carlos Evaristo. Con ella, subirán a varios escenarios de la región desde hoy (ver aparte). Es un diálogo feroz y arrebatado que transcurre durante la noche del casamiento del único hijo de este matrimonio desavenido tras veintiséis años de convivencia. Él, Oscar, es un carpintero que pasó su vida sacrificándose por la descendencia, sin otras aspiraciones que juntar plata y defender, aunque de modo equivocado, la integridad familiar. Ella, siguiendo el modelo heredado de sus padres, sólo se ha ocupado de criarlo. Confusión, falta de alegría, temor a la vejez en soledad, resentimiento largamente acumulado, frustraciones y ese dolor que producen ciertas verdades, se dan cita cuando deciden hablar, dar vuelta el tacho y sacar la basura a luz. Todo con una gracia para reír de principio a fin. “Más que al humor, “La noche de la basura” remite mucho a una gran ironía que causa mucha gracia a pesar de los personajes. Realmente son dos seres patéticos en un punto y producen humor por las barbaridades que dicen, que se dicen. La gente se divierte mucho, es cierto, y eso es lo bueno que ambos tienen, saltan de una cuestión a otra en un segundo. En el fondo siguen juntos porque se aman, pero bueno, no han podido disfrutar de ese amor o no supieron cómo hacer para gozar eso que sentían. Y a partir de que el hijo se les casa, hacen una especie de catarsis y hablan lo que no hablaron durante veintiséis años”, cuenta Ranni a “Río Negro”. Hoy, Ranni comienza una larga gira. Pero asegura que sabe hacerle frente al cansancio que produce: “Hay un punto que tengo tan internalizado, que surge cuando lo necesito y tiene que surgir. Sea en Neuquén, Roca, La Rioja, donde quiera que me toque actuar… Sucede en una recorrida, como ésta que hacemos por el norte de Patagonia, con trayectos tan, tan largos, que el personaje no sufre, el que puede sufrir soy yo porque siento el cansancio. Pero, puedo estar con fiebre, dolor de cabeza, agotamiento, subo al escenario y se me va todo. El rol que hago no tiene fiebre ni le duele nada, el que no se siente bien es Ranni. La gira es bastante dolorosa en ese aspecto. –Ha pasado por momentos de malestar o de situaciones familiares complicadas… –Bueno, eso lo salva el ángel guardián que tenemos los actores. Puedo estar muriéndome y cuando salgo a escena, queda en suspenso la posible muerte del actor porque el personaje debe vivir. Es como esa famosa película con Bette Davis en la que ella dice que morirá cuando caiga la última hoja de ese árbol y para que no muera le pintaron en la pared uno con una hoja eterna. Como que actuando nunca moría. –Suena bello pero difícil de sostener. –Sin duda. De todas maneras son métodos que se van creando a través del tiempo. Cada uno tiene el propio, en última instancia, para la interpretación. Yo, por ejemplo, tengo mi manera. Me gusta trabajar el repentismo y que las cosas sucedan en el momento que entro al escenario. Antes, puedo estar hablando de cómo le ganó España a Italia cuatro a cero. –En esta gira le toca un personaje con humor e ironía, pero ha hecho un duro en el filme “La plegaria del vidente”, estrenado el 21 de junio. –Eso, para mí, es lo bueno. Yo he tratado de generar, de hacer dos o tres cosas distintas al mismo tiempo, precisamente para no encasillarme. Y me gusta esa diversidad, no tocar solamente una cuerda, para que no se me torne monótona la actividad actoral, también para que el espectador no me vea haciendo siempre lo mismo. Me agrada hacer algo muy dramático en televisión y decididamente cómico en teatro o muy violento en cine y al otro día encarar una comedia con Susana Giménez y (Juan Carlos) Calabró. Me atrae ese juego diferente. Son mecanismos míos que van apareciendo a través de los años. Yo necesito del apremio. Me pasa, por ejemplo, con estudiarme la letra. Puedo tener un libro dos meses en mi casa y seguramente ni lo miro y aunque lo haga y me ponga a estudiarlo, no me queda la letra. Pero sí me la aprendo, de pronto, en la última semana porque no hay otra, es sí o sí. Necesito de la urgencia, para eso. Hay gente que no, más metódica, que estudia un poco cada día. Yo, en general, preciso la adrenalina del apremio, del sí o sí. De cuando no hay tutía, otra salida…

Eduardo Rouillet eduardorouillet@gmail.com


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