Otra escaramuza verbal
Los funcionarios norteamericanos no son los únicos a quienes les encanta sermonear a los demás sobre sus presuntas deficiencias para entonces pedirles reformarse. También suelen hacerlo con entusiasmo notable la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el canciller Héctor Timerman y muchos otros voceros oficiales. Fue de prever, pues, que aprovecharían la oportunidad que les dio Roberta Jacobson, la secretaria adjunta para Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado, para bajar línea al gobierno del presidente Barack Obama aconsejándole preocuparse más “por la realidad de millones de sus compatriotas que todavía pagan las consecuencias de la aplicación irrestricta de los preceptos del famoso Consenso de Washington” que por los problemas económicos de la Argentina. Dicho “consenso”, que disfrutó de cierto prestigio un cuarto de siglo atrás, consistía en una lista de recomendaciones de sesgo liberal en las que, entre otras cosas, se subrayaba la importancia de la disciplina fiscal y la seguridad jurídica y lo conveniente de que la moneda local sea “competitiva”, además de lo peligrosos que podrían ser los subsidios indiscriminados, de suerte que es comprensible que los kirchneristas lo desprecien. Así y todo, se equivocan si creen que la crisis financiera que siguió al colapso, en septiembre del 2008, del banco de inversión Lehman Brothers fue consecuencia de la “aplicación irrestricta” de los principios que se reivindicaron a inicios de la década de los noventa. Antes bien, se debió a la convicción generalizada de que, en un mundo cada vez más globalizado, ya no regían los valores tradicionales en que se basaba el “consenso” washingtoniano. No bien comenzó su gestión, Cristina se puso a criticar con su vehemencia habitual la condición socioeconómica de países a su juicio “neoliberales”, comparando su supuesto letargo con el dinamismo de la Argentina de las “tasas chinas” y la desigualdad que, daba a entender, su gobierno estaba reduciendo a un ritmo sumamente rápido. Parecería que en su propia opinión y por lo tanto la de sus colaboradores, poco ha cambiado desde entonces y que Estados Unidos y Europa, sobre todo el Reino Unido, siguen hundiéndose en la miseria a causa de la negativa de sus dirigentes a adoptar una versión del exitoso “modelo” kirchnerista que nos ha colmado de beneficios. El que, según todas las estadísticas disponibles, en los países desarrollados el nivel de vida de la mayoría sea mucho más alto que en la Argentina no le parece motivo suficiente como para modificar su punto de vista. Antes bien, se ha aferrado a él con más tenacidad aún, de ahí la réplica virulenta a las críticas ensayadas por la funcionaria del Departamento de Estado norteamericano. Aunque no cabe duda de que los gobiernos de los países avanzados enfrentan una multitud de problemas económicos y sociales muy difíciles, los que sufre la Argentina son decididamente más graves y todo hace prever que en los próximos meses la situación empeorará. Como señaló Jacobson, nuestra economía “está en muy mala forma”, lo que es motivo de preocupación no sólo para quienes dependen directamente de su desempeño sino también para otros países cuyos dirigentes temen que el ya precario sistema internacional se dirija hacia una nueva gran crisis. Son muchos los países calificados de emergentes que, mientras soplaba con fuerza el “viento de cola” procedente de China, optaron por probar suerte con “modelos” populistas acaso menos insensatos que el patentado por Cristina pero así y todo insostenibles en circunstancias menos favorables que las imperantes mientras duró el “superciclo” de los commodities. Además de nuestro país y Venezuela, están en apuros Brasil, Rusia, Turquía, Sudáfrica y otros cuyos gobiernos habían apostado a que la época de las vacas gordas se prolongaría por muchos años, sólo para descubrir que se trataba de una ilusión. Puede que algunos, como Brasil, logren superar los problemas ocasionados por los cambios que se han registrado últimamente aplicando recetas parecidas a las incluidas en el “consenso” denostado por Cristina y Timerman, recetas que, a juzgar por lo que están diciendo los tres precandidatos presidenciales más promisorios, serán adoptadas por el gobierno que surja de las elecciones que pronto se celebrarán en nuestro país.
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