Macri necesita un relato
Estamos tan acostumbrados a que un presidente inicie su período en la Casa Rosada afirmando que le ha tocado heredar un país en llamas que ha motivado sorpresa la resistencia de Mauricio Macri a hablar mal de la gestión económica del gobierno kirchnerista. Es como si creyera que los hechos concretos son tan elocuentes que no le será necesario agregar nada más, o tal vez prefiere dejar que el senador Miguel Pichetto y otros peronistas se encarguen del asunto criticando con virulencia el aporte al desbarajuste del exministro de Economía Axel Kicillof. Sea como fuere, el escaso interés de Macri en aludir a las bombas de tiempo que sembró su antecesora con el propósito de hacerle la vida imposible a su sucesor, aun cuando se tratara del compañero Daniel Scioli, sigue motivando extrañeza, ya que nadie lo ha acusado de pactar con el kirchnerismo. Mientras duró la campaña electoral, pudo entenderse la voluntad del candidato de Cambiemos de minimizar la gravedad de la situación que, en el caso de que triunfara, tendría que enfrentar, ya que el oficialismo hubiera tomado cualquier referencia al tema por evidencia de que estaba resuelto a llevar a cabo un ajuste salvaje, pero puesto que ya está en el poder le convendría señalar que la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner le legó una economía rota y que reparar los daños será sumamente difícil. Si bien los macristas parecen convencidos de que el país está harto de “relatos” engañosos y por lo tanto son reacios a confeccionar uno propio, ningún gobierno puede darse el lujo de esperar que la ciudadanía se limite a prestar atención a los números. No sólo aquí sino también en todas las demás democracias la mayoría no tiene más alternativa que la de dejarse guiar por quienes presuntamente entienden los procesos económicos. Por indigno que a los macristas les parezca, tendrán que intentar “vender” lo que se han propuesto hacer y explicar por qué sería desastroso convalidar aumentos salariales generalizados del 30% o más o comprometerse a gastar muchísimo dinero en obras públicas, por necesarias que fueran. Aunque nadie le pediría a Macri una “epopeya”, le será forzoso procurar hacer pensar que el rumbo que ha elegido llevará al país hacia un destino mucho mejor que las opciones facilistas insinuadas por las distintas agrupaciones opositoras, pero que le costará superar los muchos obstáculos que el gobierno anterior dejó en el camino. Por cierto, no son meras denuncias propagandísticas la emisión monetaria torrencial, el vaciamiento del Banco Central, la expansión descontrolada del sector público a costa del privado y la recaída en default que ha mantenido a la Argentina aislada de los mercados de capitales. Al contrario, son realidades innegables que todos los miembros de la clase política nacional, los sindicalistas y empresarios tendrán que tomar en cuenta. Para prolongar la luna de miel política que, para alivio de los muchos que habían previsto lo peor, sigue disfrutando el gobierno de Macri, los voceros oficiales, encabezados por el presidente mismo, insisten en brindar la impresión de que los problemas económicos frente al país distan de ser tan graves como harían suponer datos que son de dominio público. Parecen confiar en que, antes de que se vean obligados a hacer un esfuerzo auténtico por solucionarlos, comiencen a llegar créditos e inversiones suficientes como para ahorrarles la necesidad de tomar muchas medidas antipáticas que brindarían a sus adversarios más decididos pretextos para poner en marcha una campaña de “resistencia” brutal. Asimismo, mientras dure la tregua poselectoral, los macristas continuarán aprovechando las oportunidades para debilitar al kirchnerismo y convencer a los demás peronistas de que sería de su interés asumir actitudes racionales y constructivas que, entre otras cosas, les permitan asegurar la gobernabilidad. Tal estrategia funcionaría si la economía estuviera en condiciones de aportarles los recursos que precisarían para conservar el apoyo de los gobernadores provinciales y los legisladores que suelen responderles, pero sucede que no lo está. Es por tal motivo que no parece viable por mucho tiempo más el arreglo que se ha propuesto, según el cual los peronistas más influyentes colaborarán con el macrismo a cambio de muchísimo dinero para provincias y municipalidades en apuros.
Estamos tan acostumbrados a que un presidente inicie su período en la Casa Rosada afirmando que le ha tocado heredar un país en llamas que ha motivado sorpresa la resistencia de Mauricio Macri a hablar mal de la gestión económica del gobierno kirchnerista. Es como si creyera que los hechos concretos son tan elocuentes que no le será necesario agregar nada más, o tal vez prefiere dejar que el senador Miguel Pichetto y otros peronistas se encarguen del asunto criticando con virulencia el aporte al desbarajuste del exministro de Economía Axel Kicillof. Sea como fuere, el escaso interés de Macri en aludir a las bombas de tiempo que sembró su antecesora con el propósito de hacerle la vida imposible a su sucesor, aun cuando se tratara del compañero Daniel Scioli, sigue motivando extrañeza, ya que nadie lo ha acusado de pactar con el kirchnerismo. Mientras duró la campaña electoral, pudo entenderse la voluntad del candidato de Cambiemos de minimizar la gravedad de la situación que, en el caso de que triunfara, tendría que enfrentar, ya que el oficialismo hubiera tomado cualquier referencia al tema por evidencia de que estaba resuelto a llevar a cabo un ajuste salvaje, pero puesto que ya está en el poder le convendría señalar que la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner le legó una economía rota y que reparar los daños será sumamente difícil. Si bien los macristas parecen convencidos de que el país está harto de “relatos” engañosos y por lo tanto son reacios a confeccionar uno propio, ningún gobierno puede darse el lujo de esperar que la ciudadanía se limite a prestar atención a los números. No sólo aquí sino también en todas las demás democracias la mayoría no tiene más alternativa que la de dejarse guiar por quienes presuntamente entienden los procesos económicos. Por indigno que a los macristas les parezca, tendrán que intentar “vender” lo que se han propuesto hacer y explicar por qué sería desastroso convalidar aumentos salariales generalizados del 30% o más o comprometerse a gastar muchísimo dinero en obras públicas, por necesarias que fueran. Aunque nadie le pediría a Macri una “epopeya”, le será forzoso procurar hacer pensar que el rumbo que ha elegido llevará al país hacia un destino mucho mejor que las opciones facilistas insinuadas por las distintas agrupaciones opositoras, pero que le costará superar los muchos obstáculos que el gobierno anterior dejó en el camino. Por cierto, no son meras denuncias propagandísticas la emisión monetaria torrencial, el vaciamiento del Banco Central, la expansión descontrolada del sector público a costa del privado y la recaída en default que ha mantenido a la Argentina aislada de los mercados de capitales. Al contrario, son realidades innegables que todos los miembros de la clase política nacional, los sindicalistas y empresarios tendrán que tomar en cuenta. Para prolongar la luna de miel política que, para alivio de los muchos que habían previsto lo peor, sigue disfrutando el gobierno de Macri, los voceros oficiales, encabezados por el presidente mismo, insisten en brindar la impresión de que los problemas económicos frente al país distan de ser tan graves como harían suponer datos que son de dominio público. Parecen confiar en que, antes de que se vean obligados a hacer un esfuerzo auténtico por solucionarlos, comiencen a llegar créditos e inversiones suficientes como para ahorrarles la necesidad de tomar muchas medidas antipáticas que brindarían a sus adversarios más decididos pretextos para poner en marcha una campaña de “resistencia” brutal. Asimismo, mientras dure la tregua poselectoral, los macristas continuarán aprovechando las oportunidades para debilitar al kirchnerismo y convencer a los demás peronistas de que sería de su interés asumir actitudes racionales y constructivas que, entre otras cosas, les permitan asegurar la gobernabilidad. Tal estrategia funcionaría si la economía estuviera en condiciones de aportarles los recursos que precisarían para conservar el apoyo de los gobernadores provinciales y los legisladores que suelen responderles, pero sucede que no lo está. Es por tal motivo que no parece viable por mucho tiempo más el arreglo que se ha propuesto, según el cual los peronistas más influyentes colaborarán con el macrismo a cambio de muchísimo dinero para provincias y municipalidades en apuros.
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