Trump puede hacer sus propias reglas

Desde que fuerzas especiales estadounidenses sacaron al hasta entonces dictador Nicolás Maduro y su  esposa de una casa fortificada caraqueña para llevarlos a una cárcel en Nueva York, se ha hablado mucho del cambio radical del orden mundial que supone este episodio hollywoodense. Con todo, si bien no se equivocan quienes dicen que, al obrar así, Donald Trump violó un tabú al intervenir en los asuntos internos de otro país, se trata de uno que sólo sirve para motivar debates airados en Naciones Unidas, ya que muy pocos lo toman realmente en serio.

 Si el presidente norteamericano es distinto de sus homólogos de otras latitudes y de quienes lo precedieron en el cargo que desempeña, es por la forma terriblemente sincera con que justifica su conducta.  Como ciertos emperadores romanos, habla – a menudo con toques humorísticos -, como si creyera que, por ser quién es, tiene derecho a hacer todo cuanto se le ocurra.

 Como pudo preverse, la captura, detención o secuestro de Maduro fue repudiado por representantes de los regímenes más tiránicos de la Tierra, entre ellos los de Corea del Norte, Cuba, Irán y China, cuyos líderes se han acostumbrado a reivindicar su derecho soberano a perseguir con brutalidad a sus adversarios o a las minorías étnicas y religiosas que los molestan. Todos se entrometen en los asuntos internos de otros países sin preocuparse en absoluto por las normas que supuestamente rigen las relaciones internacionales.

Puede que Trump no lo entienda, pero Estados Unidos está normalizándose. Hasta hace relativamente poco, su clase dirigente confiaba en que su país era por lejos el más poderoso del mundo. En muchos sentidos, sigue siéndolo, pero al difundirse la sensación de que China comenzaba a pisarle los talones, se disipó la fe ciega en su propio destino que durante décadas había sido una de sus características más notables. 

 Trump ha sido el político más beneficiado por el temor a que su país se vea superado por China.  Un competidor nato, le gusta la idea de que, hasta nuevo aviso, el mundo será el escenario de una lucha entre la civilización occidental dominada por Estados Unidos y la oriental representada por el resurgido “Imperio del Medio”.  Entre otras cosas, simplifica todo.

El renovado interés de Washington en el “patio trasero” latinoamericano ha coincidido con una pérdida de confianza en Europa que, en los años últimos, se ha rezagado económicamente frente a Estados Unidos y parece haber entrado en una etapa de convulsiones sociopolíticas de desenlace imprevisible a causa de la inmigración de decenas de millones de personas procedentes del Oriente Medio y el Norte de África. Desde el punto de vista de Trump y quienes lo asesoran, al convertirse en dependientes quejosos, los europeos, con la eventual excepción de los polacos, húngaros, bálticos y, tal vez, británicos, han dejado de ser aliados útiles, razón por la cual le convendría a Estados Unidos abandonarlos a su suerte.

 El esquema así esbozado debe mucho a la influencia del vicepresidente J.D. Vance, que se ha erigido en un crítico feroz de lo que toma por la decadencia acaso irremediable de Europa occidental. Por su parte, el secretario de Estado y asesor de Seguridad Marco Rubio, que es hijo de refugiados cubanos, quiere fortalecer los lazos con América latina.

 Puesto que todo hace pensar que los dos estarán maniobrando para suceder a Trump como líder del Partido Republicano, el que el mandatario actual haya optado por dar prioridad a Venezuela, puede tomarse por una señal de que Rubio ha tomado la delantera, ya que Vance es un enemigo declarado de las aventuras militares en lugares exóticos mientras que su rival ha tenido en la mira a la dictadura bolivariana, y a sus aliados cubanos, desde hace muchos años.    

 Mal que a muchos les pese, nunca ha perdido vigencia el principio que hace casi 2500 años resumió el gran historiador ateniense Tucídides: “Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.”  Si bien en los países democráticos la propensión de los fuertes a sacar provecho de sus ventajas se ve limitada por lo peligroso que podría serles enojar a muchos compatriotas, no suele serles difícil encontrar pretextos.

  Así pues, el gobierno estadounidense dice que Maduro es un narcotraficante asesino que ha provocado la muerte de centenares de miles de norteamericanos y por lo tanto merece ser castigado con dureza ejemplarizante. Pudo haber afirmado que, por motivos altruistas, quería poner fin a una tiranía cruel pero Trump, egocéntrico como siempre, insiste en que lo único que le importa son los intereses comerciales de su propio país y que Venezuela, dueña de muchísimo petróleo, sería capaz de pagar los costos de su propia liberación.


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