Mi amigo el Corto Maltés

Opiniones

Federico Lorenz – @FedeLorenzyClio (Especial para “Río Negro”)

Tenía: una carta náutica de Isla de los Estados, regalo de Victoria Esplugas; una edición inglesa de 1924 de ‘Youth’, de Joseph Conrad; una edición en castellano de ‘El espejo del mar’, de Joseph Conrad; una edición en castellano de ‘El faro del fin del mundo’, de Julio Verne; una pínula que me regaló mi amigo, mi hermano Mariano Estrach, con la que él había navegado todo el río de La Plata, y me la regaló para que navegara la Patagonia también, ya que él no podía hacerlo; una Biblia regalada por la familia Mansilla de Comodoro Rivadavia, agradeciendo que los había llevado a ver su ciudad desde el agua. En esa Biblia, que era su único libro y me regalaron con una sonrisa de felicidad indescriptible, habían subrayado un pasaje en el cual Cristo calma las aguas”. El inventario me llegó en un correo de mi amigo Juan Duizeide. Son sus cosas. Quedaron bajo la cubierta de La Sanmartiniana, el velero argentino que sufrió un temporal, fue abandonado y quiso el destino que lo encontraran y remolcaran los habitantes de Malvinas. Ahora que pasaron unos meses lo único que queda de ese episodio en la web es el énfasis en la supuesta filiación política del velero. Mientras los tripulantes luchaban por sus vidas, algunos utilizaron el desastre para atacar al anterior gobierno: el abandono de la nave –“el barco de La Cámpora”– se transformó para ellos en una metáfora del kirchnerismo. Y si bien es cierto que todos podemos leer los signos del modo que queramos, las formas en las que fue tratado el incidente también dicen mucho de nosotros. Muestran cómo nos atrapan coyunturas como las de ese octubre del 2015. Y cómo, entrampados por ellas, nos resulta difícil ver ciertas líneas fundamentales de nuestra historia que deberían estar más presentes porque son urgentes y estratégicas. Una de ellas, nuestra relación con el mar. Conocí a Juan Duizeide, mi amigo navegante, como escritor y editor. Juan es, entre muchas cosas, marino mercante (después del Liceo Naval hizo la carrera náutica y se convirtió en piloto). Navegó, como dicen los libros que me gustan, “los siete mares”. Tripuló pesqueros rusos en el banco Burdwood, hoy Namuncurá, en el Atlántico Sur. Creador irredento de empresas editoriales de todo tipo. Biógrafo de Haroldo Conti, hoy vive en ese Delta que el escritor desaparecido narró como pocos. Siempre digo que Juan es mi amigo el Corto Maltés, el personaje de Hugo Pratt: comparten oficio, se le parece en sus citas eruditas, en su capacidad de escucha y aprendizaje y en su lealtad. El inventario de las cosas que dejó Juan en La Sanmartiniana es un catálogo de sus pasiones y también de argentinas menos conocidas. Una carta de la isla de “El faro del fin del mundo”, regalo de Victoria Esplugas, profesora en el colegio donde yo trabajo y marina como él. Una “pínula”, un instrumento de navegación. ¡Y los libros! Imagino la cara del funcionario kelper al encontrarse los libros de Juan, y toparse con ediciones de Joseph Conrad, el gran escritor polaco, también marino, que escribió en inglés mejor que los ingleses. Los isleños también tienen sus prejuicios sobre nosotros, y se nutren como bulímicos de la prensa argentina. Habrán esperado encontrar pósters del gaucho Rivero y quién sabe qué más. Pero la cabina del barco les devolvió fotografías de una cultura que conocen: una forma de relacionarse con el mar, la gran asignatura pendiente argentina. Por eso emociona que allí hayan quedado también los Evangelios que los Mansilla le regalaron a Juan: no habían visto nunca desde el mar, hasta la llegada del velero, cómo era la ciudad que habitan. Un símbolo, porque ¿cómo se posiciona para defender sus recursos un país marítimo que reclama sus aguas desde la orilla? Habían subrayado un versículo de Pablo: “Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: ‘Calla, enmudece’. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza”. Yo, que estuve en Malvinas dos veces, pienso que no hay lugar más adecuado del mundo para que el velero esté amarrado. Recuerdo cómo me enteré de las primeras noticias. Después de leer un mensaje de texto que me decía “la llevaron a Malvinas”, antes de que aparecieran las fotos en los diarios, pude imaginar los sentimientos encontrados de Juan, el marino que había emitido el pedido de auxilio durante una tormenta feroz, y al mismo tiempo vi a la nave amarrada al muelle en la bahía. Sentí una vez más el viento frío castigándome las mejillas, parado en alguna altura pasando los Narrows, ese angostamiento que separa al puerto de la península del faro de Cabo Pembroke, ubicado en el extremo oriental de la isla Soledad. Imaginé los palos desnudos de La Sanmartiniana contra el cielo gris, el casco blanco, algo deslucido por el óxido pero digno, atado a los pontones del muelle, contra el agua oscura y los cerros amarillentos. Pude ver bastante más que las noticias que se publicaron sobre el barco en ese entonces, en las que sólo importaba si era kirchnerista o no. Pude ver más, entre otras cosas, gracias a mi amigo el Corto Maltés.


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