Obama se desinfla
Han durado poco las esperanzas absurdamente exageradas motivadas por el triunfo de Barack Obama en las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre del 2008, un acontecimiento que muchos parecían creer serviría para inaugurar una época de paz y prosperidad universal. Según todos los sondeos, el desencanto con su gestión se ha generalizado no sólo en Estados Unidos sino también en el resto del mundo, sobre todo en los países musulmanes donde muchos suponían que el nuevo presidente norteamericano se encargaría de solucionar los problemas que más les preocupan. Que ello haya ocurrido fue previsible, ya que el éxito fenomenal de la campaña proselitista de Obama pudo atribuirse a la voluntad de los hartos del entonces presidente George W. Bush de creer que un senador relativamente joven, sin experiencia administrativa, poseía las cualidades necesarias para renovar la cultura política estadounidense, pilotear la economía en medio de la tormenta financiera más violenta de las últimas décadas y cambiar por completo la imagen internacional de la superpotencia. Asimismo, el que Obama fuera de raza mixta inhibió a periodistas que en otras circunstancias lo hubieran obligado a rendir cuentas por las partes más oscuras de su currículum personal, como su larga relación con predicadores racistas y sus presuntos vínculos con estafadores, además de preguntarse si era razonable suponer que un producto del mundillo político sumamente corrupto de Chicago realmente estaría resuelto a impulsar las reformas que añoraban. Antes de ser elegido Obama se vio beneficiado por la actitud extraordinariamente benévola de la prensa tanto norteamericana como internacional, pero tal vez le hubiera convenido más ser tratado como un mortal común. En tal caso, hubiera sido menor la desilusión que tantos sienten al darse cuenta de que el presidente dista de ser una especie de superhombre capaz de producir milagros. A esta altura, incluso sus simpatizantes más fervorosos entienden que su llegada no fue suficiente para transformar la cultura política norteamericana; el cambio más notable que se ha registrado desde inicios de su gestión se ha debido al surgimiento imprevisto de un movimiento masivo de protesta contrario al “socialismo” de Obama, de ahí la resistencia a una reforma muy costosa del sistema de salud. Asimismo, los montos colosales de dinero supuestos por los “paquetes de estímulo” con los que el gobierno ha intentado reactivar la economía han llevado a la acumulación de deudas gigantescas pero, si bien el crecimiento se ha reanudado, no han hecho caer una tasa de desocupación de casi el 10%. Por lo demás, en las zonas más agitadas del mundo se ha difundido la impresión de que Estados Unidos es demasiado débil como para tomarse en serio, lo que plantea el riesgo de que dentro de poco Obama se vea acusado de permitir a Irán desarrollar su propia bomba nuclear. Así y todo, parecería que el peor problema que enfrenta Obama luego de 500 días en la Casa Blanca no consiste ni en el estado precario de la economía ni en el desafío planteado por el islamismo militante de Irán, Al Qaeda y, últimamente, el gobierno turco de Recep Erdogan, sino en el derrame de petróleo que está devastando el Golfo de México. En Estados Unidos se ha instalado la idea de que el desastre ecológico le será tan perjudicial como fue el huracán Katrina a su antecesor. Sería muy injusto, ya que Obama no pudo haber impedido la fuga de petróleo, pero, como le sucedió a Bush cuando se inundó Nueva Orleans, sus adversarios han aprovechado la oportunidad para atacarlo por su mal manejo de la crisis. En un intento de limitar los daños, Obama se ha ensañado repetidamente con la empresa responsable, British Petroleum, acusándola de estar más interesada en el dinero que en el bienestar de los afectados por el derrame. Su retórica virulenta en tal sentido ha sido contraproducente, ya que ha llamado la atención sobre su propia impotencia y el hecho de que los únicos con la capacidad para intentar poner fin a la fuga son precisamente los técnicos de BP. Para colmo de males, el derrame comenzó poco después de anunciar Obama que autorizaría la exploración petrolera en aguas cercanas a la costa estadounidense con el propósito de reducir las importaciones desde países poco amistosos como Venezuela.