Naufragios: “No pude pintar nunca más el mar azul”

“Desde el accidente no pude pintar nunca más el mar azul, mis cuadros se llenaron de colores sienas”. La frase aún resuena. Dicha a este cronista hace ya algunos años sigue vigente. La artista plástica Nélida Galdo, ícono de la pintura de la costa patagónica, solía embarcarse con su padre, don Valentín, pionero de la pesca, para estampar el golfo San Matías repleto de azules y celestes, con la espuma blanca y los brillos del crepúsculo o el amanecer.

Aquel 5 de mayo del 69 cambió su vida y se transformó su arte. El “San Cayetano” clavaba sus rastras como garras sobre el banco de vieiras, al sur de Las Grutas, en un mañana espléndida de sol, cuando dio vuelta de campana a pocos metros de otro barco similar, del mismo nombre, cuyos tripulantes fueron testigos espantados de la tragedia. Los buzos pudieron rescatar días después al infortunado capitán atrapado en el puente de mando a varios metros de profundidad. Uno de sus marineros había sido hallado inmediatamente por los pescadores de la otra embarcación. El resto se perdió en las aguas.

Nélida no volvió al mar. Sólo a sus costas. Y sus cuadros trocaron sus matices, dejaron sus brillos, aunque ganaron jerarquía y reconocimiento. La opacidad y el ocre se coló en los óleos y allí perdura, como el dolor insuperable de la pérdida que aún acompaña a la artista y a los demás deudos de aquella tripulación.

El golfo dio vida y pujanza a San Antonio Oeste durante décadas. Pero también muchas vidas quedaron en sus aguas. El brutal impacto de cada noticia de un naufragio, sea donde fuere, es más conmocionante para los sanantonienses. Porque cada familia pescadora lo siente como propio, como si uno de los suyos estuviera involucrado.

La desgracia del “Namuncurá” será imposible de borrar. A fines de octubre del 89, durante días, el buque estuvo al garete completamente incendiado hasta que otro pesquero lo encontró y lo remolcó a puerto. Hipólito Polo Benítez, Cirilito Avendaño, Raúl Radovcic y Ángel Estrada murieron por las llamas. Su capitán Antonio Ricci, los hermanos de Hipólito, Zoilo y Rubén Cachete Benítez, Carlitos León, Luis Giuliani y Piporé Maciel se salvaron de milagro, con terribles heridas.

Varios años después coincidí con Rubén en otro buque. Trabajador silencioso, pensativo, pero buen compañero. “Cachete se va a dormir temprano, lo apoyamos mucho, porque creemos que aún le cuesta superar lo del ‘Namuncurá’”, contaba en la sobremesa el patrón del “Bonfiglio”, Daniel Carbayo, quien además ayudó a encontrar el barco incendiado.

Cuando se supo que el “Namuncurá” era remolcado con cuatro cuerpos sin vida y varios heridos graves a bordo, cientos de pobladores se acercaron a la ría. Transcurridos más de 25 años, nunca se borrará el recuerdo de ese silencio sepulcral. Las familias esperaban sin saber a ciencia cierta quién vivía y quién no en esa nave, que negra de tizne ingresó a puerto, con su motor apagado, ante una multitud acongojada.

Julia Montenegro es un símbolo del Ensanche Sur, barrio de pescadores. Conoce y recuerda todas las tragedias pesqueras. Tal vez su dolor, sea uno de los más tremendos. En los años 70, su hijo mayor, Julio, buscó mejor rumbo en un barco mercante que despachaba al exterior. Desde un puerto uruguayo le informaron a Julia que su primogénito había enfermado y muerto a bordo.

Cuando llegó, no le permitieron ver su cuerpo. Nunca hizo el duelo. Jamás cerró esa herida. “Todavía creo que puede ingresar por esa puerta. Me cuesta creer que no está vivo”, dijo Julia a este cronista hace quince años.

La muerte en alta mar es una posibilidad concreta para quien eligió ese derrotero y así lo asumen los pescadores. Pero las madres, los padres, los hijos, los hermanos, los amigos, difícilmente puedan entenderlo. Y ante la tragedia, sólo queda el desconsuelo, el color del mar que se trastoca, el silencio abrumador de la inmensa noche del océano, el terror de la profundidad que ahoga y la impotencia ante un final que nunca podrá modificarse.

(Con aportes de Archivo Río Negro)

Pedro caram

pcaram@rionegro.com.ar

Nélida Galdo, junto a una de las obras inspiradas en sus viviencias.


“Desde el accidente no pude pintar nunca más el mar azul, mis cuadros se llenaron de colores sienas”. La frase aún resuena. Dicha a este cronista hace ya algunos años sigue vigente. La artista plástica Nélida Galdo, ícono de la pintura de la costa patagónica, solía embarcarse con su padre, don Valentín, pionero de la pesca, para estampar el golfo San Matías repleto de azules y celestes, con la espuma blanca y los brillos del crepúsculo o el amanecer.

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