México: tiempo de reconocer la raíz afrodescendiente oculta

Redacción

Por Redacción

El 15 de septiembre en México festejaremos el Día de la Independencia con agua de jamaica y tamarindo, como una reafirmación de nuestra identidad mexicana, sin reconocer siquiera que ambas llegaron al país en los mismos barcos que trajeron esclavos desde el continente africano.


Los grupos hegemónicos de la clase gobernante y el poder económico en México, desde la época colonial, han anulado las aportaciones culturales y humanas de la población afrodescendiente. Han reafirmado una idea de nación que parte del mismo credo: la mexicanidad es solo el producto del mestizaje entre la población española e indígena.


Sin embargo, hay 2.5 millones de personas que se autonombran como afromexicanas o afrodescendientes, de acuerdo con el censo de población 2020. Y la cifra se eleva a casi 3.5 millones cuando reconocen tener parentesco con otra persona afrodescendiente. Hay que reivindicarlas también como parte central de la creación del Estado.


La idea de la “raza cósmica” -inspirada en la “raza de bronce”-que impulsó el escritor y político José Vasconcelos en la primera mitad del siglo pasado, ha seguido presente hasta el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador, como parte de una narrativa hegemónica y centralista que oculta la diversidad que ha hecho posible la construcción de México.


Este gobierno ha realizado eventos y conmemoraciones que buscan ensalzar el pasado indígena -predominantemente mexica- del país, y sus discursos también siguen esa línea, la cual obedece más a intentos de propaganda política que a un acto de reivindicación histórica. La idea de que solo son mexicanos quienes pertenecieron a esta civilización excluye la presencia, el valor y las aportaciones no solo de otros pueblos originarios, sino de quienes fueron víctimas de esclavitud en la etapa colonial.


Entre los siglos XVI y XIX, aproximadamente 12.5 millones de hombres, mujeres, niñas y niños fueron extraídos de Africa con destino a América. Al territorio conocido como Nueva España llegaron entre 250,000 y 500,000 “legalmente”. Sin embargo, la cifra pudo ser mucho mayor debido al extenso tráfico de esclavos que no pagaba tributo a la corona española. La esclavitud se mantuvo en algunas zonas de México hasta 1829.


Con el tráfico de personas hacia América también se establecieron plantaciones como jamaica, tamarindo, café, algunos tipos de arroz y frijol, sorgo y otros frutos y vegetales que hoy forman parte de nuestra alimentación. En su libro A la sombra de la esclavitud, Judith Carney explica que, con ello, “los africanos y sus descendientes moldearon profundamente las tradiciones culinarias de las sociedades esclavistas, combinando de nuevas formas los alimentos de tres continentes en su lucha por asegurar el sustento diario. El legado botánico de África en América se construye sobre esta base no reconocida”.


La influencia afro no se limita a la gastronomía: también está presente en la música tradicional mexicana en los sones, jarabes y otros estilos que utilizan cierto rasgado de cuerdas similar a la guitarra barroca, e instrumentos como la jarana, tambores y sonajas, de acuerdo con los estudios de etnomusicología compilados por Carlos Ruiz Rodríguez. Entre ellos están los de Gonzalo Aguirre Beltrán, que registran los “bailes de negros” en la Colonia y los edictos de la prohibición de los mismos promulgados por la Santa Inquisición.


“El escándalo que provocaron los bailes de negros no se limitó a los amos, se extendió a los gobernantes encargados del poder civil y a los eclesiásticos que dominaban las conciencias, al comprobar la intromisión de los esclavos en los bailes y celebraciones de los indios”, escribió Aguirre Beltrán. La intolerancia del Santo Oficio no silenció su música y el racismo de 500 años tampoco ha anulado su verdadero valor, lo cual queda claro al escuchar los ritmos afrocaribeños que inundan nuestra música popular.


Esos ritmos son fáciles de escuchar en los estados con mayor proporción de población afrodescendiente como Guerrero (8.58%), Oaxaca (4.71%), Yucatán (3%), Quintana Roo (2.8%), Veracruz (2.67%) y Ciudad de México (2%). Aunque no hay un solo estado del país sin población afro.


Si en estas fiestas patrias buscaremos reivindicar a quienes dieron origen a esta nación, es necesario hablar también de las y los afrodescendientes, de las condiciones en las que viven y de la necesidad de acciones eficientes para garantizar sus servicios de educación, salud, seguridad y acceso a la justicia.


El porcentaje de analfabetismo entre la población afrodescendiente de más de 15 años es 5.3%, superior al 4.7% que se registra a nivel nacional. Falta aún cruzar datos de identidad con los registros de feminicidios, percepción de inseguridad, ingreso de los hogares y niveles de bienestar en las poblaciones con mayor concentración de afromexicanas.


Ante esta falta de datos oficiales, han sido relevantes las voces del movimiento afrodescendiente en México, como la de la abogada Juliana Acevedo, integrante de África, A.C., quien documenta la violencia en contra de las mujeres y lo vulnerables que son las juventudes, en las comunidades con mayor concentración de población negra, a caer en las adicciones o a ser coptados por grupos criminales.

Nadia Sanders

Periodista de investigación mexicana


El 15 de septiembre en México festejaremos el Día de la Independencia con agua de jamaica y tamarindo, como una reafirmación de nuestra identidad mexicana, sin reconocer siquiera que ambas llegaron al país en los mismos barcos que trajeron esclavos desde el continente africano.

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