Ni un día más




Por Roberto Álvarez *

Crecí en un hogar donde la igualdad de género en la vida cotidiana se respiraba. Más allá del ambiente, que sí tenía características machistas, en mi familia no había definición de roles por género, no se construían pertenencias por ser varón o mujer. No había tareas domésticas exclusivas de las mujeres, ni elección de estudios o profesiones diferenciados; una hermana fue la que nos enseñó a los tres varones a manejar.., en fin, obviedades que no deberían ni ser mencionadas pero que hacen razonable el impacto que en mí generaron estas realidades.

En los años de seminarista me enfrenté en barrios marginales de Córdoba a muchas situaciones de violencia de género, machismo e incluso “mandatos” que dejaban a la mujer desamparada, sola, y “aguantando” golpes, insultos y menosprecio por “los hijos”, “por el hogar”. También allí pude asombrarme de esa red subterránea de solidaridad entre tantas sumergidas en estas situaciones, por la capacidad de ayuda y resistencia que tienen las mujeres.

Pero fue recién en mi último destino como cura en una ciudad del interior de Córdoba donde me asomé a la densidad de la violencia de género. Estando allí, un varón mató a su pareja mujer luego de tener infinidad de denuncias y perimetrales. El entramado de vinculaciones hizo que fuera necesaria una enorme presión social, marchas, reuniones, etc. para que finalmente éste fuera apresado. Como había participado de las marchas, fui invitado a celebrar la misa en la casa de N; participaron sus hijos, su mamá, hermanas y gente del barrio; los más pequeños se peleaban por el lugar donde debía poner la mesa para la Eucaristía. Cuando me acerqué a decirles que era lo mismo acá o allá, el más grande de ellos -no más de 7 años- me señaló la mancha de sangre en el piso de cemento: “Tiene que ser sobre la sangre de mamá”… Ese día, para mí ya no hubo retorno; ese día sentí la urgencia por una respuesta que fuera más que acompañar idas al hospital, velorios o misa de cuerpo presente.

Durante varios años acompañé un proyecto que nació después de esa muerte; un proyecto ideado y sostenido por mujeres que lo pensaron en sus letras, lo crearon en su edificio y lo sostienen. Esa casa me hizo asomarme al horror que pasan infinidad de mujeres, a la violencia física, moral, psicológica a la que son sometidas en ciudades, pueblos y parajes de nuestro país. He visto llegar mujeres moradas a golpes, embarazadas aterradas; hemos buscado en terminales mamás con chicos escapando de pueblo en pueblo sin tener qué comer, sin baños a donde ir, no dormir por noches, asustarse al menor ruido, cerrar las persianas por miedo al “afuera”. En algunas ocasiones, he presenciado aprietes de las fuerzas de seguridad, ironías de los parientes, suposiciones de “tener otro”… minusvaloración por parte de ministros religiosos. Allí supe de casos de trata, de narcos que tienen a sus esposas amenazadas y con custodia policial para que no se escapen ni denuncien.

Es mucho lo que hay que reparar, es enorme la tarea para acercarnos a sus universos, porque ha sido inmensa nuestra complicidad e indiferencia, hasta hacer parecer que fueran mundos diversos. Y en eso tenemos que asumir como iglesia que, al menos, hemos permitido que se nos asocie con prácticas claramente antievangélicas: ni una mujer tiene que soportar un solo menosprecio por “preservar” un matrimonio, su familia o lo que sea. Nunca una mujer puede quedar desprotegida o tener siquiera esa sensación porque un eclesiástico diserte sobre el modo en que se viste, se mueve o sonríe; jamás una niña debería estar inducida por la catequesis, nuestros sermones, etc., a roles que la predispongan a perder autonomía y ser dependiente de un varón.

En definitiva, sólo se nos pide que nos limitemos a querer hacer posible que toda mujer haga, diga, se perciba y construya como María: sin tener referencia de varón alguno a la hora de decidir su destino, sin pedir permisos para planificar los meses de su vida e irse de viaje, con suficiente coraje y lucidez para gritar que cree en un Dios que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; con el aguante para estar al lado de un ajusticiado cuando todos los amigos varones habían huido; con la generosidad, mansedumbre y misericordia para juntar alrededor de una mesa a los mismos que habían dejado y traicionado a su Hijo.

*Obispo Auxiliar de Comodoro Rivadavia.


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