Los ultraconservadores

El grueso de la clase política quedó atrapado en el tiempo, y sus recetas son patéticamente anticuadas.

Por Redacción

A pesar de saber que buena parte de la población del país lo considera culpable de sus desgracias, el gobierno del presidente Fernando de la Rúa cuenta con algunos motivos para prever que no le serán tan demoledores los resultados de las elecciones de octubre. Aunque sea pésima su propia reputación, la de la oposición peronista no es mucho mejor, de forma que no parece tan fantasiosa la esperanza de los estrategas gubernamentales de que se produzca una especie de empate. De ser así, el éxito relativo conseguido debería muy poco a los esfuerzos de «políticos de raza» como Raúl Alfonsín por trasmutar el partido oficialista por antonomasia en una unidad de choque de las huestes opositoras. Lejos de ayudar a la UCR, las maniobras sinuosas en tal sentido la han perjudicado: conforme a las encuestas de opinión aún no le han permitido a Alfonsín distanciarse ni del cura Luis Farinello ni del ex comisario Luis Patti, lo cual, por ser cuestión de un ex presidente y caudillo vitalicio del partido gobernante contra un par de novatos contestatarios sin grandes aparatos proselitistas, es francamente ridículo.

Con todo, si bien el gobierno radical siente alivio por la incapacidad evidente del PJ, para no hablar del Frepaso, para proponer una alternativa mejor, su fracaso ha contribuido enormemente a intensificar el «malhumor» que se ha apoderado de la ciudadanía, permitiendo el ascenso fulgurante de figuras como Patti, Farinello y la diputada Elisa Carrió que, con la posible excepción de la primera, se limitan a expresar el disgusto comprensible que quieren manifestar tantos por el estado del país sin brindar la impresión de ofrecer «soluciones» factibles y coherentes para sus muchos problemas. Si no fuera por el vacío que se ha producido, los políticos meramente testimoniales de este tipo se verían eclipsados por los líderes de movimientos capaces de gobernar, pero puesto que los partidos tradicionales parecen estar agotados, han podido brillar con una luz exageradamente fuerte.

Ya que el «modelo» consensuado por la UCR, el PJ, el Frepaso y una multitud de minipartidos ha resultado inviable, es natural que la clase política esté en crisis. Lo que no lo es en absoluto, en cambio, es que hasta ahora apenas se hayan producido señales de renovación. Ha transcurrido más de un decenio a partir del colapso del gobierno de Alfonsín, pero la mayoría de los radicales ni siquiera ha intentado hacer frente a las connotaciones de aquel desastre. Aún más sorprendente, si cabe, es la situación del PJ: luego de aprovechar los votos que les reportaban los logros iniciales del gobierno de Carlos Menem, casi todos los peronistas han regresado a los viejos prejuicios populistas que compartían con sus rivales radicales. Por lo tanto, el grueso de la clase política ha quedado atrapado en el tiempo, reacio a avanzar más allá de los años sesenta aunque es de suponer que sus integrantes entienden que las recetas que entonces proponían ya son patéticamente anticuadas.

¿A qué se debe este fenómeno a la vez curioso y sumamente peligroso? En parte, a la cobardía moral: parecería que muchos políticos no tienen el coraje mínimo que les sería necesario para enfrentarse con los dispuestos a acusar a cualquiera que se anima a señalar que el liberalismo no es tan malo de ser un delincuente vendido al «capitalismo salvaje». Otro motivo tiene que ver con la hipocresía propia de su sistema político corrupto y clientelista en el que los que se niegan a respetar los intereses creados no tardarán en ser expulsados del redil. Asimismo, los cálculos electoralistas, la presunta necesidad de conservar el apoyo de aliados dudosos y las dificultades prácticas que plantearía cualquier esfuerzo por reformar la economía con el propósito de capacitarla para prosperar en el mundo tal y como es les parecen más importantes que los beneficios hipotéticos de emprender la renovación global de las «doctrinas» partidarias. Sin embargo, a menos que los grandes partidos consigan llenar muy pronto el vacío ocasionado por su conservadurismo extremo, otros lo harán y no hay ninguna garantía de que sus dirigentes sean tan benignos como Farinello, Carrió o incluso el ex comisario Patti.


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