Murió el cantante Charles Aznavour
Tenía 94 años y acababa de volver de una gira por Japón
Charles Aznavour, el último gigante de la canción francesa del siglo XX, falleció en la madrugada del lunes a los 94 años en el sur de Francia.
El cantante francés más conocido en el extranjero vendió más de 100 millones de discos a lo largo de ocho décadas de una carrera excepcional a la que no había puesto fin: acababa de volver de una gira por Japón.
De origen armenio, Aznavour acababa de volver de una gira por Japón, tras haberse visto obligado a anular varios conciertos este verano (boreal) debido a una fractura del brazo, provocada por una caída.
Tenía previsto actuar el 26 de octubre en Bruselas.
Apodado el Frank Sinatra de Francia, logró una fama mundial pese a una voz y un físico atípicos. “La Bohème”, “La Mamma” y “Emmenez-moi” figuran entre sus canciones más destacadas de un repertorio de marcado tono nostálgico.
Compuso además por artistas como Edith Piaf y como actor, participó en unos 80 filmes.
Uno de sus temas inmortales: “Hier encore”
Su reconocible voz le propulsó a lo más alto del panorama musical francés e internacional, con unas 1.200 canciones registradas, aunque también desplegó su arte en el cine, con papeles junto a Jean Cocteau, François Truffaut o Claude Chabrol.
Su leyenda, en cualquier caso, estará siempre asociada a la canción, a los títulos que convirtió en clásicos en el mundo entero y también a los que compuso para otras grandes figuras, como Édith Piaf, Gilbert Bécaud, Serge Gainsbourg, Juliette Gréco, Maurice Chevalier o Johnny Hallyday.
Aznavour consideraba que solo la muerte lo bajaría de los escenarios y, pese a su edad avanzada, mantenía en su agenda citas para los próximos meses, como un concierto en Bruselas el próximo día 26, u otros dos en París en noviembre, seguidos de una pequeña gira por Francia.

Bajo el ala de Edith Piaf
Nacido el 22 de mayo de 1924 en París en una familia de inmigrantes armenios que huyeron de las persecuciones turcas, Aznavour residió durante muchos años en Ginebra, donde halló refugio fiscal y llegó a ser embajador de Armenia, país que también representó en la sede europea de la ONU.
Cuenta la leyenda que al nacer la partera no pudo pronunciar el nombre que le querían dar sus padres -Shahnourh-, y lo convirtió de inmediato a un Charles más francés.
“París es la ciudad de mi infancia, Erevan la de mis raíces”, aseguraba Aznavour, que siempre reivindicó con orgullo sus raíces armenias que condimentaron con un toque de melancolía hasta la más alegre de sus canciones.
Su infancia transcurrió inmersa en la bohemia de músicos y actores en París. A los 9 años ensayaba solo frente a un espejo y decidió cambiar el apellido paterno Aznavourian por el patronímico artístico Aznavour.
La fortuna tardó en llegar y le sonrió por primera vez en 1946 cuando llamó la atención de la cantante Edith Piaf, que junto al pianista Pierre Roche lo embarcó al año siguiente en una gira por Estados Unidos.
En los años 1950 escribió canciones para Gilbert Bécaud, pero junto con el éxito llegaron también las primeras críticas. “¿Cuáles eran mis desventajas? Mi voz, mi estatura, mis gestos, mi falta de cultura y de instrucción”, admitió el cantante.
Pero Aznavour persistió en su determinación, más fuerte que aquel “velo de niebla” que cubría el timbre de su voz. Y que finalmente terminó siendo su sello inconfundible y una de las llaves del éxito.
En la pantalla grande
La gloria mundial llegó en los años 1960, con algunos de sus grandes éxitos: “Les comédiens”, “Hier encore”, “Il faut savoir”… En esa época tomó por asalto el Carnegie Hall de Nueva York, antes de una gira mundial que lo catapultó a la fama con canciones como “La Mamma”, que retomaron otros grandes del escenario como Ray Charles, Liza Minnelli o Fred Astaire.
Aznavour apareció también en la pantalla grande, en “Disparen al pianista” de François Truffaut, y luego en “And then there were none” (1974), inspirada en la novela de Agatha Christie “Diez negritos”.
En la década siguiente, se adentró en temas más novedosos y sensibles para la época, como el de la homosexualidad en “Comme ils disent” (1972).
En 1998 encabezó los esfuerzos humanitarios para ayudar a los cientos de miles de víctimas del terremoto que devastó Armenia, y durante años militó a favor del reconocimiento del genocidio armenio por los turcos.

– Éxito tardío
“No soy viejo, sino mayor. No es lo mismo”, bromeaba Aznavour. Una manera de desafiar el paso del tiempo para quien el éxito artístico le vino tarde, a los 36 años, una noche de diciembre de 1960.
En la sala Alhambra de París, dio el concierto de la última oportunidad, tras haber sido blanco de la crítica que no creía ni en su talento escénico ni en su voz. Pero esa noche hizo cambiar a todos de opinión al interpretar “J’me voyais déjà”, sobre las ilusiones perdidas de un artista.
“Se atrevió a cantar el amor tal y como lo sentimos, como lo hacemos, como lo sufrimos”, dijo de él Chevalier, fallecido en 1972.
“Sus obras maestras, su timbre, su resplandor único le sobrevivirán mucho tiempo”, afirmó el presidente francés, Emmanuel Macron, tras conocerse la noticia de su muerte.
“Charles permanecerá el monumento y la leyenda de la canción francesa en el mundo. Sus canciones son intemporales y permanecerán grabadas en nuestra memoria. Compartimos tantas veces los escenarios del mundo”, dijo la intérprete Mireille Mathieu.
“Aunque me desgarre la glotis”
En 1998, la CNN y la revista Time lo coronaron como “artista de entretenimiento del siglo”.
“¿Cuáles eran mis desventajas? Mi voz, mi estatura, mis gestos, mi falta de cultura y de instrucción, mi franqueza, mi falta de personalidad. Los profesores me desaconsejaron cantar. Pero cantaré aunque me desgarre la glotis”, escribió en una autobiografía.
Aunque no había compuesto ninguna gran canción en los últimos 30 años, Aznavour mantuvo intacto su mito sobre el escenario, actuando en las salas más prestigiosas del mundo. Como una revancha para quienes no le veían ningún futuro y que “murieron hace mucho tiempo, mientras que yo… sigo aquí”, aseguraba.
Participó además en unos 80 filmes entre estos “Tirer sur le pianiste” de François Truffaut y “El tambor de hojalata” de Volker Schlondorff.
Este artista preocupado por el drama de los migrantes recordaba a menudo su apego a Francia y a Armenia, “los dos son inseparables como la leche y el café”, resumió el año pasado al recibir su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.
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