Mingo y los gurúes
A Cavallo le iría mejor si contestara con mayor frialdad a los pesimistas de los gurúes económicos.
Puesto que entiende muy bien que en última instancia el destino de su gestión, y por lo tanto de la economía del país y el futuro de sus habitantes, dependerá de la actitud que asuman «los mercados» frente a las medidas que está tomando, es natural que Domingo Cavallo se haya sentido sumamente irritado por las opiniones nada optimistas de distintos expertos académicos que afirman que a la Argentina ya no le queda más alternativa que la de «reprogramar» la deuda externa de tal modo que en el corto plazo pagaría mucho menos aunque, huelga decirlo, a la larga se viera obligada a aportar mucho más. Si bien es de suponer que tanto al ministro de Economía como a diversos voceros del populismo les encantaría poder reducir las obligaciones inmediatas, ya mediante un acuerdo con los acreedores, ya, en el caso de políticos de ideas contundentes como Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín, a través de una ruptura espectacular con el mundo desarrollado, los costos de una maniobra de esta clase serían con toda seguridad enormes. Mal que bien, no existe ninguna solución «política» -es decir, indolora- para los problemas económicos que está ocasionando la aparente incapacidad del país de vivir conforme a sus propios recursos, de ahí la dependencia del llamado ahorro externo. Además de resultar traumática para los argentinos mismos, una «reprogramación» involuntaria serviría para convencer a muchos inversores de que no les convendría arriesgarse nunca más comprando títulos que pronto perderían buena parte de su valor.
Pero si bien es lógico que Cavallo esté tratando por todos los medios de convencer a los mercados de que su versión de las opciones frente al país es mucho más realista que las sugeridas por los «delirantes académicos» que escriben sobre la Argentina en las páginas de diarios de negocios prestigiosos, no logrará su propósito a menos que el estado de la economía no sólo aquí sino también en Estados Unidos mejore muy pronto, mostrándoles a los operadores que una vez más los gurúes se han equivocado. No sería la primera ocasión que lo hayan hecho -al ministro y sus colaboradores no les sería difícil en absoluto compilar una antología repleta de los vaticinios terroríficos que hombres como Rudiger Dornbusch han formulado sobre el Brasil que, por fortuna, todavía no se han concretado-, pero aun así han conservado su influencia, de suerte que es necesario prestar atención a sus puntos de vista. De todas maneras, por tratarse de un «debate» que puede tener repercusiones en todos los centros financieros del mundo, al ministro le iría mejor si contestara con mayor frialdad a los pesimistas que insisten en que la Argentina no tendrá remedio a menos que se ordenen recortes que hasta Ricardo López Murphy podría considerar excesivos, señalando que sus análisis raramente coinciden con la realidad por no tomar en cuenta una multitud de factores que tal vez sean subjetivos, como el supuesto por la confianza, pero que ello no obstante suelen ser fundamentales.
De todos modos, las batallas verbales que Cavallo está librando contra los expertos académicos bien podrían resultarle provechosas por varios motivos. Uno consiste en que a esta altura a nadie en sus cabales se le ocurriría acusarlo de ser un títere en manos de Wall Street, desgracia ésta que contribuyó mucho a los dolores de cabeza de José Luis Machinea. Otro motivo tiene que ver con la necesidad de que logre convencer a la clase política local de que si bien la crisis no los ha perjudicado personalmente -con escasas excepciones, sus miembros perciben ingresos que son muy superiores a los de la mayoría abrumadora de sus compatriotas-, esto no quiere decir que sea un fenómeno abstracto que puedan darse el lujo de pasar por alto. La situación económica del país es tan grave como afirman los académicos que tanto molestan a Cavallo, pero que mientras que para ellos es una fuente de materia muy interesante en torno de la cual pueden teorizar, nos plantea un peligro inminente que no se alejará a menos que la comunidad en su conjunto, encabezada por la clase dirigente, haga un esfuerzo supremo. Para que esto sea factible, empero, los políticos tendrán que tomar conciencia de la gravedad de la coyuntura, algo que por lo pronto demasiados se han resistido a hacer.
Puesto que entiende muy bien que en última instancia el destino de su gestión, y por lo tanto de la economía del país y el futuro de sus habitantes, dependerá de la actitud que asuman "los mercados" frente a las medidas que está tomando, es natural que Domingo Cavallo se haya sentido sumamente irritado por las opiniones nada optimistas de distintos expertos académicos que afirman que a la Argentina ya no le queda más alternativa que la de "reprogramar" la deuda externa de tal modo que en el corto plazo pagaría mucho menos aunque, huelga decirlo, a la larga se viera obligada a aportar mucho más. Si bien es de suponer que tanto al ministro de Economía como a diversos voceros del populismo les encantaría poder reducir las obligaciones inmediatas, ya mediante un acuerdo con los acreedores, ya, en el caso de políticos de ideas contundentes como Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín, a través de una ruptura espectacular con el mundo desarrollado, los costos de una maniobra de esta clase serían con toda seguridad enormes. Mal que bien, no existe ninguna solución "política" -es decir, indolora- para los problemas económicos que está ocasionando la aparente incapacidad del país de vivir conforme a sus propios recursos, de ahí la dependencia del llamado ahorro externo. Además de resultar traumática para los argentinos mismos, una "reprogramación" involuntaria serviría para convencer a muchos inversores de que no les convendría arriesgarse nunca más comprando títulos que pronto perderían buena parte de su valor.
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