Meiling, pivote en la historia barilochense

Ha sido un personaje inolvidable y -por fortuna- quedan testigos, y testimonios de su vida. Pero resulta irresistible no reproducir parte de una charla desovillada en la casa-refugio -en el cerro Otto hace 23 años- de este hosco, solitario, indestructible y a veces inescrutable montañista. Y allí está, enterrado en el breve espacio que el mismo delineó en el bosque, a pasos de su casa. Tampoco estas líneas sobrepasarán la infinidad de testimonios de sus relatos que sobreviven en los anuarios del club que fundó (el CAB) ni la biografía que suscribió el ya desaparecido Vosko Arko.

Meiling es el personaje pivote para una historia integral de Bariloche, ya que llegó entre la aldea vieja y en el umbral del inmediato progreso. Capturó el pasado y a la vez sería protagonista de los años de oro. Llegó a Bariloche en enero de 1930, dos años después del asesinato de Otto Goedecke (homenajeado en el nombre del cerro que Meiling eligió para su hogar). También era tarde para haber conocido a Carlos Wiederhold en su corta visita de 1925 (primer poblador establecido en 1895 en lo que es hoy puerto de la ciudad). Pero alcanzó –por poco tiempo- a conocer a Otto Mühlenhpfordt, el constructor naval del astillero de la isla Victoria y con una residencia en la península San Pedro, un marino nacido en los suburbios de Weisbaden, Hassen, Alemania, y que se fue el 6 de noviembre de 1931 a Chile –definitivamente- ya que allá murió en 1942.

Un personaje bávaro

«Nací el 1º de junio de 1902 en la Franconia, cerca del Rothenburg ob der Tauber medieval y uno de los lugares más amables de Alemania, o mejor dicho de la Bavaria, porque hoy día hasta eso hay que diferenciar: alemán de bávaro. Y yo soy bávaro», puntualizó ese 6 de junio de 1978. Esa vez fue grabador por medio en su casa de altura, visita ritual de todos los inviernos y cumplida de a pie desde el barrio Belgrano –con una mochila de manzanas como digno obsequio a un vegetariano de ley- para escucharle relatos que descargaba con voz nasal. Los desgranaba entre carraspeos críticos hacia lo decadente de la «civilización» que condenaba con una mirada hacia abajo, hacia la ciudad junto al lago, algo así como un conglomerado de su viejo amor y también motivo de sus broncas. Más de 30 años atrás los encuentros habían sido en los refugios y hasta en los hielos del Tronador. También en la Carrera del Recuerdo, con 80 años a cuestas y eternizado entre decenas de fotografías.

«Pero mis padres –precisó para retomar el hilo inicial- debieron trasladarse a Nüremberg para ganarse la vida. Eramos tres hijos, dos mujeres y yo». En realidad vivieron en las afueras de la ciudad que fue del gran pintor Durero (o Dürer) y de Gütemberg, pero que, muchos años después, molieron los bombardeos ingleses. También fue la ciudad de los juicios a los criminales nazis, pero Meiling no hablaba de política salvo para detestarla. Y había vivido poco tiempo cerca de aquella ciudad de la que recordaba los puentes sobre el río Pegnitz, pero nada de las prostitutas que eternamente acapararon los ventanales contra el muro viejo y circular, ni las figuras seductoras de la Schöner Brunnen (una reverenciada fuente que envanece a los lugareños). Es que no era púber cuando la familia volvió a mudarse, esta vez cerca de Munich donde «papá encontró buen trabajo en una fábrica de bizcochos y golosinas», se alegró. Pasó la adolescencia bajo la Primera Guerra Mundial y no quiso estudiar más (cursó sólo dos años para empleado de comercio) por preferir las escapadas en medio de la naturaleza. «Quería ser guardaparque, aunque el amor por la montaña se me despertó acá, en Bariloche», enfatizó).

Siete años porteños

El trabajo estaba para quienes regresaban del frente y apenas pudo trabajar de agricultor. Pero en 1923 la miseria europea lo empujó a emigrar. Ya tenía tres hermanas y entonces una boca menos al presupuesto familiar no venía mal. Quería ir a Brasil, pero la visa argentina la consiguió con un certificado de un tío que justificó su breve trabajo agricultor. A Buenos Aires llegó en pleno enero. Tenía 21 años y se empleó de peón en la construcción del Banco de Boston de Florida y Diagonal. Trabajó también en una contaduría, en una imprenta y en Sarmiento al 4500 durante 4 años como soplador de vidrio –en vacío de mercurio- fabricando lámparas de radio. «Pero empezaron a caérseme los dientes. El dentista preguntó si trabajaba con plomo o mercurio», de manera que dejó el trabajo. Corría el año 1928. Fue cuando vio una fotografía de Bariloche en Exprinter que lo decidió. Pero pasó más de un año hasta que cumplió el sueño –que se impuso- de vivir en un lugar parecido. Aunque su primer plan fue pasar a los lagos chilenos. Se fabricó un carrito para arrastrar su carga –una canoa plegable, bártulos y mochila- y tomó el tren en Constitución. Viajó sin saber que también lo hacía monseñor De Andrea, a quien esperaba don Primo Capraro y una comisión parroquial, pero Meiling hizo migas con el transportista Bahuer y así llego a San Carlos. «Muy pronto me conecté con Hans Hidelbrandt que organizó la primera agencia de turismo y con quien hicimos también la primera guía. De manera que volví pronto a Buenos Aires para imprimir la guía», recordó Mailing, que todavía no se había dejado la blanca barba de sus últimos años y daba feroces mordiscones a las brillosa manzana.

«Fue acá en la cumbre del Otto que conocí al doctor Neumayer. También era un recién venido (pocos meses antes). Por casualidad cada uno por su lado, habíamos elegido el mismo paseo y así nació la idea de fundar el club», relató como inicio de una larga enumeración de hechos que detallaron el origen el CAB y sus primeros y notorios años. Precisó las sedes de la institución y los encuentros en el «rascacielos» de Bernardo Book en Mitre, frente al hotel Suizo, primer piso que alquilaba el doctor Neumeyer (quien nació el 13 de marzo de 1897, curiosamente en San Carlos Sud, pero de Santa Fe, y murió el 16 de marzo de 1959).

Repitió la historia…

«La fundación del club la hicimos en la oficina de turismo que estaba mas o menos en Mitre 650 y era una casita de madera que desapareció», precisó Mailing.

Luego repitió la historia que gustaba evocar en los inviernos, recordando el de los años 30. La compra del par de esquís a Mühlenpfordt –que lo fabricó de ciprés- y el nacimiento de la fábrica propia. «Yo aprendí a esquiar aquí –dijo sin complejos- con las tablas que se habían fabricado en la Isla Victoria, pero pensé en montar un taller. Yo no era carpintero pero tenía un amigo de Buenos Aires que lo era. De manera que hice venir a Heriberto Tutzauer aunque ninguno teníamos el capital para poner el taller y así fue que el trabajó primero con Thienemann (Horst), cerca de Bahía López», evocó Mailing mientras entrevistado y entrevistador evocamos la bucólica bajada entre el bosque que descendía hacia el humeante hogar y confitería que besaban las aguas del lago Moreno.

Mailing fue Jefe de Navegación de la empresa de Capraro, a quien conoció como pocos: «El vino lavando oro por los ríos. Después compró la parte de la empresa Chile-Argentina cuando todo estaba abandonado, parte de 12 millones de libras de capital invertido. Y hasta vi el material olvidado junto a la franja de desmonte desde laguna Frías para el cable carril que proyectaron para llevar la mercadería a Chile». De la empresa Capraro, Mailing usó la carpintería fuera de horario para diseñar los primeros esquís, pero muy pronto, en lo alto del cerro Otto construyó con Tutzauer la fábrica que, pomposamente, llamaron Tronador de donde salían largas y pesadas tablas. «También construimos aquí el primer refugio del club. Costó 9 pesos y lo donamos al club, hasta que se ordenó destruirlo», detalló nostálgico.

(Continuará)

fnjuarez@interlink.com.ar

Sociales de esta semana

• Para este mes de 1912, la Policía Fronteriza con sede en Bariloche y comandada por Adrián del Busto, pagaba el prest de personal subalterno a los sargentos Alejandro Rodríguez y Mateo Gutiérrez; a los 3 cabos, Cirilo Sosa, Jacinto Escobar y Remigio Albornoz, y a 22 agentes entre los que estaban Benito Niño, Carlos del Busto, Santiago Pastor, Jacinto Rodríguez, Ceferino Antemic, Santos Guerrero, Valentín Bustamante y otros.

• Francisco P. Moreno, del 16 de noviembre de 1919 al ingeniero Emilio E. Frey le expresa su deseo de volver a ver al «decano de los lagos (…) aún cuando deje mis huesos allá». Prometió salir a fin de ese mes para Bariloche, pero apenas seis días después le atrapó la muerte en la casa que alquilaba en Charcas al 4200.

Estaba endeudado, vendido casi todos sus bienes y hasta le habían embargado sus libros y colecciones.

• Esta semana de 1939 se recibió la noticia de la muerte de José Mayer hijo, fundador de La Voz Andina. Sucedió en Buenos Aires en un accidente de trabajo.

• El jueves 16 –también del «39- se fueron los buzos –comandados por Miguel Crivisky experto de la Armada- que repararon el Modesta Victoria. Construyeron un «coferdan» de madera de 5 toneladas amoldado a la forma del buque y calafateado. Se desagotó con bombas y se trabajó en el vacío. Pero las dos hélices de 4 palas cada una volvieron a tener problemas.

• Llegó el obispo Nicolás Esandi, con el R.P. Entraigas (1940). A la vez que Alberto Piñeiro fue designado corresponsal de La Nación en Bariloche.


Ha sido un personaje inolvidable y -por fortuna- quedan testigos, y testimonios de su vida. Pero resulta irresistible no reproducir parte de una charla desovillada en la casa-refugio -en el cerro Otto hace 23 años- de este hosco, solitario, indestructible y a veces inescrutable montañista. Y allí está, enterrado en el breve espacio que el mismo delineó en el bosque, a pasos de su casa. Tampoco estas líneas sobrepasarán la infinidad de testimonios de sus relatos que sobreviven en los anuarios del club que fundó (el CAB) ni la biografía que suscribió el ya desaparecido Vosko Arko.

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