Obama y el topo
A nadie se le ocurriría tomar los gobiernos de China, Rusia y Ecuador por paladines de la libertad de expresión, pero las circunstancias les han brindado una oportunidad irresistible para fingir defenderla contra las autoridades de Estados Unidos, el país que suele considerarse el campeón mundial en dicha materia y que con frecuencia sermonea a los demás acerca de la necesidad de respetar el derecho de todos a acceder a información importante. Desgraciadamente para el presidente Barack Obama, convencer a personajes como su homólogo ruso Vladimir Putin de que le convendría ayudar a Washington a detener al “topo” Edward Snowden, el joven que reveló detalles del sistema de espionaje electrónico norteamericano, no ha sido tan fácil como quisiera. Sucede que a los líderes de muchos países les conviene prolongar la saga protagonizada por Snowden porque todos los episodios contribuyen a desacreditar a Estados Unidos y, claro está, a Obama. Además de sentirse obligado a justificar el accionar de los servicios de inteligencia de su país luego de haberlo criticado con vehemencia en el transcurso de dos campañas electorales en las que se comprometió a respetar el derecho a la privacidad de sus compatriotas, Obama se ha visto desafiado con impunidad por los rusos, chinos e incluso ecuatorianos, lo que a juicio de sus adversarios refleja el desprestigio que, a causa de su gestión vacilante, ha sufrido la superpotencia a ojos del resto del mundo. Aunque lo revelado por Snowden distó de ser novedoso, ya que era de dominio público que el gobierno norteamericano, como los de muchos otros gobiernos, monitoreaba sistemáticamente las comunicaciones electrónicas en busca de señales de actividad terrorista o de vínculos con el crimen organizado, no cabe duda de que lo ha perjudicado la diferencia entre la actitud principista que fue adoptada por Obama cuando era candidato a la presidencia y lo que efectivamente ha hecho después de instalarse en la Casa Blanca. Para una franja amplia de progresistas, el presidente norteamericano ha resultado ser un hipócrita, ya que frente a la amenaza planteada por el terrorismo islamista, su postura ha sido muy parecida a la de su antecesor, George W. Bush, mientras que en opinión de los conservadores, sus esfuerzos por brindar la impresión de que Estados Unidos es en verdad un país pacifista, cuyos gobernantes entienden que casi todos los problemas del mundo musulmán fueron causados por el imperialismo agresivo de administraciones anteriores, sólo han servido para alentar a los enemigos de la superpotencia. El gobierno norteamericano quiere ver procesado a Snowden por espionaje o, cuando menos, por el robo de datos, pero, salvo para los aliados más fieles de Estados Unidos, el fugitivo no ha cometido ningún delito contra sus propias leyes y por lo tanto no se creen constreñidos a facilitar su extradición. De tratarse de un acusado de robar datos de Rusia o China, el destino que le esperaría al “topo” sería con toda seguridad aún peor que el previsto por los norteamericanos, pero en el ámbito nada transparente del espionaje internacional tales detalles carecen de importancia. Ni Putin ni los dirigentes chinos, que permitieron a Snowden salir de la ciudad relativamente autónoma de Hong Kong camino de Moscú, desde donde quiere seguir viaje a Cuba y finalmente a Ecuador, tienen demasiados motivos para colaborar con Obama a menos que les ofrezca algo muy significante a cambio. Puesto que Obama no puede comprometerse a devolver a Rusia o China los acusados de ser empleados de sus propios servicios de inteligencia, la posibilidad de que haya una forma mutuamente satisfactoria de solucionar el problema que se ha planteado es muy escasa. Mientras tanto, la impresión de debilidad e incoherencia que está brindando el gobierno norteamericano que, según parece, ha optado por el aislacionismo pero teme que el repliegue resultante sea aprovechado por rivales como China, la teocracia iraní y los guerreros santos de diversas sectas islámicas, está teniendo consecuencias alarmantes en aquellas partes crónicamente inestables del mundo en que tanto los aliados como los enemigos de Estados Unidos se habían acostumbrado a la presencia activa de una superpotencia que estaba en condiciones de desempeñar el papel ingrato de gendarme internacional, porque era capaz hacerse respetar.