Pascuas activas
Es esencial que los beneficiados por el fenómeno turístico de Semana Santa aprovechen con vigor e imaginación este golpe de suerte.
Para asombro de muchos y alivio de los empresarios del sector, en Semana Santa el turismo disfrutó de algunos días de esplendor. La Capital Federal, las zonas montañosas en torno de Bariloche y Mendoza, Córdoba, Misiones, la costa atlántica y muchos otros lugares fueron visitados por casi dos millones de personas, de los cuales se estima que unos 400.000 eran extranjeros. Según el secretario de Turismo, Daniel Scioli, la «industria sin chimeneas» habrá arrojado un saldo positivo de mil millones de pesos, de suerte que después de muchos años de déficit turístico es probable que en el 2002 los gastos de los argentinos que viajen a otros países sean inferiores a los efectuados por los visitantes. Aunque se trataría de un resultado atípico atribuible a los caprichos de la cotización del peso que han hecho de la Argentina un país sumamente barato, con tal que los precios relativos locales se mantengan en un nivel razonable, el turismo podría seguir constituyendo una fuente significante de ingresos.
Para que ello suceda, empero, todos los vinculados con esta actividad tendrán que esforzarse mucho. Por cierto, cometerían un error si creyeran que su enemiga tradicional, la tasa de cambio, se ha transformado en una aliada fiel. De recuperarse la economía nacional, las diferencias que en la actualidad impresionan no sólo a los visitantes europeos, norteamericanos y asiáticos sino también a los procedentes de los países limítrofes propenderán a atenuarse, mientras que aumentará el poder de compra de los argentinos en el exterior. Así las cosas, es esencial que los beneficiados por la combinación acaso irrepetible de factores que posibilitó el fenómeno turístico de Semana Santa aprovechen con vigor e imaginación el golpe de suerte que acaban de recibir.
El turismo interno es importante por sus efectos multiplicadores en muchas otras actividades, de suerte que el hecho de que tantas personas se hayan mostrado dispuestas a tomar vacaciones de la crisis es un dato esperanzador. Además, si bien de por sí no es suficiente como para poner nuevamente en marcha una economía comatosa, por lo menos refleja la resistencia de una minoría clave a resignarse al deterioro permanente de su nivel de vida. No cabe duda de que el pesimismo que a partir de mediados del año pasado se ha apoderado de millones de individuos de todas las clases sociales ha incidido profundamente en el funcionamiento del conjunto, agravando los problemas ya existentes y creando otros nuevos. Por supuesto que el nuestro siempre ha sido un país ciclotímico proclive a alternar períodos de euforia absurda con otros signados por la depresión colectiva, rasgo que está entre las causas básicas de la irresponsabilidad que ha caracterizado a muchos políticos y las reacciones furibundas, aunque tardías, de «la gente» cuando descubre que el estado del país dista de ser tan maravilloso como se las había arreglado para creer, pero puede que los sucesos humillantes -y costosos- de los meses últimos hayan servido para moderar dichas tendencias.
En cuanto a las perspectivas del país frente al turismo internacional, dependen no sólo de la evolución de la economía mundial -si prospera, serán cada vez más los deseosos de visitarnos-, y de la calidad de los hoteles y servicios locales, que tiene que ser por lo menos tan buena como en los países más avanzados de Europa, sino también de «la imagen» nacional. Por fortuna, los disturbios callejeros, la proliferación de piqueteros agresivos y la miseria en la que se han sumido muchos que no tienen ni empleo ni esperanza que a fines del año pasado llenaron las pantallas televisivas del planeta no parecen haber disuadido a muchos turistas en potencia, aunque es de suponer que de otro modo los contingentes de extranjeros que eligieron pasar Semana Santa aquí hubieran sido mucho más nutridos. De todas formas, si en los próximos meses y años se difunde la certeza de que a pesar de sus tribulaciones económicas terribles la Argentina sigue siendo un país seguro y hospitalario, sería difícil que el turismo no se viera erigido en una industria mucho más rentable de lo que ya es. Y, huelga decirlo, tal país sería plenamente capaz de superar una crisis que destruiría a uno consumido por la violencia, el rencor, la xenofobia y la desidia.
Para asombro de muchos y alivio de los empresarios del sector, en Semana Santa el turismo disfrutó de algunos días de esplendor. La Capital Federal, las zonas montañosas en torno de Bariloche y Mendoza, Córdoba, Misiones, la costa atlántica y muchos otros lugares fueron visitados por casi dos millones de personas, de los cuales se estima que unos 400.000 eran extranjeros. Según el secretario de Turismo, Daniel Scioli, la "industria sin chimeneas" habrá arrojado un saldo positivo de mil millones de pesos, de suerte que después de muchos años de déficit turístico es probable que en el 2002 los gastos de los argentinos que viajen a otros países sean inferiores a los efectuados por los visitantes. Aunque se trataría de un resultado atípico atribuible a los caprichos de la cotización del peso que han hecho de la Argentina un país sumamente barato, con tal que los precios relativos locales se mantengan en un nivel razonable, el turismo podría seguir constituyendo una fuente significante de ingresos.
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