Nuestro amigo, el oso

Redacción

Por Redacción

Además de tratar de instalar un novedoso “modelo” socioeconómico que, según los militantes más optimistas, ya es “irreversible”, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha cambiado radicalmente la política exterior, alejando la Argentina de Estados Unidos y la Unión Europea para acercarla a China y Rusia, países que se han convertido en nuestros “aliados estratégicos”. Parecería que, a ojos de Cristina, el que China siga siendo una dictadura nominalmente comunista en la que se violan sistemáticamente los derechos humanos de sus habitantes y que la Rusia de Vladimir Putin sea una democracia formal llamativamente autoritaria deberían considerarse ventajas, ya que, a diferencia de los norteamericanos y europeos, a los chinos y rusos no se les ocurriría criticarla a menos que tomara medidas que afectaran sus propios intereses; pero desde el punto de vista de la mayoría de los líderes opositores el giro que ha emprendido el gobierno es motivo de preocupación por razones no sólo ideológicas sino también pragmáticas. Aunque China, un país gigantesco que en los años últimos ha logrado acumular una cantidad enorme de dólares y otras divisas, está en condiciones de ayudar a socios en apuros como la Argentina y Venezuela, que corren peligro de quedarse sin reservas, no lo haría por generosidad sino porque le conviene ir incorporándolos a su creciente esfera de influencia. Por ser cuestión de una gran potencia manufacturera que produce bienes de consumo de calidad aceptable a precios muy competitivos, es comprensible que los industriales locales hayan temido verse sacrificados. Felizmente para tales empresarios, Rusia dista de ser una potencia manufacturera capaz de exportar bienes sofisticados hasta a los mercados más exigentes, como hace China. Por el contrario, su economía se asemeja bastante a la argentina, por depender en buena medida de la exportación de materias primas, en su caso petróleo y gas. Asimismo, si bien Rusia todavía cuenta con reservas financieras abultadas, están reduciéndose con rapidez de resultas del colapso del crudo y de las sanciones occidentales que siguieron a la anexión manu militari de Crimea y los intentos, que continúan, de apoderarse de otros pedazos de su vecino Ucrania, zarpazos que, según parece, han merecido la plena aprobación de Cristina, aunque sólo fuera porque han provocado la reacción airada de Estados Unidos y Europa occidental. De todos modos, los beneficios económicos que podría brindarnos una “alianza estratégica” con la Rusia oligárquica de Putin parecen escasos en comparación con los que China ya ha comenzado a aportar. Si bien durante la breve visita de Cristina a Moscú los dos mandatarios firmaron algunos acuerdos comerciales y funcionarios rusos dicen que su país invertirá mucho dinero en proyectos energéticos conjuntos, algunos destinados a explotar las reservas de gas de Vaca Muerta y otros a participar de la construcción de una central nuclear y una presa hidroeléctrica, en opinión de los especialistas en tales asuntos, tendría que transcurrir mucho tiempo antes de que se concretaran. A pesar de sus dimensiones geográficas, Rusia no es un gigante económico –según las estadísticas internacionales, su producto bruto es menor que el de España–, pero aún cuenta con fuerzas armadas potentes. Es por este motivo que la decisión de Cristina de impulsar la colaboración no sólo económica sino también militar con Rusia ha ocasionado preocupación tanto en Londres como en Washington, además de malestar en países de Europa del Este que se sienten amenazados por el renovado expansionismo ruso. En muchas partes del Occidente se atribuye a Rusia la voluntad de aprovechar mientras pueda la presunta debilidad anímica de Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea para conseguir más territorio y mayor influencia en las zonas menos estables del mundo. Mientras que los líderes chinos se han acostumbrado a obrar con cautela por entender que les sobra tiempo en que acercarse a sus objetivos a largo plazo, los rusos saben que “la ventana de oportunidad” que ven frente a ellos cerrará pronto, de ahí el aventurerismo que caracteriza su propia política exterior, razón por la que convendría que el gobierno de Cristina, y los de sus sucesores, mantuvieran abiertas otras opciones menos riesgosas.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Lunes 13 de abril de 2015


Además de tratar de instalar un novedoso “modelo” socioeconómico que, según los militantes más optimistas, ya es “irreversible”, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha cambiado radicalmente la política exterior, alejando la Argentina de Estados Unidos y la Unión Europea para acercarla a China y Rusia, países que se han convertido en nuestros “aliados estratégicos”. Parecería que, a ojos de Cristina, el que China siga siendo una dictadura nominalmente comunista en la que se violan sistemáticamente los derechos humanos de sus habitantes y que la Rusia de Vladimir Putin sea una democracia formal llamativamente autoritaria deberían considerarse ventajas, ya que, a diferencia de los norteamericanos y europeos, a los chinos y rusos no se les ocurriría criticarla a menos que tomara medidas que afectaran sus propios intereses; pero desde el punto de vista de la mayoría de los líderes opositores el giro que ha emprendido el gobierno es motivo de preocupación por razones no sólo ideológicas sino también pragmáticas. Aunque China, un país gigantesco que en los años últimos ha logrado acumular una cantidad enorme de dólares y otras divisas, está en condiciones de ayudar a socios en apuros como la Argentina y Venezuela, que corren peligro de quedarse sin reservas, no lo haría por generosidad sino porque le conviene ir incorporándolos a su creciente esfera de influencia. Por ser cuestión de una gran potencia manufacturera que produce bienes de consumo de calidad aceptable a precios muy competitivos, es comprensible que los industriales locales hayan temido verse sacrificados. Felizmente para tales empresarios, Rusia dista de ser una potencia manufacturera capaz de exportar bienes sofisticados hasta a los mercados más exigentes, como hace China. Por el contrario, su economía se asemeja bastante a la argentina, por depender en buena medida de la exportación de materias primas, en su caso petróleo y gas. Asimismo, si bien Rusia todavía cuenta con reservas financieras abultadas, están reduciéndose con rapidez de resultas del colapso del crudo y de las sanciones occidentales que siguieron a la anexión manu militari de Crimea y los intentos, que continúan, de apoderarse de otros pedazos de su vecino Ucrania, zarpazos que, según parece, han merecido la plena aprobación de Cristina, aunque sólo fuera porque han provocado la reacción airada de Estados Unidos y Europa occidental. De todos modos, los beneficios económicos que podría brindarnos una “alianza estratégica” con la Rusia oligárquica de Putin parecen escasos en comparación con los que China ya ha comenzado a aportar. Si bien durante la breve visita de Cristina a Moscú los dos mandatarios firmaron algunos acuerdos comerciales y funcionarios rusos dicen que su país invertirá mucho dinero en proyectos energéticos conjuntos, algunos destinados a explotar las reservas de gas de Vaca Muerta y otros a participar de la construcción de una central nuclear y una presa hidroeléctrica, en opinión de los especialistas en tales asuntos, tendría que transcurrir mucho tiempo antes de que se concretaran. A pesar de sus dimensiones geográficas, Rusia no es un gigante económico –según las estadísticas internacionales, su producto bruto es menor que el de España–, pero aún cuenta con fuerzas armadas potentes. Es por este motivo que la decisión de Cristina de impulsar la colaboración no sólo económica sino también militar con Rusia ha ocasionado preocupación tanto en Londres como en Washington, además de malestar en países de Europa del Este que se sienten amenazados por el renovado expansionismo ruso. En muchas partes del Occidente se atribuye a Rusia la voluntad de aprovechar mientras pueda la presunta debilidad anímica de Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea para conseguir más territorio y mayor influencia en las zonas menos estables del mundo. Mientras que los líderes chinos se han acostumbrado a obrar con cautela por entender que les sobra tiempo en que acercarse a sus objetivos a largo plazo, los rusos saben que “la ventana de oportunidad” que ven frente a ellos cerrará pronto, de ahí el aventurerismo que caracteriza su propia política exterior, razón por la que convendría que el gobierno de Cristina, y los de sus sucesores, mantuvieran abiertas otras opciones menos riesgosas.

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