Nepal en llamas: los últimos movimientos tácticos del rey
por GREGOR MAYER
DPA
Desde hace casi dos semanas se repite la misma imagen en Katmandú y otras ciudades de Nepal: hombres, mujeres y niños se reúnen en cruces callejeros y corean consignas contra el rey Gyanendra, quien gobierna con puño de hierro. Policías en uniforme azul con cascos, escudos y sus temidos bastones largos cargan contra la multitud, que se dispersa o es dispersada de forma brutal. Los ciudadanos reciben golpes, patadas y son detenidos.
Las fuertes lluvias interrumpieron las marchas, pero la huelga general convocada por la alianza de siete partidos SPA sigue sin cambios. El gas para cocinar están escaseando y se forman largas colas frente a las gasolineras.
Pese a ello, la población no parece criticar a los líderes de la huelga. Cada vez hay más grupos que se suman al movimiento democrático: abogados, periodistas, hoteleros y agentes de viajes. Incluso algunos mochileros extranjeros se mezclan entre los manifestantes cuando la ola de protestas llega al barrio turístico de Thamel. Una y otra vez, los nepaleses desafían las prohibiciones de salir y de reunión del régimen dispuestos a soportar los golpes y detenciones. Sólo la violencia parece mantener en el puesto a Gyanendra, la misma sangrienta violencia a la sombra de la cual conquistó el poder. Su antecesor y hermano, Birendra, llevó al país del Himalaya, tan pintoresco como pobre, de un régimen absolutista a la monarquía constitucional en 1990.
Sin embargo, en 2001 el príncipe heredero Diprenda disparó y mató a su padre, su madre y otros miembros de la corte. Poco después se suicidó y su tío Gyanendra tomó el mando. Hasta hoy no está claro qué papel tuvo Gyanendra en la masacre de palacio. El nuevo regente fue retirando poco a poco los logros democráticos, con la excusa de la rebelión maoísta que comenzó en 1995 y que ha causado desde entonces la muerte de 13.000 personas.
Gyanendra nunca ocultó su deseo de poder. «Quiero ser visto y escuchado», anunció al subir al trono. En 2002 disolvió el Parlamento elegido tres años antes y en febrero de 2005 destituyó a su propio gobierno. Las protestas fueron sofocadas con el aparato de represión estatal.
«Se le está acabando el tiempo», opina Girija Prasad Koirala, presidente del Partido del Congreso de Nepal, la principal fuerza de la oposición. Koirala aboga por un acercamiento del SPA a los maoístas militantes, que a fines de 2005 derivó en un acuerdo. Desde entonces, el líder maoísta Prachanda ya no menciona como objetivo de su movimiento imponer un régimen comunista.
En la actual campaña de desobediencia civil, los combatientes han interrumpido sus ataques en el valle de Katmandú, y la alianza entre ambas fuerzas da aún más amplitud al movimiento contra Gyanendra.
Los últimos movimientos tácticos del rey –el anuncio difuso de elecciones este año o su reunión con el político opositor Sher Bahadur Deuba– podrían haber llegado muy tarde. «La oposición no puede ceder ante ello», considera el politólogo Krishna Khanal, de la Universidad de Tribhuvan, «porque la presión del pueblo es demasiado fuerte».
DPA
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