Maduro: “No tuvimos una Eva”

La reflexión del entonces canciller, hoy líder y candidato presidencial venezolano, refleja una de las carencias del liderazgo de Chávez: un “intermediario” con la calle.



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carlos Torrengo carlostorrengo@hotmail.com

La confesión fue deslizada por Nicolás Maduro a un diplomático argentino. Fue en el 2005, en Caracas, durante el alistamiento para la Cumbre Interamericana de Mar del Plata. –No tenemos a Eva… una Eva. Es él y sólo él (Hugo Chávez). Luego nosotros –dijo el hoy presidente venezolano. –He leído todo lo que pude conseguir sobre Eva. Es cierto que se lo debió todo a Perón, pero ella lo metió en lugares de la sociedad a los cuales él difícilmente hubiese llegado en forma tan directa, tan terminante… Fue su intermediaria –acotó Maduro. El diplomático guardó celosamente aquella conversación que duró algo más de una hora. Y hoy, ya retirado, cuando organiza apuntes para escribir su experiencia tras más de 30 años en el servicio exterior argentino, en la minuta sobre aquel palique la palabra “intermediaria” está fuertemente resaltada en amarillo. –Lo de Perón era la política, lo de Eva la política en la calle –sostiene Maduro en esa minuta. –El poder siempre necesita de mediaciones –machacaba Carlos Floria a sus alumnos. Y en “La Argentina política. Una Nación puesta a prueba”, que escribe junto con César García Belsunce, sostiene: “Eva fue mediación antiburocrática activa y movilizadora. Quien llegaba a ella obtenía consideración y beneficios, porque evitaba la demagogia”. Enriqueciendo esta mirada, en uno de sus libros mejor logrados, “La pasión y la excepción. Eva, Borges y el asesinato de Aramburu”, Beatriz Sarlo sostiene: • Eva nunca pensó al peronismo en términos de régimen consolidado. Por el contrario, una conspiración en marcha lo amenaza constantemente; frente a ella, toda tibieza, toda blandura equivalía a una defección. • Cuando enumeró los logros de ese régimen y los de su propia acción, siempre lo hizo en términos de falta: no tanto lo que se había conseguido como lo que se estaba por hacer. • Eva tuvo la ética de la convicción, enfrentada con la ética de la responsabilidad. Ella no fue prudente. Las creencias que la impulsaron la fortalecieron en el suelo original de la experiencia, que recibió una forma cuando Perón convirtió esa experiencia en sentido. • Eva fue una jacobina del peronismo, para quien la virtud estaba en el lugar exacto donde el líder se encontraba con su pueblo y el ejercicio de la virtud obligaba al celo del fanático, porque ese encuentro estaba amenazado por conspiraciones diversas (de la oligarquía y de los “malos peronistas”). Eva jacobina aborrece a los tibios y desprecia cualquier vacilación como un vicio o una deslealtad. Sus argumentos no siguen la lógica de las razones políticas sino el impulso de un solo principio (un vector estratégico, que excluye las concesiones). En identificación con mucho de las reflexiones de Beatriz Sarlo en “La pasión y la excepción”, el historiador italiano Loris Zanatta publica a hoy la más sólida interpretación del rol público de Eva: “Eva Perón. Una biografía política”. Ahí, señala, por caso: • El hecho de que Eva procurara monopolizar el poder político para sí y para el peronismo no significa que situara la clave de dicho poder en las instituciones representativas. Éstas no eran para ella ámbitos en los que las ideas y los intereses debían tener representación, y en los que se debían producir los acuerdos o las confrontaciones políticas entre unas y otros, sino útiles instrumentos por medio de los cuales podía imponer su poder. A sus ojos, el Congreso y los partidos eran poco más que corteza, receptáculos artificiales de un mundo primigenio poblado por actores naturales que ella aspiraba a conquistar sin tener que recurrir a políticos, burócratas o mediadores; mejor, pasando por sobre cualquier forma de mediación, en la convicción de que el pueblo era uno e indivisible. • No puede llamar la atención que, habiendo Eva acumulado un enorme poder político, su forma de ejercerlo fuera prepolítica, si no directamente antipolítica. Recurrió en general a medios y atributos típicos del poder religioso, más que del político, cosa que, por otra parte, convenía al imaginario antiguo del que se hallaba saturada. Para ese imaginario, la política y sus instrumentos, al menos los que son típicos del constitucionalismo liberal, con su división de poderes y sus principios representativos, eran el emblema de la artificial división del “pueblo”, que ella aspiraba a unir en nombre de su natural homogeneidad. Sólo que, claro, “la ambición de gobernar y unir a una sociedad moderna con criterios religiosos propios de una sociedad antigua terminó por acentuar el desgarramiento existente”. En fin, sí, tiene razón Nicolás Maduro: Chávez no tuvo una Eva. Pero cuando se rastrilla, se bucea sobre formas, estilos e imaginarios con que Hugo Chávez protagonizó poder, se encuentra mucho de Eva.


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