Oposición xenófoba
Medidas destinadas a "proteger" a los empresarios de la "extranjerización" sólo reducirán sus oportunidades.
En su sentido original, la palabra «xenofobia» no significa «odio a lo extranjero» como tantos suponen, sino «temor a lo extranjero», sentimiento que, huelga decirlo, es muy distinto y que carece de connotaciones siniestras. Aclarado este detalle, será legítimo calificar a la Argentina como un país con demasiados «xenófobos», porque siempre han abundado los convencidos de que tanto sus privilegios, en el caso de los integrantes de la clase gobernante, como su forma de vivir en el de los demás se veían amenazados por otros que, por envidia o por codicia, no vacilarían en apropiarse de la riqueza nacional en cuanto tuvieran la oportunidad. La crisis actual ha servido para dar armas a quienes piensan de este modo: algunos afirman creer que el desastre que estamos viviendo es obra del FMI, de Estados Unidos y, quizás, de España que, haciendo gala de un grado de astucia fenomenal, se habrán propuesto demoler la economía argentina para poder comprar los restos a un precio vil. Por cierto, el debate parlamentario que culminó con la aprobación de una nueva ley de Quiebras giró en torno de la idea de que lo que quería el FMI, que había criticado la versión sancionada en enero pasado, era facilitar, mediante la figura exótica del «cram-down», la extranjerización de lo que queda de la economía del país.
Dichas preocupaciones son legítimas, si bien un tanto teóricas en un momento en el que nadie está manifestando interés en invertir en la Argentina, pero siempre y cuando existan leyes eficaces destinadas a impedir la conformación de monopolios u oligopolios, no son tan alarmantes los peligros señalados por los diputados y senadores «xenófobos». Al fin y al cabo, a esta altura muy pocos se sentirían agredidos si el país experimentara una invasión masiva de capitales extranjeros. Asimismo, aunque estos hipotéticos inversores se las arreglaran para apoderarse de absolutamente todo, incluyendo a los quioscos más pequeños, esto no querría decir que los empresarios locales no tendrían ninguna posibilidad de crear empresas argentinas capaces de competir no meramente en el mercado nacional sino también en otras partes del mundo. Por el contrario, aun cuando la economía fuera totalmente «extranjerizada», con tal que el país contara con legislación moderna, habría muchas más oportunidades de las que podrían existir en la actualidad.
Los pesimistas, los que dan por descontado que ningún empresario menor podría abrirse camino en un mercado dominado por multinacionales gigantescas, deberían prestar atención al crecimiento explosivo de las empresas informáticas en Estados Unidos. Cuando se fundó Microsoft, casi todos suponían que sería imposible competir contra IBM, un «monopolio» no meramente rico sino también sumamente creativo. Sin embargo, en un lapso breve Microsoft logró consolidarse y crecer hasta convertirse en una de las empresas principales del planeta, haciendo a su presidente, Bill Gates, el «hombre más rico del mundo». Por supuesto que incluso en Estados Unidos muchos creen que debido al «monopolio» de Microsoft nadie conseguirá emularla, pero con toda seguridad habrá muchas otras empresas nuevas, tanto norteamericanas como europeas, japonesas y, esperemos, latinoamericanas, que logren prosperar en los próximos años.
De todos modos, si la Argentina se pone a la defensiva, dedicando sus mayores esfuerzos a proteger lo suyo manteniendo a raya a los empresarios extranjeros, su futuro será sin duda sombrío. En cambio, si reacciona de manera positiva frente el desafío planteado por la globalización, interesándose más en la busca de oportunidades para producir más y vender más, impulsando las reformas legales correspondientes sin preocuparse demasiado por la competencia que siempre será muy dura, podría sorprender a los convencidos de que ha sido condenado definitivamente al fracaso. En última instancia, todo dependerá del vigor, creatividad y eficiencia de nuestros empresarios que, en una época en la que una buena idea podría ser la base de una gran fortuna personal y de una fuente de ingresos muy importante para decenas de miles de otros, deberían entender que medidas supuestamente destinadas a protegerlos contra el peligro de la «extranjerización» por lo común sólo servirán para impedirles aprovechar las oportunidades que abundan más allá de la frontera nacional.
En su sentido original, la palabra "xenofobia" no significa "odio a lo extranjero" como tantos suponen, sino "temor a lo extranjero", sentimiento que, huelga decirlo, es muy distinto y que carece de connotaciones siniestras. Aclarado este detalle, será legítimo calificar a la Argentina como un país con demasiados "xenófobos", porque siempre han abundado los convencidos de que tanto sus privilegios, en el caso de los integrantes de la clase gobernante, como su forma de vivir en el de los demás se veían amenazados por otros que, por envidia o por codicia, no vacilarían en apropiarse de la riqueza nacional en cuanto tuvieran la oportunidad. La crisis actual ha servido para dar armas a quienes piensan de este modo: algunos afirman creer que el desastre que estamos viviendo es obra del FMI, de Estados Unidos y, quizás, de España que, haciendo gala de un grado de astucia fenomenal, se habrán propuesto demoler la economía argentina para poder comprar los restos a un precio vil. Por cierto, el debate parlamentario que culminó con la aprobación de una nueva ley de Quiebras giró en torno de la idea de que lo que quería el FMI, que había criticado la versión sancionada en enero pasado, era facilitar, mediante la figura exótica del "cram-down", la extranjerización de lo que queda de la economía del país.
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