Nuestro cuerpo y el hábitat

Sería beneficiosa para el niño la posibilidad de tener un espacio en la escuela para sus objetos, como un armario o una caja. Así tendría una representación de la escuela no sólo como lugar de tránsito sino como un sitio donde sus cosas permanecen más allá de su presencia.

TEXTO: Jorge Boccanera “A diferencia de los animales, el ser humano construye su espacio”, señala el escritor y psicomotricista Daniel Calmels, autor del libro “Espacio habitado”, en el que analiza la relación del hábitat y el cuerpo. La vivencia corporal es el eje de este ensayo -editado por Homo Sapiens- cuyos capítulos giran alrededor de lugares de la casa: “La pared”, “El techo”, “El piso y el suelo”, “El umbral y la puerta”, pero también “La vereda y la calle”, “Los caminos” y “El territorio del juego”. Calmels subraya que “las manifestaciones corporales son la prueba de la existencia del cuerpo. El cuerpo del niño se construye en la relación con el adulto y su función corporizante. Y cobra existencia a partir del contacto, los sabores, la postura, la mirada, la escucha, la voz y los gestos”. Queda claro que de no existir ninguna de estas manifestaciones -“por no haberse construido o por haberlas perdido en un accidente”, aclara-, se estaría frente a un estado vegetativo, por tanto “no habría cuerpo en tanto soporte de la expresión y la comunicación”. Autor de varios libros sobre el tema -entre ellos, “Infancias del cuerpo”, “El cuerpo y los sueños” y “Cuerpo y saber”- Calmels habla sobre espacio y juego corporal: “El primer espacio es el cuerpo de la madre y los juegos corporales se inician con los juegos de crianza: sostén, ocultamiento, persecución, que inauguran situaciones de distanciamiento”. La relación del cuerpo con el espacio, sostiene el autor, “es aprendida en una cultura determinada, esto quiere decir que lo que en nuestra cultura, por ejemplo, está en la categoría de `piso`, en otra cultura tiene la categoría de `suelo` (tierra en la que se vive y que suele tener desniveles naturales) “El término piso, por su parte, deriva de la acción del pie sobre el plano horizontal, superficie que privilegia la marcha, el apoyo de los pies. Piso es un espacio artificial, fabricado, con desniveles tradicionales. En algunos hogares o escuelas, en cambio, se habilita la posibilidad de utilizar el piso y jugar en él, otorgandosele las cualidades del suelo”. Para el ensayista, “es preferible que el conocimiento del espacio sea el resultado de un acto creativo, exploratorio” -dice, y agrega: “a diferencia de los animales, el ser humano construye su espacio, que varía según su edad; una casa no es la misma para un bebe que para un niño de edad escolar, para un adolescente que para un anciano”. El conocimiento del espacio, sostiene, requiere acción: “Según Piaget es necesaria la acción entera que implica las acciones del cuerpo, las que se posicionan al entrar en ese espacio reconocido como casa. Una acción no es un simple movimiento sino un movimiento organizado en la cual confluyen procesos instrumentales afectivos y cognitivos”. Para Calmels, el recién nacido necesita recomponer un ámbito perdido en el sostén materno: “El nacimiento se caracteriza por un pasaje al mundo externo, con la pérdida del entorno envolvente que funcionaba como un filtro térmico, acústico y lumínico. Cuando el niño comienza a desplazarse, el espacio se convierte en motivo de interés. “En los hábitat humanos -precisa- hay espacios de estancia donde el cuerpo se aquieta y también lugares para el juego corporal”. Entre otros espacios, el ensayista menciona que hay varios modos de habitar un rincón: como refugio, isla, celda o mirador. En este último caso hay una intención de observar sin nadie que lo mire a sus espaldas. “Desde esa actitud de alerta, el rincón puede ser un lugar de vigía; es aquí donde el cuerpo se tensa y se flexiona; hay un cuidado del mirar controlando las acciones de los otros. Aquí, más que habitado, el rincón es ocupado”, explicita. Y define a la escuela como un hábitat con cierta deficiencia: “Sería beneficiosa para el niño la posibilidad de tener un espacio en la escuela para sus objetos, pudiendo ser un armario o caja. Así, el niño tendría una representación de la escuela, no sólo como lugar de tránsito, sino de lugar donde sus cosas permanecen más allá de su presencia” Agrega que la mochila escolar lo lleva a peguntarse si no se está entrenando al niño para salir de su casa como un expedicionario que se dirige a un lugar inhóspito con elementos para su supervivencia. También habla de cómo el adolescente se posesiona de su espacio: “En Occidente las paredes de las habitaciones de los niños cuentan con afiches, cuadros, grafitis, documentaciones de la vida del niño. Éste se muestra más interesado por las carteleras que le posibilitan renovar dibujos y fotos que testimonien la labor creativa y la iconografía fotográfica de los integrantes de la familia”. Dado que los niños fundan sus espacios en patios y baldíos, cabe preguntarse qué sucede hoy con la aparición de “salas de juego” y “peloteros” que funcionan como grandes corralitos. Al respecto Calmels sostiene que “los niños distribuyen sus objetos por el espacio, cuelgan sus adornos de ganchos, ponen su cuerpo sobre el piso transformándolo en suelo, saltan un escalón, caminan por un borde, exploran, conquistan. En cambio las ofertas actuales siguen la lógica de la multifunción como el celular de última tecnología que reúne diversas funciones: foto, teléfono, internet”. “El `pelotero` -concluye- también acumula diversos juegos en un mínimo espacio, los condensa evitando espacios libres entre ellos, es multiestimulante; esto crea un efecto de continuidad y aceleramiento que quizá induce a la repetición automática. Por el contrario, la distribución de los diversos juegos en un espacio generoso promueve el traslado, una forma de renovación y pausa de la actividad”, considera el ensayista. (Télam)

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