Ojos límpidos
Por Susana Mazza Ramos
El dinero, que según reza en los diccionarios es un medio de cambio constituido por piezas metálicas acuñadas, billetes u otros instrumentos fiduciarios, recibe numerosas denominaciones. Ha sido calificado como «poderoso caballero» y, lamentablemente, es adorado por muchas personas de la sociedad posmoderna y consumista como un dios, o tal vez, como el Dios verdadero.
Causa principalísima de guerras y asesinatos, generador de traiciones e ingratitudes, razón de innumerables desavenencias familiares, matriz de hambre y miseria para quienes no pueden ganarlo con su trabajo, luz enceguecedora para quienes lo poseen en forma sobreabundante y mal habida, peso aplastante para países que lo adeudan, ilusión mítica para los que a ganarlo por azar apuestan, el «excelso emperador» de pesos, dólares, marcos, libras, liras, rupias y demás nombres de batalla con que se lo conoce, ha sido paradójicamente, inspiración de sabias reflexiones.
En Tiavea, isla del archipiélago de Samoa en aguas del Pacífico, al este de Nueva Guinea, el jefe Tuavii después de viajar a la Europa occidental, de principios del siglo XX, habló a su pueblo sobre el dinero con una visión tan clara y profunda que creemos útil recordar.
Comienza diciendo a su gente: «Cuando hablas a un europeo sobre el Dios del amor, sonríe y pone cara divertida. Sonríe por tu estupidez. Pero tan pronto como le muestres una pieza de metal redondo y brillante o una hoja de papel tosco (dinero), entonces sus ojos se iluminan y la saliva empieza a babear por sus labios. Dinero es su único amor, el dinero es su Dios. Existen aquellos que han dado su alegría a cambio de dinero, su risa, su honor, su alma, su felicidad; sí, incluso su esposa y niños. Casi todos ellos han dado su salud por dinero…».
Refiriéndose a los blancos como «papalagi», continúa explicando: «… en la tierra de los papalagi es completamente imposible estar sin dinero, ni siquiera por un momento, entre el amanecer y el ocaso. No podrías satisfacer tu hambre ni tu sed, serías incapaz de encontrar una estera para la noche. Te encerrarían en la más sombría pfui-pfui (cárcel) y difamarían tu nombre en muchos papeles (periódicos), porque no tienes dinero. Tienes que pagar, que significa dar dinero, por el suelo en que permaneces de pie, por el punto donde quieres construir tu cabaña, por la estera para pasar la noche, por la luz que brilla en el interior de tu casa».
No podemos llegar a suponer qué hubiera pensado el jefe Tuavii si hubiera podido observar la sociedad del nuevo siglo, donde miles de personas viviendo en modernísimas jaulas de cemento y vidrio conviven durante años en ellas, sin conocerse, hablarse, ayudarse o al menos, saludarse.
Con la dureza de la verdad, el jefe samoano proseguía relatando a sus vecinos: «Hay dos clases diferentes de gente en Europa: unos tienen que trabajar duro y los otros trabajan sólo un poco o nada en absoluto. Un grupo nunca tiene tiempo para sentarse al sol, mientras que los otros no hacen otra cosa. El papalagi dice «no toda la gente puede tener tanto como tienen algunos» y en este refrán basa el derecho a ser cruel cuando trafica con dinero».
Diferenciando la verdadera riqueza de su pueblo con lo observado en las capitales de Occidente, remató: «Nuestra tierra es la más pobre bajo el sol. No tenemos suficiente metal redondo o papel tosco para llenar siquiera un cofre. Para los papalagi, somos mendigos. Y todavía, cuando miro vuestros ojos y los comparo con aquellos de los ricos allí, encuentro los suyos cansados, mortecinos y perezosos, mientras que los vuestros brillan como la gran luz, emitiendo rayos de felicidad, fuerza, vida y salud. Sólo he visto ojos como los vuestros en los niños de los papalagi, antes de que puedan hablar, porque antes de esa época todavía no conocen el dinero…».
Poseemos ciencia y tecnología jamás soñadas: instantáneamente nos comunicamos con lugares remotos; atravesamos el espacio y hollamos el suelo lunar; descubrimos la doble hélice del código genético y clonamos animales; extendimos en el tiempo las expectativas de vida.
Pero, a pesar de todo ello, lo que no hemos logrado aún, ni con el poder del dinero, es volver a tener los ojos mansos y límpidos, como recién nacidos.
Comentarios