Música étnica: todos los sonidos del mundo

La música étnica invadió la escena de los cinco años últimos. Sus sonidos originales y desconocidos para Occidente se abrieron espacio en un competitivo panorama a costa de talento y creatividad. Shiela Chandra, Youssou N"Dour, Ketama, Cesaria Evora, entre otros, son las figuras más conocidas de este movimiento artístico y cultural.

Se despertaron los oídos, acostumbrados al ronroneo y las poses del rock y pop inglés o norteamericano, a texturas distintas, originales usos de la voz y una gama de instrumentos alejados de las guitarras, la batería, el bajo y el piano, tan vistos y tan desperdiciados por las lumbreras lanzadas al cielo.

Gabriel y su gente demostraron una especial sensibilidad para apreciar esta materia exquisita y oculta. En el sello Real World han grabado, entre muchos otros, S. E. Rogie, de Sierra Leona, Youssou N»Dour (este músico consiguió en los «90 un par de hits que se escucharon hasta el cansancio en televisión y radio), Papa Wemba de Zaire, Totó la Momposina y sus Tambores de Colombia, Remmy Ongala y la Orchestre Super Matimila de Tanzania. También la excelente cantante inglesa de origen indio Shiela Chandra, que hoy sirve de telón de fondo en la serie de canal Fox, «Roswell».

La música étnica es un color revolucionario para el blanco y negro al que estamos acostumbrados incluso en esta parte del mundo donde existe una destacada producción folclórica. Su actual promoción, sea por los motivos que fuere, es una oportunidad para acercarnos a otras formas de creatividad. Incluso asociada a las fórmulas rítmicas del rock y el pop.

Gabriel, como Paul Simon, han comido de ambos platos. Cuando lo sintieron necesario establecieron puentes entre armonías lejanas y otras que a todos nos resultan familiares. Por estos días Fox está emitiendo un especial con la actuación de Simon junto a un grupo de músicos africanos durante la grabación de «Graceland», el disco en el que tomó los colores del Africa para teñir su música y que fue una bisagra en su carrera, un tanto estancada en ese momento.

Ellos no fueron los únicos. Dos ex Police se vieron seducidos por sonidos diferentes. Primero fue Stewart Copeland. El optó por hacer una extensa y fructífera investigación en el corazón del Africa para dar a luz a «The Rhythmatist», la placa más experimental y exquisita que haya realizado como solista. Luego fue Sting, quien en su último disco «Brand a New Day» entrega una canción en la que los sonidos árabes crecen en la voz de Cheb Mami.

Otros conjuntos más que imponer un sonido étnico le otorgaron al rock su carga, digamos, espiritual. Fue el caso de Living Color, una expresión completamente original del hard rock. The Fugees hizo lo propio con el reggae al utilizarlo en composiciones más bien pop; el grupo nunca se olvidó de sus raíces e incluso viajó a Jamaica, donde realizó una serie de recitales.

Ahora, desde este lado del arco iris es difícil saber cómo son y de qué cuño las composiciones que vienen con esa marca. Tal vez sea lo de menos. Tan poca cosa sabemos del mundo que estar abiertos es una tarea grata. Se ha dicho, por ejemplo, que Totó la Momposina es un producto refinado del folclore colombiano, pero suena tan bien que poco importa su depuración (alguien diría que se vendió). Mucho más cerca, Joe Vasconcellos, un chileno brasileño que vive del otro lado de la cordillera, ha conseguido fusionar el candombe con el rock y la música brasileña. Un cóctel que le está dando muy buen resultado. La idea fue durante mucho tiempo propiedad de Los Paralamas.

El acercamiento de la música flamenca es parte del mismo paquete. La celebridad de Camarón de la Isla, su voz irremplazable y una personalidad propia de algunas estrellas de la industria rock, dieron a conocer el dolor gitano y de paso a eximios artistas como Tomatito, que estuvo el año pasado en Neuquén. Después de Camarón desembarcó Ketama, un grupo que también incursionó en la fusión de culturas junto a grupos africanos, y Raimundo Amador, un gitano de obvias influencias rockeras y que compartió escenario con B. B. King.

Ya fuera del rock, dos voces femeninas impactaron en los últimos tiempos.

Una tuvimos la suerte de poder escucharla en la región: Cesaria Evora. Su voz poderosa y cálida comenzó a hacer que se reconozcan las mornas de su Cabo Verde natal por todo el mundo.

La otra es Kiri Te Kanawa, la neozelandesa que abrió un universo exótico al abandonar por un rato la lírica, en la que descolla como una de las mejores sopranos de la actualidad, para grabar una selección de canciones maoríes que hicieron que muchos descubrieran que el jaka no es sólo un ritual de los All Blacks, sino una tradición que conjuga fuerza y espiritualidad en el ritmo.

Claudio Andrade

Silvina Fernández


Se despertaron los oídos, acostumbrados al ronroneo y las poses del rock y pop inglés o norteamericano, a texturas distintas, originales usos de la voz y una gama de instrumentos alejados de las guitarras, la batería, el bajo y el piano, tan vistos y tan desperdiciados por las lumbreras lanzadas al cielo.

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