Luditas y neo-luditas
Por Héctor Ciapuscio
Qué son los luditas?(1) La palabra se refiere a destructores de máquinas, pero en nuestros días ha pasado a señalar a quienes tienen aversión por los artefactos técnicos o, más ampliamente, por la tecnología en sí misma. Un patético representante del «ludismo» en nuestros días es Theodore Kaczynski, alias «Unabomber».
Ahora está preso y en proceso criminal demorado por un diagnóstico de «paranoico-esquizofrénico». Desarrolló durante 17 años una campaña con bombas pos- tales contra científicos informáticos: mató a tres e hirió a veintinueve. ¿Por qué esa obsesión de un brillante matemático de Berkeley que se hizo ermitaño y ludita furioso? Las razones están en su «Manifiesto» de 35.000 palabras contra la sociedad tecnológica que hizo publicar íntegro, chantajeando al gobierno -parar la matanza a cambio- en el «The New York Times». (Lo perdió la soberbia; un hermano reconoció su estilo y se lo dijo al FBI). Expresa que si los científicos informáticos que se ocupan en desarrollar máquinas inteligentes tienen el éxito que esperan, ellas -las máquinas – harán mejor las cosas que ahora hacen los hombres.
Finalmente, un sistema totalmente maquinizado se ocupará de los trabajos de la sociedad y entonces podrán ocurrir dos cosas: o que se les permita tomar todas las decisiones o que se mantenga una supervisión humana. En el primer caso, nuestro destino estará a su merced. En el segundo, el control sobre sistemas complejos y sofisticados no estará en manos del común de la gente sino de una elite todopoderosa, con todavía mayor control sobre la gente. Estas máquinas harán superfluo el trabajo humano, de modo que si los dominadores son duros decidirán exterminar a las masas; si, en cambio, son compasivos, actuarán como pastores de un ganado humano biológica y psicológicamente condicionado. El loco remedio que encontró Kaczynski fue el de convertirse en criminal y amedrentar con bombas a los científicos relacionados con la inteligencia artificial.
«Erewhon», un libro que publicó el visionario Samuel Butler en 1872, es un raro antecedente sobre maquinófobos. Trata de una civilización que el protagonista descubre después de atravesar una cadena de montañas de un continente remoto. Viviendo luego entre los naturales, le sorprenden algunas pautas de su cultura, por ejem-plo, que detestan las máquinas. Considerándolas peligrosas para la especie humana, han destruido todas las que tenían. Habían reflexionado sobre el progreso incesante de los artefactos y llegado a una conclusión: con el tiempo desarrollarían conciencia, someterían a los hombres y empezarían a reproducirse como conejos. Alguien condensó estos temores en un manuscrito -«El libro de las máquinas»- que precipitó una guerra civil entre partidarios y enemigos de ellas. Advertía que en pocos siglos las máquinas habían avanzado de un modo incomparable con el reino vegetal y el animal. En tres mil años habían dado pasos de gigante comparados con los de la humanidad en veinte millones. ¿Qué no podrían lograr en miles de años más? Algunos opinaron que son nada más que sirvientes del hombre. No sean ilusos -decía el autor- el sirviente se infiltra en el amo sin que éste lo note y finalmente lo hace dependiente, lo somete. En cuanto a la amenaza sexual, algunos la tomaban a broma porque las máquinas carecen de sistemas reproductores. Pero al del manuscrito la objeción no le parecía profunda. Nadie espera que todas las características de los organismos hoy existentes se repitan en una clase de vida enteramente nueva. El sistema reproductivo de los animales difiere del de las plantas, pero ambos son eficaces. ¿Ha agotado acaso la naturaleza todas las fases de ese poder suyo? Inspirados por temores de esa índole, los del país habían destruido todas las máquinas. Sólo quedaron algunas, inutilizadas, en un museo, a modo de lección para que no se perdiera la memoria del peligro de su dominación final.
«Unabomber» actuó como un loco y los erewhonianos son personajes de novela. Pero no son pocos los superinteligentes a los que en la actualidad les cae el mote de «neo-luditas», que ellos rechazan pero que algunos les asignan. Por ejemplo Bill Joy, un joven científico fundador del coloso Sun Microsystems quien, a pesar de ser considerado como una de las mentes más brillantes de la revolución tecnológica en curso, viene reclamando limitar ciertas investigaciones. Veamos sólo uno de los antecedentes de ello: en un simposio que se hizo en abril en la universidad de Stanford bajo el título «¿Reemplazarán los robots espirituales a la humanidad hacia el 2100 ?» (donde algunos investigadores relacionados con «vida artificial» e «inteligencia artificial» explicaron por qué están seguros de que «los futuros organismos tecnológicos representan una forma más alta de evolución y debe-mos, por lo tanto, estar orgullosos de promoverlos, aunque nos desplacen»). Bill Joy propuso disminuir el ritmo de la carrera tecnológica actual. En su opinión, supera en peligrosidad a la carrera nuclear durante la Guerra Fría, porque ésta (que incluye ingeniería genética, nanotecnología y robótica, «la tríada preocupante» del siglo XXI) es mucho más rápida, significa cosas como autorreplicación (por ejemplo de virus), irreversibilidad de las acciones, accesibilidad universal por Internet a información riesgosa (del genoma humano, por caso) y el hecho de que se están borrando los límites entre las máquinas y la vida. El ritmo tan rápido y lo imprevisible de las innovaciones se ve en acontecimientos sorpresivos como el clonado de la oveja «Dolly», la hazaña de Celera Genomics secuenciando el genoma humano antes que el programa oficial y ahora la autorización de Blair y Clinton para experimentar con embriones humanos. Tenemos que hacer algo, advierte Joy. Si en 20 ó 30 años la gente dispone de computadoras un millón de veces más potentes, cualquiera tendrá posibilidad de manipular cualquier cosa que pueda diseñar. Algún loco, por caso, podría crear nuevas enfermedades. ¡Tuvimos suerte de que «Unabomber» fuese matemático en lugar de biólogo molecular…! Habiendo trabajado durante veinte años en lograr softwares más potentes y confiables, mis antecedentes -dice este hombre- demuestran que no soy un ludita. Siempre ha tenido una firme creencia en el valor de la investigación científica y en la habilidad de la alta ingeniería para traernos progreso material. Pero a él, ahora, mientras aguarda también innumerables bienes, le preocupan varias cosas: por ejemplo, el advenimiento de robots del tipo de los que se están imaginando, el clonado humano, los riesgos de intervenir en la evolución de especies vivas, las apuestas fáusticas a que dará cauce la novísima electrónica molecular. Y, por cierto, el hecho de que tanto las corporaciones del capitalismo global como muchos de los líderes de las tecnologías del siglo XXI no estén exhibiendo precisamente en sus empeños la dosis de humildad y sentido común que es necesaria.
(1).- La palabra deriva del nombre de Ned Ludlum, un aprendiz de tejedor inglés que contestó a una reprimenda de su capataz rompiendo a golpes de martillo moldes y engranajes de una máquina. En 1811 se iniciaron disturbios de obreros rompe-máquinas, a quienes se motejó «luddites» y se reprimió violentamente con la intervención de miles de soldados y la deportación de sus cabecillas a Australia.
Qué son los luditas?(1) La palabra se refiere a destructores de máquinas, pero en nuestros días ha pasado a señalar a quienes tienen aversión por los artefactos técnicos o, más ampliamente, por la tecnología en sí misma. Un patético representante del "ludismo" en nuestros días es Theodore Kaczynski, alias "Unabomber".
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