Padres postrados y chicos en riesgo en Centenario

Dramática situación de una pareja que fue atropellada.



CENTENARIO (AN).- Víctor Bustos y su esposa María ya estaban quedándose afuera. Y el 30 de agosto, el impacto de un auto sin seguro los arrojó a un pozo sin base, en el que se hunden con sus cinco hijos.

María está postrada desde entonces, tiene siete clavos en la pierna, un profundo corte en la cabeza y problemas por torrentes cada vez que la epilepsia termina por darle vuelta los ojos. Víctor sufrió una quebradura de pelvis, tiene golpes que le dejaron marcas en el cráneo y aún le restan 60 días de recuperación. Igual, tiene mejor suerte que esposa: puede moverse con las muletas.

La familia vive en la meseta de Centenario, en una casilla que se zarandea con el viento y que tiene las mil y una rendijas por donde el frío, el sol, el viento o la lluvia se cuelan prepotentes, según marque el calendario Desde el accidente, las cosas van de mal en peor. Los chicos dejaron de concurrir a la escuela y están bajo la supervisión de Gladys, la mayor, de 13 años, comen poco y nada, y esperan algún tipo de ayuda que a veces llega, dentro de bolsas que sólo guardan alimentos secos.

Víctor siente vergüenza pero admite que no tienen para comer. En rigor, la única comida real es la del mediodía, cuando van al comedor del barrio. El resto se limita al mate, al mate cocido, y fideos con sal y grasa.

El día del accidente, la pareja iba por la avenida Cuba en el ciclomotor con que Víctor hacía changas de pintura en el centro de Centenario. El golpe del auto contra la moto dio en el centro del pequeño rodado y ellos -los dos sin casco- fueron a parar diez metros más allá, con las consecuencias a la vista.

Desde entonces han recibido bolsas de alimentos (que no contienen ni carne ni verdura) de la comuna, una cama para Víctor por su lesión y los 160 pesos de la pensión graciable de María, por la epilepsia.

Los chicos dejaron la escuela y no disimulan sus necesidades.

“Estamos en la lona”, dice Víctor, quien no despotrica contra nadie pero es consciente de que él y su familia están en tiempo de descuento y no pueden seguir así.

El viento del martes se llevó las chapas que protegían la letrina de su casilla de dos piezas con piso de tierra y Bustos salió renqueando a buscarlas Ese día, todos tomaban mate, para tener algo en la panza.

Cuenta Víctor que dos de sus hijos tienen que ir a la escuela especial porque presentan problemas de aprendizaje, y lamenta que en estos días se haya quedado en la casilla.

“No tengo cómo mandarlos, no tengo ni jabón para que se laven y no puedo levantarme. No sabe usted cómo me duele la pierna”, afirma desde la cama María, una mujer que tiene 31 años, aunque su aspecto desmiente tal juventud.

“No me acuerdo nada de lo que pasó después del accidente, estuve internada y me operaron, nosotros no cruzamos mal… Lo que sabemos es que el hombre que manejaba no tenía seguro y que el vehículo está a nombre de otra persona…No hemos podido averiguar mucho, así como estamos”, agrega la mujer, y chilla cuando la pequeña Daiana (de seis años) salta encima de la cama.

Los Bustos sobreviven en una zona alta de Centenario, sobre la meseta, en un lugar donde Juan Pablo II ya tiene su calle.

Nada es amable dentro de la casilla de los Bustos.

Uno de los cuartos mide dos por tres metros y el otro -el dormitorio- tiene tres por tres. Por esa estructura miserable pasan las vidas de siete personas, que duermen en dos camas, en ubicaciones imposibles de imaginar.

En una de las habitaciones brilla un póster de Claudio Basso, con una leyenda que dice “La ilusión hecha canción” y en el dormitorio las “Bandana” se exhiben con su “Vivir Intentando”.

Bajo las chapas de cartón la miseria estrangula los sentidos de los visitantes. El gusto amargo que cierra los estómagos sólo se atenúa con las ocurrencias de los chicos y la voz mansa María, que se fuga agotada por su boca.

“Desde abril que estamos acá, yo soy nacida y criada en Centenario, mi marido es de Regina y por eso no le dan subsidio, tiene que hacer el cambio de domicilio pero el trámite le sale ocho pesos y no tenemos un peso para eso”, cuenta María mientras busca en su cartera el recorte del diario que informa sobre el accidente en el que casi se mueren.

Los chicos se ríen de algunos detalles y describen las peripecias que les ha tocado vivir en los últimos días. “Caí de cabeza de arriba del techo”, dice uno de los chicos como para empardar el vuelo desde la moto al piso que detalla María.

“No voy a poder trabajar por unos cuantos días, pero los chicos tienen que comer, con la bolsa y el comedor no me alcanza”, cierra Bustos. Y enseguida pide que Gladys le alcance una de las muletas, para llegar hasta la cabecera y ayudar a María a que se siente en la cama. (AN)


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