Moderados contra autoritarios

Por Redacción

El general Juan Domingo Perón decía: “los peronistas somos como los gatos; cuando parece que nos estamos peleando es que nos estamos reproduciendo”. Lo hacen polarizándose para que la alternativa más convincente a la facción dominante de turno sea otra facción de características presuntamente muy distintas. Así, pues, en la provincia decisiva de Buenos Aires, los alarmados por la beligerancia insensata e ineptitud del gobierno nacional peronista pueden optar por la lista encabezada por el intendente Sergio Massa o por una armada por el diputado Francisco de Narváez, mientras que los conformes con el statu quo podrán apoyar a la lista oficialista, también peronista, confeccionada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Según las encuestas de opinión más recientes, las tres variantes compartirían los votos del 76% del electorado. No es que la mayoría abrumadora de los bonaerenses sea necesariamente peronista, sino que por motivos que podrían calificarse de tácticos, muchos creen más en las posibilidades brindadas por personajes vinculados con el movimiento fundado por Perón que en las planteadas por radicales, izquierdistas o conservadores. Las diferencias ideológicas o programáticas entre Massa, De Narváez y el delegado de Cristina, Martín Insaurralde, el que acaba de dar a entender que a su juicio la falta de seguridad y la inflación son problemas auténticos, no parecen ser muy grandes. Si algo, la relación con la presidenta aparte, los divide, esto es la voluntad declarada de los dos primeros de defender la Constitución nacional y la autonomía del Poder Judicial contra los ataques furibundos del gobierno kirchnerista. Si bien es factible que Insaurralde también se oponga al autoritarismo arbitrario y vengativo de Cristina, por motivos evidentes, mientras dure la campaña no le será dado decirlo en público. Sea como fuere, parecería que hasta nuevo aviso Massa se esforzará por posicionarse como el representante principal de la moderación, criticando, directa o indirectamente, a De Narváez y a Cristina por su agresividad. Por su parte, el diputado y la presidenta contratacarán subrayando la tibieza del intendente de Tigre y su resistencia a definirse. Aunque no cabe duda de que al país le vendría bien una fuerte dosis de moderación luego de años de crispación con esporádicos brotes de fanatismo, el que los dirigentes opositores o, cuando menos, no comprometidos con Cristina, estén hablando más de la voluntad dialoguista que se atribuyen que de los problemas sumamente graves que un gobierno futuro tendrá que enfrentar no puede considerarse positivo. Denunciar la inflación, la evaporación de las reservas del Banco Central, la inseguridad ciudadana, el deterioro constante del sistema educativo y, desde luego, la corrupción a escala industrial es tan fácil como necesario, pero los aspirantes a desempeñar papeles clave en la política nacional tienen el deber de decirnos lo que se propondrían hacer para eliminar o atenuar tales lacras. Son reacios a hacerlo por temer que las medidas exigidas asustarían tanto al electorado que definirse les costaría votos. Sin embargo, por tentador que les parezca brindar la impresión de suponer que un cambio de gobierno sería suficiente como para poner las cosas en su lugar, subestimar implícitamente la magnitud de los muchos desafíos que tarde o temprano los dirigentes nacionales tendrán que enfrentar no los hace menos importantes. Antes bien, les permite seguir cobrando dimensiones cada vez mayores. Aunque ya es tradicional que, cuando un ciclo político prolongado parece estar acercándose a un fin ignominioso, los líderes opositores procuran convencer a la mayoría de que, una vez desplazado el gobierno responsable de la condición nada satisfactoria del país, la recuperación será virtualmente instantánea y no requeriría “sacrificios” antipáticos, en el facilismo así supuesto pueden encontrarse las semillas de los desastres que se verían protagonizados por una larga serie de gobiernos de distinto tipo, entre ellos el del presidente radical Raúl Alfonsín. Por supuesto, podría argüirse que los políticos ambiciosos no tienen más alternativa que la de minimizar las dificultades que les tocaría enfrentar en el caso de que triunfaran en una elección presidencial pero, de ser así, el país nunca logrará salir del pantano en que se ve atrapado.


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