Obama y el Oriente Medio
Desde que se convirtió en presidente de Estados Unidos, Barack Obama insiste en que su política hacia el mundo musulmán no tiene nada en común con la de su antecesor, George W. Bush. Sin embargo, aparte de la evidente frialdad hacia Israel que ha caracterizado la gestión del gobierno norteamericano actual, es virtualmente idéntica. Lo mismo que Bush, Obama se ve constreñido a procurar conciliar la defensa de los intereses concretos de su país en una zona sumamente problemática con los valores democráticos y pluralistas que reivindican casi todos sus compatriotas, razón por la que ambos mandatarios se han afirmado convencidos de que es necesario que los países árabes respeten los derechos fundamentales de los ciudadanos, sin por eso romper con quienes se niegan a hacerlo a menos que parezcan estar a punto de ser derrocados. Como quedó evidenciado en el discurso supuestamente definitorio que pronunció Obama el jueves pasado, en ocasiones la voluntad de mantener buenas relaciones con regímenes autoritarios lo obliga a pasar por alto o, cuando menos, a minimizar la importancia de las violaciones de los derechos humanos, razón por la que, para asombro de muchos, invitó al dictador sirio Bashar al Assad, cuyas fuerzas de seguridad han matado a un millar de manifestantes en semanas recientes, a liderar un proceso de reformas democráticas. Acaso lo único que resultó notable en un discurso que, según voceros de la Casa Blanca, serviría para mejorar la relación de la superpotencia norteamericana con la cincuentena de países dominados por el islam fue su pedido a que un eventual arreglo entre Israel y los palestinos se basara en las fronteras de 1967, antes de la Guerra de los Seis Días en que los israelíes derrotaron de forma aplastante a los ejércitos de los países árabes que se habían propuesto arrasar con el “ente sionista”. Aunque Obama también afirmó que un arreglo podría requerir intercambios de territorio “de mutuo acuerdo”, el planteo alarmó tanto al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu que dijo que “la viabilidad de un Estado palestino no puede darse a expensas de la existencia de Israel”. Si bien no es muy claro lo que Obama tiene en mente, muchos israelíes temen que estaría más que dispuesto a dejarlos sin fronteras defendibles frente a enemigos que nunca han ocultado que su objetivo final consiste en “echarlos al mar” por motivos religiosos, no por sentir solidaridad alguna con los palestinos. Como la mayoría de los dirigentes europeos, Obama da por descontado que, una vez resuelto el conflicto entre judíos y musulmanes, los habitantes de países del “Gran Oriente Medio” que se extiende desde Marruecos hasta Indonesia entenderán que el Occidente realmente es su amigo y que por lo tanto se iniciará una época de paz y colaboración mutua. Para que ello ocurra, suponen quienes piensan así, será forzoso obligar a los israelíes a hacer concesiones suficientes como para aplacar a los decididos a aniquilarlos. Por motivos comprensibles, no sólo los partidarios del gobierno de Netanyahu sino muchos otros discrepan con dicha tesis. Señalan que Hamas, que acaba de alcanzar un acuerdo con Al Fatah, la facción palestina que se supone moderada, está comprometida con la eliminación física de Israel por creer que es imposible permitir que exista un Estado judío en territorio que considera eternamente musulmán. Aunque Israel sigue contando con el apoyo firme de la mayoría de los norteamericanos, sus dirigentes sospechan que el gobierno de Obama no vacilaría en abandonarlo a su suerte si en su opinión lo ayudara a congraciarse con los regímenes musulmanes. Así las cosas, es probable que resulten contraproducentes los esfuerzos norteamericanos por encontrar una solución para un problema que, según parece, no la tiene. Si los muchos enemigos mortales de Israel, como Hizbollah, Hamas, los teócratas iraníes y los yihadistas, llegan a la conclusión de que con Obama en la Casa Blanca Estados Unidos se ha cansado de apoyar al Estado judío, pero que su eventual sucesor podría reanudar una alianza que merece la aprobación de una proporción muy grande de los norteamericanos, redoblarán sus ataques en los meses próximos a fin de aprovechar una oportunidad acaso irrepetible. Es posible, pues, que Obama haya echado más nafta sobre un incendio que ya amenaza con adquirir dimensiones catastróficas.