Los costos del apagón demográfico  

Existe un consenso generalizado en que las perspectivas de los jóvenes en las sociedades occidentales son mucho menos halagüeñas que las de la llamada generación del “baby boom”

Para comprender por qué un gran número de jóvenes en Europa están protestando contra el statu quo, no es necesario saber mucho sobre la política interna de los países en que viven. Una simple mirada a las estadísticas de natalidad y mortalidad bastaría para advertir a cualquiera de que, más pronto que tarde, el Viejo Continente entraría en un periodo de agitación sin un final a la vista.

Desde hace medio siglo, las tasas de natalidad en Europa se sitúan por debajo del nivel de reemplazo de 2,1 hijos vivos por mujer. Al acercarse el final del siglo XX, pocos percibieron la magnitud del impacto que tendrían los cambios demográficos en curso. Hoy en día, la mayoría sigue sin preocuparse, a pesar de que la tasa de natalidad ha continuado descendiendo desde entonces. En el conjunto de Europa, el promedio actual es de 1,34, con cifras de 1,10 para España y 1,18 para Italia.

Algo muy similar ha ocurrido en el resto del mundo. Para sorpresa general, se informó recientemente de que, en 2024, la tasa de natalidad por mujer en Argentina fue de apenas 1,23. En China, con una media de 0,93 hijos por mujer, la situación es aún más dramática, lo que desmiente la idea de que el gigante asiático dominará el mundo durante las próximas décadas. De una forma u otra, cada niño chino nacido hoy tendrá que hacerse cargo de dos padres, cuatro abuelos y, tal vez, hasta ocho bisabuelos. Es un desafío imposible,

Cabría suponer que la escasez de niños implicaría que aquellos que llegan a nacer serían colmados de privilegios. Sin embargo, a pesar de la atención adicional prestada a sus caprichos, los integrantes de las generaciones más jóvenes en la mayor parte del mundo sienten que han sido traicionados por sus predecesores.

Esto es comprensible. Como nos recuerdan constantemente los responsables de los programas de bienestar social, en la mayoría de los países los ingresos de un jubilado dependerán de las contribuciones de un número de trabajadores que disminuye rápidamente: en 1960, una persona mayor europea era sostenida por 6,7 trabajadores; el año pasado, esa cifra era de solo 2,7 y, para el año 2050, será de aproximadamente 1,5. La situación sería menos crítica si se elevara la edad de jubilación muy por encima de los 70 años para tener en cuenta el impresionante aumento de la esperanza de vida media; sin embargo, en países como Francia, los intentos de hacerlo provocan violentos disturbios.

Plenamente conscientes de que pedir a la gente que trabaje más tiempo – por no hablar de recortar las pensiones, tal como ha hecho aquí el gobierno de Javier Milei aprovechando la inflación – podría suponer un suicidio político, los líderes europeos decidieron resolver el problema de la baja natalidad importando grandes contingentes de inmigrantes de países subdesarrollados. Por desgracia, aquello resultó ser un error de dimensiones históricos.

Como debería haber quedado claro desde el principio, la llegada de millones de personas de credos religiosos, normas sociales y objetivos políticos distintos ha convertido una situación que ya de por sí se preveía difícil en algo mucho más explosivo. Con todo, aunque hacía décadas los líderes principales europeos coincidieron en que el multiculturalismo había fracasado, para entonces ya era demasiado tarde para remediarlo.

Existe un consenso generalizado en que las perspectivas de los jóvenes en las sociedades occidentales son mucho menos halagüeñas que las de la llamada generación del “baby boom” – aquellos nacidos entre el final de la Segunda Guerra Mundial y 1964 -, una época caracterizada por una tasa de natalidad relativamente alta y un rápido crecimiento económico. Al aprobar leyes destinadas a protegerse contra la enfermedad, el desempleo y una vejez marcada por la pobreza, dieron por sentado que sus descendientes se beneficiarían igualmente de ellas. No previeron que el crecimiento económico se ralentizaría ni que su adhesión a una versión personal de la política de hijo único de la dictadura china sería tachada de egoísmo.

La idea de que las personas mayores han acaparado toda la riqueza, dejando poco para quienes vinieron después, cala hondo en muchos que sienten haber sido tratados injustamente. Algunos acusan a las generaciones anteriores de haberles legado un mundo azotado por el cambio climático debido a las emisiones excesivas de carbono, de haber provocado conflictos raciales por su ingenuidad y de ser responsables de otros muchos males, incluidas las amenazas que supuestamente plantea la inteligencia artificial. A juzgar por lo que ocurre actualmente no solo en Europa sino también en otras partes del mundo, el clima social seguirá volviéndose cada vez más hostil.