Orden de hacer fuego
Los países que no ocupan su territorio, pertenezca éste a la tierra firme o forme parte de los ríos y mares que lo limitan, tarde o temprano, según la lección que ha dado la historia, encuentran que aparecen otros pueblos con la vocación de instalarse en él y echar a quienes no supieron o no pudieron defenderlo.
Es por esa razón que las naciones que consideran que deben tener un destino llevan a cabo políticas mantenidas firmemente a lo largo del tiempo para que no queden espacios vacíos dentro del suelo patrio. Sus fronteras no son meros trazos en el papel, sino que son la expresión indubitable de hasta dónde puede llegar la clara voluntad de ese pueblo de vivir juntos, compartir una cultura, una lengua y un propósito colectivo. En ese sentido pareciera que algunos argentinos han abandonado la idea de Patria de nuestros mayores tanto en la gestión de la economía como en la de los negocios públicos, y no reaccionan con rapidez y energía cuando la integridad geográfica del país es vulnerada impúdicamente.
Pesca ilegal de especies pertenecientes a la Argentina
La noticia brindada en «La Nación» del martes 13 de febrero pasado haciendo saber que flotas extranjeras se instalan una milla más lejos del límite de 200 millas del mar territorial argentino, y mediante poderosas luces atraen a los cardúmenes de calamares que pueblan nuestras aguas hacia fuera de ese límite para quedarse con ellos, demuestra una vez más la necesidad de tomar medidas en serio si queremos que la soberanía territorial sea respetada.
Durante la anterior administración del país se miró pasivamente mientras la merluza «hubsi» -un pez de carne exquisita de alto precio en los mercados internacionales- fue literalmente diezmada por barcos de pesca foráneos que se apoderaron de esa riqueza argentina. La pesca de esa especie y de otras se realizó con tal desapego a las leyes y a la racionalidad, que destruyeron esos recursos naturales, al extremo de que no hubo más remedio que prohibir la actividad en ciudades tradicionalmente pesqueras como Mar del Plata, que hoy ostenta el dudoso privilegio de ser una de las que más desocupados tiene, proporcionalmente hablando, del país. El precio de la indiferencia de nuestras autoridades ante este despojo fue materialmente elevado, pero el drama no termina allí: ha quedado en evidencia ante la opinión pública internacional que nuestra Nación en la materia es un mero coto de caza a merced de cuanto filibustero sin escrúpulos quiera despojarnos de algo que nos pertenece y que no vamos a reaccionar ante robos descarados.
Actualmente varios cientos de embarcaciones extranjeras están instalados en la milla 201 medida desde la playa, o sea en aguas internacionales, y atraen hacia éstas a los peces que se hallan dentro del mar territorial argentino mediante la utilización de haces de luz de gran potencia. Pescan, como se dice coloquialmente, «a la encandilada», pero hacer esto con los peces que naturalmente se hallan en aguas nacionales es cometer lisa y llanamente un delito contemplado en el Código Penal. Es lo mismo que utilizar una caña de pescar empuñada desde fuera de nuestra frontera para saquear lo que se encuentra dentro de ella.
¿Qué debemos hacer?
La Nación Argentina es un país soberano y no puede limitarse a dejar en manos de organismos internacionales la solución a los latrocinios que sufre el nuestro en nuestro propio territorio. El principio jurídico involucrado es muy obvio: a nadie se le ocurriría mandar un animal o tomar un instrumento para robarle al vecino, so pretexto de que lo hace desde la calle, que es pública. Análogamente, tampoco es permisible que, de una manera u otra, se saquen los peces que se hallan en territorio patrio, para luego beneficiarse con ellos so color de que se encuentran en aguas internacionales.
En consecuencia, este asunto debe ser resuelto cuanto antes por nosotros mismos aplicando la ley argentina por medio de la Armada Nacional y la Aviación Militar. El presidente de la Nación debe dar la orden de abordar los barcos que así están procediendo y traerlos por la fuerza a puertos argentinos para que sean juzgados por los delitos ya cometidos.
En caso de encontrar alguna resistencia, los aviadores y marinos involucrados en la operación deben tener la orden de hacer fuego de idéntica manera que si son sorprendidos in fraganti -malhechores cometiendo delitos comunes. Si confiamos nuestra defensa a los organismos internacionales, para cuando éstos se pronuncien, y si es que lo hacen a favor, ya habremos sido, una vez más, despojados de una significativa riqueza.
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