Pantallas de humo

Sería bueno que mientras tratan de clarificar sus pensamientos, los políticos no dieran una impresión de pánico.

Redacción

Por Redacción

Por ser la política en cierta medida una cuestión de imágenes, en todas partes es normal que en algunas ocasiones la ciudadanía tenga buenos motivos para creer que los dirigentes formulan declaraciones y propuestas con el propósito de distraer la atención de otros temas que les parecen inconvenientes. En cambio, no es normal en absoluto que la mayoría esté convencida de que casi todo cuanto dicen sus dirigentes se inspira en el afán de crear una pantalla de humo que tape alguno que otro escándalo o que encubra sus intenciones verdaderas. Sin embargo, parecería que la Argentina ya ha entrado en un período de descreimiento generalizado en el que las palabras se han separado de los hechos y los acontecimientos no guardan ninguna relación directa con las afirmaciones de los responsables de administrarlos. Por ejemplo, muchos, tal vez virtualmente todos, sospechan que la razón por la cual el ex presidente Carlos Menem aconsejó a la gente comprar dólares consistía en su deseo de que se hable menos de la detención de su ex cuñado Emir Yoma a raíz del caso de la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador; que el entusiasmo del ministro de Economía Domingo Cavallo por el euro se ha debido a que entiende muy bien que las medidas que estaría por anunciar desatará una marejada de protestas; que los dichos a menudo urticantes del gobernador bonaerense y precandidato presidencial Carlos Ruckauf obedecen a su temor a que la ciudadanía se dé cuenta de lo mala que ha sido su gestión en la provincia más importante del país, y que la indignación de Raúl Alfonsín y sus allegados por el voto de censura contra Cuba puede atribuirse a la sensación de impotencia que los ha poseído desde que su correligionario Fernando de la Rúa decidió prescindir de sus servicios.

Estén o no en lo cierto los muchos que creen estar asistiendo a una intriga tan complicada que ni siquiera los participantes están en condiciones de comprender lo que está ocurriendo, no cabe duda de que en las semanas últimas se ha intensificado la desconfianza en cuanto a los motivos auténticos de los protagonistas toda vez que éstos deciden agitar un tema polémico, reacción que, como es natural, ha contribuido a hacer aún más confusa la etapa más reciente de la crisis que está experimentando el país. Antes de producirse la renuncia a la vicepresidencia de Carlos «Chacho» Alvarez, la política, a pesar del estado caótico de los tres movimientos principales y de la vaguedad que caracterizaba la retórica de tantos personajes notorios, pareció ser relativamente transparente conforme a las poco exigentes pautas nacionales en la materia, pero a partir de entonces se ha hecho cada vez más opaca hasta llegar a la situación imperante en la actualidad, en la que se supone que nada es lo que parece ser. Aunque desde el punto de vista de los políticos mismos puede ser mejor la incertidumbre que se ha generado porque sirve para ocultar su propio desconcierto, desde el del país en su conjunto la falta de claridad es sumamente negativa.

En los meses últimos, el único dirigente de nota que se ha dirigido a la ciudadanía con cierta franqueza ha sido Ricardo López Murphy y puede que la brevedad de su gestión como ministro de Economía haya persuadido a los demás políticos de que por ahora es suicida intentar hablar sin pelos en la lengua. Aunque es legítimo argüirse que dadas las circunstancias el radical cometió un grave error al subestimar la importancia de la dimensión psicológica de la crisis económica y que por lo tanto el cambio de expectativas impulsado por Cavallo debería tomarse por un alarde de realismo, sería saludable que los dirigentes nacionales más influyentes adquirieran la costumbre de tratar a sus compatriotas como adultos. Claro, antes de que se permitieran más sinceridad convendría que ellos mismos realmente entendieran lo que está sucediendo en el país, porque de lo contrario sólo lograrían transmitirle la confusión que sienten – muchas intervenciones sorprendentes se deben menos a la astucia de quienes suelen calificarse de «políticos de raza» que a lo difícil que les es ubicarse en un panorama caleidoscópico-, pero sería bueno que mientras tratan de clarificar sus propios pensamientos se dedicaran a brindar una impresión de tranquilidad en vez de pánico.


Por ser la política en cierta medida una cuestión de imágenes, en todas partes es normal que en algunas ocasiones la ciudadanía tenga buenos motivos para creer que los dirigentes formulan declaraciones y propuestas con el propósito de distraer la atención de otros temas que les parecen inconvenientes. En cambio, no es normal en absoluto que la mayoría esté convencida de que casi todo cuanto dicen sus dirigentes se inspira en el afán de crear una pantalla de humo que tape alguno que otro escándalo o que encubra sus intenciones verdaderas. Sin embargo, parecería que la Argentina ya ha entrado en un período de descreimiento generalizado en el que las palabras se han separado de los hechos y los acontecimientos no guardan ninguna relación directa con las afirmaciones de los responsables de administrarlos. Por ejemplo, muchos, tal vez virtualmente todos, sospechan que la razón por la cual el ex presidente Carlos Menem aconsejó a la gente comprar dólares consistía en su deseo de que se hable menos de la detención de su ex cuñado Emir Yoma a raíz del caso de la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador; que el entusiasmo del ministro de Economía Domingo Cavallo por el euro se ha debido a que entiende muy bien que las medidas que estaría por anunciar desatará una marejada de protestas; que los dichos a menudo urticantes del gobernador bonaerense y precandidato presidencial Carlos Ruckauf obedecen a su temor a que la ciudadanía se dé cuenta de lo mala que ha sido su gestión en la provincia más importante del país, y que la indignación de Raúl Alfonsín y sus allegados por el voto de censura contra Cuba puede atribuirse a la sensación de impotencia que los ha poseído desde que su correligionario Fernando de la Rúa decidió prescindir de sus servicios.

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