Más de cero
El país dejará atrás el pesimismo paralizante sólo si reconoce que la ley de déficit cero supone una ruptura y se asegura de cumplirla.
Para alivio de muchos, el Senado finalmente aprobó la ley de déficit cero luego de una sesión sumamente extraña en la que los participantes cumplieron papeles que eran tan previsibles como el desenlace, pero lo mismo que en el teatro cuando se representa una pieza conocida, todos consiguieron mantener vivas las dudas hasta el último momento. Sin embargo, aunque la clase política nacional se ha comprometido formalmente con un esquema que podría permitirnos salir del pozo en el que por un conjunto de motivos hemos caído, nadie ignora que hay una diferencia muy grande entre proponer una estrategia determinada y concretarla. Al fin y al cabo, buena parte de los problemas nacionales se debe a la habilidad con la que diversos grupos, entre ellos los políticos, saben defender sus intereses. Si los responsables de manejar al país no respetan «a rajatabla» el principio del déficit cero, pronto volveremos a la situación de la semana pasada en la que la Argentina se encontraba en el borde mismo de una catástrofe económica. Puede que el país se haya alejado un poco del abismo que le supondría el «default» acompañado por una devaluación caótica, pero esto no quiere decir que ya no corra peligro de precipitarse en el vacío.
Según las encuestas de opinión, una amplia mayoría comprende muy bien que el déficit cero es necesario y, lo cual es más significante aún, confía en que el esquema funcione. Esta actitud contrasta llamativamente con la asumida por «los políticos» que, con escasas excepciones, no vacilaron en resistirse a avalar las medidas precisas para alcanzarlo hasta que incluso los habitualmente más miopes se dieran cuenta de que la alternativa sería dejar que el país se resignara a un destino similar a aquél del Ecuador. No es difícil ubicar el origen de la brecha que separa a la clase política por un lado y «la gente» por el otro. Mientras que los políticos son presa de las «doctrinas» o «verdades» populistas de sus tradiciones ideológicas partidarias, sean éstas peronistas, radicales o izquierdistas, además del discurso que aprendieron cuando escalaban posiciones en su movimiento particular, la mayoría de sus compatriotas sabe que siempre es forzoso adaptarse a las circunstancias y que, de todos modos, los frutos del populismo tradicional difícilmente podrían ser más magros. Aunque por ahora parecería que a pesar de la decepción y la angustia que tantos sienten el electorado se prepara para votar una vez más por los representantes de partidos consustanciados con un orden fracasado, la «lealtad» reflejada así no ha sido óbice para que el deseo de que se produzcan cambios profundos no se haya hecho palpable.
Si la clase política toma el déficit cero como un castigo injusto asestado por los «mercados» para aceptar a regañadientes las limitaciones que supone con la intención de hacer lo mínimo imprescindible, el ajuste será muy duro y los beneficios serán modestos. En cambio, si reconoce que la aprobación de la ley supone una ruptura y que de ahora en adelante les corresponde dedicarse plenamente a asegurar que el esquema resultante sea el mejor posible, el país no sólo dejará atrás el pesimismo paralizante de los años últimos, sino que también podría prosperar. Es lo que ya ha ocurrido en aquellos países -algunos desarrollados, como Suecia e Irlanda, otros, entre ellos Corea del Sur, atrasados- que al igual que la Argentina se vieron constreñidos a abandonar un «modelo» largamente consensuado, adaptándose de forma traumática al mundo que, les gustara o no, efectivamente existía. No se da ningún factor insuperable que impediría que la Argentina los emulara. Aunque el obstáculo principal, la forma de pensar de los políticos más influyentes y de aquellos sectores que comparten su punto de vista, dista de haberse desmoronado por completo, no cabe duda de que los acontecimientos recientes han servido para hacerle mella y es de suponer que en las próximas semanas serán muchos los dirigentes que, ante la alternativa de permanecer fieles a su propio pasado o acompañar a la mayoría ciudadana que entiende muy bien la necesidad de evolucionar con el tiempo, opten por apostar al futuro.
Para alivio de muchos, el Senado finalmente aprobó la ley de déficit cero luego de una sesión sumamente extraña en la que los participantes cumplieron papeles que eran tan previsibles como el desenlace, pero lo mismo que en el teatro cuando se representa una pieza conocida, todos consiguieron mantener vivas las dudas hasta el último momento. Sin embargo, aunque la clase política nacional se ha comprometido formalmente con un esquema que podría permitirnos salir del pozo en el que por un conjunto de motivos hemos caído, nadie ignora que hay una diferencia muy grande entre proponer una estrategia determinada y concretarla. Al fin y al cabo, buena parte de los problemas nacionales se debe a la habilidad con la que diversos grupos, entre ellos los políticos, saben defender sus intereses. Si los responsables de manejar al país no respetan "a rajatabla" el principio del déficit cero, pronto volveremos a la situación de la semana pasada en la que la Argentina se encontraba en el borde mismo de una catástrofe económica. Puede que el país se haya alejado un poco del abismo que le supondría el "default" acompañado por una devaluación caótica, pero esto no quiere decir que ya no corra peligro de precipitarse en el vacío.
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