Paul Klee, el primero en hablar de abstracción

Fue el primero en hablar de abstracción. Reservado, inaccesible, Paul Klee -de cuya muerte se cumplieron el 29 de junio sesenta años- dejó impreso en su obra un universo de colores y formas, con referencias a la naturaleza y al cosmos, donde sobresalen su particular grafismo, las enigmáticas máscaras y una especie de criptograma, simplificado en un ancho trazo sombrío.

Nacido en las afueras de Berna el 18 de diciembre de 1879, Klee articuló su obra en torno a la búsqueda de un nuevo lenguaje pictórico al que aplicó el término «abstracción», por entonces ausente del discurso de vanguardia. «Cuanto más terrible se hace este mundo, como ocurre ahora, tanto más abstracto se hace el arte», escribió Klee en 1915 y la frase se tradujo en un arte desapasionado pero sensible y algo irónico.

De padre alemán y madre suiza, a los siete años Klee fue un eximio violinista y a los once integró la Orquesta de la Sociedad Musical de Berna. Pero también desde los siete años, y al parecer aleccionado por una abuela, comenzó a dibujar.

En el momento de elegir, Klee se volcó a las artes plásticas y luego de ser rechazado en la Academia de Munich, se preparó en una escuela particular y entró finalmente en 1900 como alumno del célebre pintor Franz von Stuck. Sin embargo, pronto dejó la Academia y recorrió Italia, donde descubrió la luz natural del sol y, con ella, la verdad del color.

En Berna, en 1905, terminó los once aguafuertes de «Invenciones» y realizó cincuenta pinturas sobre vidrio, otra modalidad del grabado. Al año siguiente, se casó con la pianista alemana Lily Stumpf.

Durante 1912, Klee viajó a París para ponerse al día con los artistas modernos (Picasso, Braque, Matisse, Derain, Vlaminck, Delaunay). Dos años antes, en 1910, había realizado su primera exposición en Berna, integrada por dibujos, aguafuertes y acuarelas.

Poco después, en Munich, participó de la segunda y última muestra del grupo «Der Blaue Reiter («El jinete azul»), junto a Kandinsky, Franz Marc, August Macke, Alexei von Jawlensky, Picasso, Braque, Malevic, Larionov y Laminck, entre otros.

El 16 de abril de 1914 escribió en su diario: «Dejo ahora el trabajo. Me he compenetrado del ambiente de una manera tan suave que, sin esforzarme, me siento más y más seguro. El color me domina. No necesito ponerme a atraparlo. Me posee, lo sé bien. Es este el sentido del momento feliz: yo y el color somos uno. Soy pintor».

Klee fue uno de los mayores baluartes de la Bauhaus, la escuela que Walter Gropius fundó en 1919 como reacción contra la decadencia cultural y moral de la Primera Guerra Mundial y con el objetivo de enseñar a la sociedad a proyectar su propio desarrollo según una ética casi matemática.

Ni siquiera en este período (que se extendió desde 1921 a 1925), el artista renunció a la supremacía de la inspiración: al igual que los otros integrantes del grupo, él también introdujo en sus obras elementos estructurales, reconociendo la utilidad de la geometría y la mecánica, pero al mismo tiempo, recomendó a sus alumnos no someterse por entero a los dictados de la teoría.

«La teoría es una ayuda de la claridad; tenemos leyes, pero también tenemos la posibilidad de alejarnos de ellas. Quien siga las reglas con demasiado rigor se perderá en un campo baldío. Como quien sea, el movimiento libre es casi un deber moral. Siempre se puede representar algo sólo interesándose en la norma. Pero con esto el artista no cumple con su deber, pues la finalidad de un cuadro es hacernos felices», escribió.

El concepto fundamental del razonamiento de Klee estaba centrado en la afirmación de que al artista le interesan más las «fuerzas creativas» de la naturaleza que lo fenómenos generados por ella. Según él, la aspiración del creador debía ser integrarse en tales fuerzas, de modo que -a través de él- la naturaleza debe generar nuevas realidades.

Conoció también la filosofía de Schopenhauer y de Nietzsche.

De ellos deriva su concepción de la creatividad artística como parábola de la creación divina y la visión del artista como semejante a un dios. «…se llega finalmente a crear un cosmos formal, que muestra tal semejanza con la gran Creación, que basta un solo soplo para realizar la expresión de lo religioso, la religión misma», escribió en 1920, en su Confesión creadora.

En 1937, Hitler incluyó 17 de las obras de Klee en una exposición itinerante sobre «Arte Degenerado», lo que le valió la confiscación de un centenar de trabajos suyos, diseminados en museos y colecciones públicas y su expulsión de Alemania. Decisión que aceptó sin quejas para instalarse en Berna.

Sus últimos cuadros -«El miedo», «La muerte y el fuego», «Tenebrosa travesía en barca»-, reflejan su aislamiento e incomunicación, en una Europa de nuevo en guerra y con los síntomas de su enfermedad, una esclerodermia que lo llevaría a la muerte, el 29 de junio de 1940. Aunque su obra ejercerá siempre una fascinación certera, aguda y conmovedora.

Julieta Grosso


Fue el primero en hablar de abstracción. Reservado, inaccesible, Paul Klee -de cuya muerte se cumplieron el 29 de junio sesenta años- dejó impreso en su obra un universo de colores y formas, con referencias a la naturaleza y al cosmos, donde sobresalen su particular grafismo, las enigmáticas máscaras y una especie de criptograma, simplificado en un ancho trazo sombrío.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora