Obra propia

Los comentarios ácidos del secretario de Tesoro de los EE. UU. podrían considerarse más constructivos que otras manifestaciones amistosas.

Redacción

Por Redacción

Tenía razón el secretario del Tesoro estadounidense Paul O»Neill cuando dijo que desde hace setenta años la Argentina «entra y sale de situaciones problemáticas», que no cuenta con «ninguna industria de exportación que valga la pena» y que por lo tanto el desbarajuste actual forma parte de la dinámica histórica de la economía de nuestro país. En cambio, si bien acertaba al afirmar que «nadie los obligó a ser como son» se equivocaba si creía que «les gustan las cosas así». Entre los muchos problemas del país está el supuesto por el hecho patente de que a pesar de que «la crisis» haya sido un producto netamente nacional, a esta altura escasean los orgullosos de su obra colectiva. Aunque un puñado de personajes conformado por financistas, algunos políticos «solidarios» sin responsabilidades gerenciales y agitadores profesionales célebres tienen buenos motivos para sentirse satisfechos con el estado del país, la mayoría abrumadora, incluyendo a muchos políticos, no pueden disimular su angustia.

De todos modos, aunque O»Neill, el virtual ministro de Economía del país más poderoso y rico del planeta, no tiene demasiados admiradores en el gobierno del presidente Fernando de la Rúa o en las filas de la clase dirigente, la verdad es que sus comentarios ácidos sobre la situación actual podrían considerarse mucho más constructivos que las manifestaciones amistosas de dirigentes como el presidente francés Jacques Chirac. Mientras que el norteamericano insiste en que las soluciones – como la crisis, – tendrán que encontrarse en el país mismo porque los problemas son básicamente internos, el europeo da a entender que, una vez más, la Argentina será rescatada de las consecuencias de sus propios errores por los países del Primer Mundo, tesis ésta que naturalmente complace a aquellos políticos que se resisten a pensar en medidas que a su juicio podrían costarles votos o, peor, ayudar a que un adversario logre mejorar las perspectivas nacionales.

Los contrarios tanto al «ajuste» que el gobierno quiere poner en marcha cuanto antes como de todos los anteriores están acostumbrados a atribuir su actitud a su preocupación por los estatales, los jubilados y los millones de indigentes, pasando por alto el que la pobreza masiva se haya debido más que nada a su voluntad de desbaratar cualquier intento de manejar la economía con un mínimo de cordura. Con los ojos clavados en el corto plazo – hoy por hoy, les inquietan mucho más los titulares de los diarios de mañana que lo que podría ocurrir en los días siguientes -, se las han arreglado para impedir que la Argentina se adapte con rapidez a los tiempos que corren. Puesto que ellos y sus equivalentes han estado actuando de este modo «desde hace setenta años», no extraña en absoluto que en el mundo exterior la Argentina sea un símbolo del fracaso. Como dicen los aún sorprendidos por la manía nacional de volver cada tanto al borde del precipicio, el país parece dotado de casi todas las ventajas concebibles, pero ocurre que una que nos falta, una clase dirigente idónea, es absolutamente fundamental.

De todas maneras, no obstante las palabras amables de Chirac y otros todavía no hay indicio alguno de que los países ricos nos estén preparando un nuevo paquete de ayuda, lo cual quiere decir que pase lo que pasare nuestros dirigentes tendrán que esperar por lo menos algunos meses más antes de que aparezca en el horizonte una mano salvadora. Si en el lapso así supuesto el país se hunde, sería una cuestión de ayuda humanitaria comparable con la repartida en Africa o Afganistán en épocas de hambruna. Pero si el gobierno, con el respaldo de peronistas, independientes y radicales sensatos, sabe controlar la situación, no habrá necesidad alguna de un operativo de socorro. Bien administrada, la Argentina debería de resultar más que capaz de valerse por sí sola sin depender de la caridad ajena, pero para que los responsables de gobernar al país, trátese de funcionarios del Poder Ejecutivo o legisladores, finalmente se resignen a desempeñarse como adultos, será forzoso que entiendan de una vez por todas que el destino de los argentinos depende de los argentinos mismos, no de la eventual intervención. de alguno que otro benefactor extranjero.


Tenía razón el secretario del Tesoro estadounidense Paul O"Neill cuando dijo que desde hace setenta años la Argentina "entra y sale de situaciones problemáticas", que no cuenta con "ninguna industria de exportación que valga la pena" y que por lo tanto el desbarajuste actual forma parte de la dinámica histórica de la economía de nuestro país. En cambio, si bien acertaba al afirmar que "nadie los obligó a ser como son" se equivocaba si creía que "les gustan las cosas así". Entre los muchos problemas del país está el supuesto por el hecho patente de que a pesar de que "la crisis" haya sido un producto netamente nacional, a esta altura escasean los orgullosos de su obra colectiva. Aunque un puñado de personajes conformado por financistas, algunos políticos "solidarios" sin responsabilidades gerenciales y agitadores profesionales célebres tienen buenos motivos para sentirse satisfechos con el estado del país, la mayoría abrumadora, incluyendo a muchos políticos, no pueden disimular su angustia.

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