Países divergentes
Si el mercado cambiario informal realmente corriera en “paralelo” con el oficial, como haría pensar el eufemismo empleado para designarlo, su existencia no sería motivo de preocupación, pero sucede que no suele ser paralelo en absoluto. En vez de conformarse con acompañar el dólar oficial a una distancia inalterable, el informal siempre propende a seguir por su propio camino que, con frecuencia exasperante, se aleja cada vez más del trazado por el gobierno de turno. Es lo que está ocurriendo desde hace un par de meses. Al multiplicarse las medidas destinadas a reducir al mínimo la oferta de dólares, el gobierno intensificó la demanda hasta tal punto que la diferencia entre la tasa de cambio legal y la fijada por el mercado no regulado pronto superó el 25%. En opinión de muchos economistas, se ha creado así una situación que no tardará en mostrarse insostenible. Para cerrar la brecha, el gobierno tendría que liberalizar el mercado, pero no quiere hacerlo porque entiende que una devaluación abrupta se vería seguida por un salto inflacionario, de ahí el gran esfuerzo policial por suprimir el dólar “blue”. Otra alternativa, la propuesta por el viceministro de Economía, Axel Kicillof, consistiría en aplicar un sistema de tipos de cambio diferenciales, discriminando entre importadores, exportadores, financistas y, desde luego, turistas, pero parecería que a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no le gusta demasiado la idea. Aunque las autoridades han logrado disuadir por un rato a muchos compradores de dólares en potencia, no les será dado revertir el desdoblamiento de hecho del mercado cambiario. Tampoco podrán convencer a los agentes económicos significantes de que el tipo de cambio oficial es más realista que el informal. A juicio de la mayoría, la moneda del país del Indec es en buena medida ficticia, mientras que el dólar “blue”, si bien se ve sobrevaluado a causa de su escasez, refleja mejor el estado actual de la economía. Es de prever, pues, que la tasa de inflación siga aumentando en las semanas próximas al difundirse la impresión de que el país está acercándose a una de sus crisis esporádicas. Asimismo, parece inevitable que el clima de incertidumbre que últimamente se ha propagado por el país incida de manera muy negativa en la actividad económica. Según algunas consultoras, ya estamos en recesión, mientras que otras insisten en que, si bien la economía se ha desacelerado, sigue creciendo a un ritmo que en comparación con el alcanzado antes es muy pausado pero así y todo respetable, del 3 ó 4% anual aproximadamente, de suerte que sería prematuro suponer que el “modelo” está por compartir el destino desafortunado de tantos otros que en su momento disfrutaron del apoyo de amplios sectores de la población. Es de esperar que resulten estar en lo cierto quienes se afirman convencidos de que el dólar “blue” pronto perderá su atractivo al darse cuenta el “chiquitaje” de que en verdad no hay ningún riesgo inmediato de una devaluación significante, pero a esta altura el optimismo así manifestado no parece muy realista. Aun cuando no se produzca una crisis tan grave como las de antes, para que se restaurara la confianza sería necesario que el gobierno corrigiera las distorsiones provocadas por su voluntad de minimizar la importancia de una tasa de inflación que está entre las más altas del mundo, además de las ocasionadas por los costos enormes de importar energía, el aumento insostenible del gasto público y el impacto negativo en la producción de las medidas tomadas por el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, quien con el propósito de impedir la salida de divisas no ha vacilado en privar a una multitud de empresas de los insumos que precisan. Puesto que no hay señales de que el gobierno quiera hacer frente a la inflación que está en la raíz de los problemas que están surgiendo, ya que a pesar de todo sigue siendo reacio a reconocer que la situación supuestamente registrada por el Indec es un invento propagandístico, lo más probable es que la desconfianza que tantos sienten se intensifique en las semanas próximas. De ser así, las consecuencias políticas no se harían esperar, ya que la popularidad de la presidenta Cristina depende de la sensación generalizada de que el gobierno que encabeza se ha mostrado capaz de manejar con éxito la economía nacional.
Si el mercado cambiario informal realmente corriera en “paralelo” con el oficial, como haría pensar el eufemismo empleado para designarlo, su existencia no sería motivo de preocupación, pero sucede que no suele ser paralelo en absoluto. En vez de conformarse con acompañar el dólar oficial a una distancia inalterable, el informal siempre propende a seguir por su propio camino que, con frecuencia exasperante, se aleja cada vez más del trazado por el gobierno de turno. Es lo que está ocurriendo desde hace un par de meses. Al multiplicarse las medidas destinadas a reducir al mínimo la oferta de dólares, el gobierno intensificó la demanda hasta tal punto que la diferencia entre la tasa de cambio legal y la fijada por el mercado no regulado pronto superó el 25%. En opinión de muchos economistas, se ha creado así una situación que no tardará en mostrarse insostenible. Para cerrar la brecha, el gobierno tendría que liberalizar el mercado, pero no quiere hacerlo porque entiende que una devaluación abrupta se vería seguida por un salto inflacionario, de ahí el gran esfuerzo policial por suprimir el dólar “blue”. Otra alternativa, la propuesta por el viceministro de Economía, Axel Kicillof, consistiría en aplicar un sistema de tipos de cambio diferenciales, discriminando entre importadores, exportadores, financistas y, desde luego, turistas, pero parecería que a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no le gusta demasiado la idea. Aunque las autoridades han logrado disuadir por un rato a muchos compradores de dólares en potencia, no les será dado revertir el desdoblamiento de hecho del mercado cambiario. Tampoco podrán convencer a los agentes económicos significantes de que el tipo de cambio oficial es más realista que el informal. A juicio de la mayoría, la moneda del país del Indec es en buena medida ficticia, mientras que el dólar “blue”, si bien se ve sobrevaluado a causa de su escasez, refleja mejor el estado actual de la economía. Es de prever, pues, que la tasa de inflación siga aumentando en las semanas próximas al difundirse la impresión de que el país está acercándose a una de sus crisis esporádicas. Asimismo, parece inevitable que el clima de incertidumbre que últimamente se ha propagado por el país incida de manera muy negativa en la actividad económica. Según algunas consultoras, ya estamos en recesión, mientras que otras insisten en que, si bien la economía se ha desacelerado, sigue creciendo a un ritmo que en comparación con el alcanzado antes es muy pausado pero así y todo respetable, del 3 ó 4% anual aproximadamente, de suerte que sería prematuro suponer que el “modelo” está por compartir el destino desafortunado de tantos otros que en su momento disfrutaron del apoyo de amplios sectores de la población. Es de esperar que resulten estar en lo cierto quienes se afirman convencidos de que el dólar “blue” pronto perderá su atractivo al darse cuenta el “chiquitaje” de que en verdad no hay ningún riesgo inmediato de una devaluación significante, pero a esta altura el optimismo así manifestado no parece muy realista. Aun cuando no se produzca una crisis tan grave como las de antes, para que se restaurara la confianza sería necesario que el gobierno corrigiera las distorsiones provocadas por su voluntad de minimizar la importancia de una tasa de inflación que está entre las más altas del mundo, además de las ocasionadas por los costos enormes de importar energía, el aumento insostenible del gasto público y el impacto negativo en la producción de las medidas tomadas por el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, quien con el propósito de impedir la salida de divisas no ha vacilado en privar a una multitud de empresas de los insumos que precisan. Puesto que no hay señales de que el gobierno quiera hacer frente a la inflación que está en la raíz de los problemas que están surgiendo, ya que a pesar de todo sigue siendo reacio a reconocer que la situación supuestamente registrada por el Indec es un invento propagandístico, lo más probable es que la desconfianza que tantos sienten se intensifique en las semanas próximas. De ser así, las consecuencias políticas no se harían esperar, ya que la popularidad de la presidenta Cristina depende de la sensación generalizada de que el gobierno que encabeza se ha mostrado capaz de manejar con éxito la economía nacional.
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