Muescas cervantinas

La historia de una celebración a la que no le faltan la parodia, la ironía y el humor





Literatura

Dos son las obsesiones de Cervantes: las letras y el dinero. Y las dos se muerden la cola, se retuercen, se anudan, se contorsionan, se confunden. La una, buscar la fama y la gloria de las letras y vivir de ellas. La otra, hacer fortuna como soldado, como corredor de granos, cobrador, soñar (en vano), con pasar a América, o subsistir con empleos miserables muy cercanos o contaminados por la ilegalidad.

Vista con miopía la historia vital de Cervantes es la historia de una derrota, a medias pero derrota al fin. Nunca pudo dejar de ser pobre y la fama y la gloria en las letras llegaron en cuentagotas.

Lo intentó con la poesía, pero pronto descubrirá que los versos se le malogran al contacto con la tinta: “ Yo que siempre me afano y me desvelo/ por parecer que tengo de poeta/ la gracia que no quiso darme el cielo”. Como dramaturgo el público le da la espalda y los empresarios también. Se siente orgulloso de una novela de pastores y enamoradas, “La Galatea”. Y después el silencio.

En el medio de ese silencio, están los caminos, las ventas, las posadas, las gentes, los libros y las cárceles. Siempre falto de dinero, siempre con deudas, siempre de un lado a otro. La cárcel es un territorio conocido por Cervantes y se habla de sus numerosas estadías -en Argel, en Sevilla, por ejemplo- como los sitios donde pudo haber imaginado “El Quijote”; pocas veces de la cárcel como el lugar del delito.

Cincuenta y siete años tenía Cervantes cuando en 1605 publica “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Era viejo, viejísimo para la época. Además no se esperaba nada de él ya. Lo sorprende el éxito y la fama, la envidia y el dinero que no llega nunca. Pero este anciano tiene mucho “mundo” para contar, y había meditado profundamente sobre ese prodigio de construir realidades con palabras que aún no se llamaba literatura.

De tantos caminos andados en su vida, Cervantes encuentra definitivamente el camino de la escritura, y lo que sigue es un portento de vitalidad y talento. En once años que median entre la aparición de “El Quijote” y su muerte, se publican las “Novelas Ejemplares”, “Viaje del Parnaso”, la segunda parte de “El Quijote”, “Ocho comedias y ocho entremeses” y la póstuma “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”.

Vista con ojos profundos la historia vital de Cervantes es la historia de una celebración a la que no le faltan la parodia, la ironía y el humor, sobre todo el humor. “ Con poco me contento/ aunque deseo/mucho…”. Eso es Cervantes.

Un irreverente, alguien que conoce a fondo la teoría literaria de su tiempo, y se propone experimentar. Jugar y trastrocar lo establecido. ¿Qué quiere experimentar Cervantes? Quizás, qué cosas caen en el territorio de la ficción y qué cosas no, cuáles son los límites de esa ficción, hasta dónde se puede ficcionalizar con verosimilitud. Las preguntas de Cervantes indagan el ojo mismo del huracán literario. La respuesta es en primer término “El Quijote”, luego “las Ejemplares” y “El Persiles”. Hay un verso clave que resume la finalidad de su escritura: “Mostrar con propiedad un desatino”. Ese es el kilómetro 0. De allí parten todas las avenidas que llegan hasta nuestro tiempo. De ese desatino saldrá la novela moderna. Eso es Cervantes.

Cuatro días antes de morir escribe el prólogo de “El Persiles”, es una despedida, ¡pero qué lejos de ser un nota necrológica! Las últimas líneas escritas por el padre de Alonso Quijano son una celebración, un canto a la vida. “Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida”. Eso es Cervantes.

(*) Docente de la UNC y columnista de “Río Negro”

Néstor Tkaczek (*)


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