Militantes de la miseria


En Argentina el capitalismo es mal visto por el grueso de la clase política y por casi todos los intelectuales. Muchos están más preocupados por combatirlo que por asegurar que funcione.


¿Por qué sigue aumentando el número de pobres en la Argentina? Acaso porque a relativamente pocos se les ocurre preguntarse por qué hay cada vez menos en el resto del mundo. Puesto que muchos países han logrado sacar de la pobreza a una proporción significante de sus habitantes, sería de suponer que los políticos y quienes los asesoran tomarían nota de lo que hicieron con el propósito de emularlos. ¿Es lo que hacen? Claro que no.

La razón es sencilla: les conviene dar a entender que la pobreza se debe al capitalismo, un sistema perverso que permite que lucren empresarios y comerciantes rapaces. Para quienes piensan así, hay que defender a la gente honesta contra los sujetos que quieren despojarla y procurar mitigar las consecuencias crueles de la avaricia con planes asistenciales generosos sin sentirse intimidados por los molestos detalles fiscales que tanto preocupan a reaccionarios obsesionados por los números.

El capitalismo sí brinda oportunidades a los codiciosos, pero sucede que es el único sistema económico conocido que genera recursos suficientes para que en la actualidad centenares de millones puedan disfrutar de un nivel de vida superior a aquel de los ricos del pasado no tan remoto.

Como explicó en el siglo XVIII Adam Smith, el teórico más influyente de la gran revolución económica que se ponía en marcha, el afán de lucro de algunos puede beneficiar a virtualmente todos. Desde entonces, sociedades de distinto tipo tratan de asegurar que el dinamismo de una minoría emprendedora sea compatible con los intereses de los demás.

De acuerdo común, las más exitosas en este ámbito han sido las escandinavas, cuyas economías son lo bastante productivas como para sostener una amplia gama de instituciones sociales. Otros países, como los anglosajones, los europeos, el Japón, Corea del Sur, Taiwán y algunos enclaves culturalmente chinos como Singapur y Hong Kong, han desarrollado sistemas comparables.

La Argentina nunca hizo nada parecido. Aquí el capitalismo es mal visto por el grueso de la clase política y por casi todos los calificados de intelectuales. Muchos están más preocupados por combatirlo que por asegurar que funcione. Pasan por alto el hecho indiscutible de que esforzarse por debilitarlo sólo servirá para garantizar que, década tras década, aumente la proporción de pobres en el país.

Según las cifras más recientes, el 42 por ciento de la población ya es oficialmente pobre. Aun cuando el eventual fin de la pandemia posibilite una mejora leve, no hay razones para suponer que sea suficiente como para hacer mucho más.

El gobierno kirchnerista entiende que le es más rentable figurar como enemigo del sector privado de lo que le sería intentar estimularlo. Lo culpa por los muchos problemas sociales del país en vez de reconocer que, les guste o no les guste a los ideólogos de La Cámpora y el Instituto Patria, a menos que las empresas privadas se hagan más productivas, no habrá más alternativa que la de resignarse a un futuro de miseria multitudinaria.

A veces, parecería que a ciertos militantes les atrae la perspectiva así supuesta; dan prioridad a la guerra de exterminio que están librando contra el capitalismo, una guerra que, tal y como están las cosas, terminarán ganando.

Por desgracia, hasta ahora ha sido menor el impacto de los ejemplos brindados por los países capitalistas en que la pobreza extrema sólo afecta a grupos residuales conformados por personas que no quieren o no pueden adaptarse a las exigencias de la vida moderna en un mundo cada vez más tecnocrático.

¿Incidirá más lo hecho por la China nominalmente comunista? Puede que no, que desde el punto de vista de quienes dominan el pensamiento político nacional sería inútil prestar mucha atención a las hazañas de una sociedad de cultura exótica en que centenares de millones de pobres han sido incorporados a la clase media.

La negativa a dejarse impresionar por lo que está ocurriendo en el exterior ha contribuido mucho al desastre protagonizado por un país que, por un rato, estaba entre los más prósperos del planeta, pero que, luego de dormir por mucho tiempo en los laureles así conseguidos, despertó un día para encontrarse entre los más carenciados.

Para levantarse, tendría que adoptar políticas parecidas a las que, en el Occidente primero y más tarde, en Asia oriental, han producido resultados que son realmente espectaculares.

Caso contrario, la decadencia seguirá profundizándose hasta que la Argentina sea una versión gigantesca de La Matanza regida por personajes de mentalidad muy pero muy conservadora que son expertos consumados en el arte de aprovechar la miseria ajena. ¿Es lo que quiere la mayoría? Pronto sabremos la respuesta a este interrogante fundamental.


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