Brasil entra en la recta final de una campaña surrealista e impredecible

Aunque fue inhabilitado por la Justicia Electoral, Lula está omnipresente: la televisión, radios, diarios y las redes sociales no pierden detalle de los avatares de su candidatura. El ultraderechista Bolsonaro sigue como escolta, mientras el resto no despega.

06 sep 2018 - 00:00

A un mes de las elecciones presidenciales en Brasil, la campaña se ha convertido ya en la más surrealista y su resultado en el más imprevisible de los tiempos modernos en el país.

Hasta la semana pasada, más de la mitad de los 147 millones de electores estaban dispuestos a lanzarse a los brazos del prisionero más famoso del país, el expresidente de izquierda Luiz Inácio Lula da Silva –encarcelado por corrupción–, o en los del exmilitar de extrema derecha Jair Bolsonaro, conocido por sus declaraciones racistas, misóginas y homófobas.

Señal de que Brasil va mal.

Violencia incontrolable, corrupción endémica, desempleo, crisis presupuestaria e impopularidad récord del presidente Michel Temer: los brasileños están saturados. Casi un 30% del electorado se declara indeciso. Los mercados están nerviosos, y el real se deprecia frente al dólar.

El Tribunal Superior Electoral (TSE) acaba de declarar a Lula inelegible para las elecciones del 7 de octubre, con una segunda vuelta el 28 de ese mes. Situación grotesca en sí: el exmandatario (2003-2010) hubiera ganado con casi toda seguridad, convirtiéndose en presidente por tercera vez. Pero la descalificación del jefe incontestable de la izquierda, lejos de aclarar la situación, ha creado un nuevo embrollo.

Lula apeló ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU y ante la corte suprema. “Legalmente todavía hay una posibilidad de que pueda presentarse”, afirma Michael Mohallem, analista de la Fundación Getulio Vargas, para quien “esta elección no se parece a ninguna”.

“La estrategia de todos los demás candidatos depende de Lula. Él es la clave de la elección”, añade.

Corta y judicializada

Brasil está inmerso en lo desconocido, a lo que se añade una campaña especialmente corta, dado que se redujo de 90 a 45 días tras una reforma electoral.

Otro hecho inédito que deriva de la enrevesada novela de la candidatura de Lula es que “el poder judicial ha desempeñado, como nunca antes, un papel central” en la elección, subraya Mohallem, que se pregunta si “en democracia no es más bien el pueblo quien debería tener la última palabra”.

Con Lula dentro o fuera de la liza, el excapitán Jair Bolsonaro, defensor del uso de la tortura durante la dictadura (1964-85), tiene casi asegurado, según los sondeos, alcanzar el segundo turno electoral.

“Ese es otro aspecto surrealista de esta campaña”, afirmó David Fleischer, profesor emérito de Ciencias Políticas de la Universidad de Brasilia. Brasil atravesó “21 años de régimen militar y la mayoría de los que apoyan a Bolsonaro tienen menos de 35 años y nacieron después de la dictadura”. Otro hecho curioso: como su Partido Social Liberal (PSL) solo tiene nueve diputados, poco importa que Bolsonaro cuente con 8,5 millones de seguidores en Twitter, Facebook e Instagram; en la campaña televisiva solo dispone de ocho segundos. Por ello, en su primer anuncio apenas pudo decir: “En defensa de la familia y la patria”.

Otros cuatro de los 13 candidatos aprietan los codos para disputar con Bolsonaro el segundo turno.

Mientras el Partido de los Trabajadores (PT) aplaza la designación oficial del sustituto de Lula, los otros tres no consiguen despegar. El equipo de Geraldo Alckmin, del PSDB (centro-derecha), favorito de los mercados, espera que el exgobernador de Sao Paulo logre multiplicar en los próximos días el magro 7% de intenciones de voto que le dan los sondeos, gracias a sus más de 5 minutos de propaganda por televisión. La ecologista Marina Silva y el candidato de centro-izquierda Ciro Gomes deberán hacer una campaña excelente, lo que hasta ahora no ha ocurrido.

Violencia, corrupción endémica, desempleo, crisis presupuestaria e impopularidad récord del presidente Michel Temer: los brasileños están saturados.
Muchos candidatos pocos con chances
Admirador de la dictadura, homófobo y racista, tiene casi asegurado un lugar en un probable balotaje presidencial.
Jair Bolsonaro, exmilitar
Exgobernador de San Pablo, de centroderecha, es el favorito de los mercados pero su intención de voto llega al 7%. Gerardo Alckmin, PSDB
Exintegrante del gabinete de Lula, se propone como la alternativa de izquierda al PT, acosado por denuncias de corrupción.
Marina Silva, ecologista
El “poste” de Lula no brilla
El PT ha optado por una vía arriesgada –para algunos, suicida– peleando “hasta el final” por la candidatura de Lula, postergando la designación oficial de un sustituto que ya podría estar haciendo campaña.
La notoriedad del probable comodín, Fernando Haddad, compañero de fórmula del líder, apenas trasciende Sao Paulo, donde fue alcalde. Es tan poco conocido que muchos brasileños lo llaman “Andrade” por su proximidad fonética en portugués. Quizás no tarde en ser más célebre, pero no por buenas razones: acaba de ser acusado de corrupción por la Fiscalía. Haddad se dice modestamente listo para ser el “poste” de Lula, en referencia a la expresión que dice que el carisma del expresidente “podría hacer elegir incluso a un poste”. Aún así, brillar se ve complicado para un “poste” que tiene 4% de intención de voto.

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