Pedir lo imposible
La presidenta brasileña Dilma Rousseff no es la única persona a la que le cuesta entender lo que está procurando decir “la voz de la calle”. Muchos manifestantes mismos parecen sentirse igualmente confundidos. Para algunos, las protestas tienen que ver con el aumento del costo de vida y los gastos faraónicos necesarios para que el año que viene se celebre en Brasil la Copa Mundial de Fútbol; para otros, la gente reaccionaba contra la brutalidad policial, contra la corrupción que es endémica o contra la brecha que separa a la clase política del resto de la población. Parecería que cada uno tiene sus propios motivos para salir a la calle y gritar consignas, pero el ruido resultante ha sido tan ensordecedor que virtualmente nadie, con la eventual excepción de quienes iniciaron la marejada de protestas quejándose por un aumento leve de las tarifas del transporte urbano que las autoridades de distintas ciudades optaron por cancelar, puede hacerse oír. Asimismo, como siempre sucede en Brasil cuando arrecian las manifestaciones callejeras, bandas de vándalos inadaptados han aprovechado la oportunidad para quemar autos, saquear negocios e intentar derribar las puertas de edificios públicos, mientras que grupos de anarquistas o ultraizquierdistas muy minoritarios se esforzaron por hacer pensar que, por fin, “el pueblo” había captado su mensaje truculento. Dadas las circunstancias, Dilma ha manejado razonablemente bien la situación insólita en la que se encuentra al afirmarse más que dispuesta a escuchar a los manifestantes y discriminar entre la mayoría pacífica por un lado y los violentos por el otro, con la esperanza de que todos pronto vuelvan a casa, pero no puede sino sentirse preocupada por el malestar exteriorizado por las protestas gigantescas que, para el asombro generalizado, estallaron en un país que, de acuerdo común, estaba por erigirse en una potencia económica importante. Al fin y al cabo, aunque Brasil sigue siendo un país pobre de servicios públicos que son notoriamente deficientes, ha progresado mucho en los años últimos y se suponía que la mayoría sentía que el futuro sería mejor que el pasado, lo que no es el caso en buena parte de Europa y Estados Unidos, donde se ha difundido el temor a que las próximas generaciones tengan que resignarse a un nivel de vida inferior al disfrutado por sus padres. Con todo, el que, luego de una etapa de crecimiento, hace un par de años la economía brasileña se haya ralentizado ha tenido un impacto fuerte en el clima social de un país célebre por el optimismo de sus habitantes. También habrá incidido en el estado de ánimo ciudadano la conciencia de que, para reanudar el crecimiento, sería preciso dar un salto cualitativo, ya que el “modelo” existente parece haberse agotado. Si bien casi todos dicen estar a favor del cambio, a pocos les gusta la idea de que, en el corto plazo por lo menos, ellos mismos pudieran verse perjudicados. Rebeliones protagonizadas por muchedumbres de “indignados” que se creen víctimas de una especie de estafa se han puesto de moda en muchas partes del mundo. En los países democráticos han sido mayormente simbólicas, ya que, a pesar de los intentos por apropiarse de ellas de pequeñas facciones politizadas, no expresan ninguna ideología coherente. Aunque las consignas coreadas a menudo se asemejan a las utilizadas antes por la izquierda, a esta altura la mayoría sabe muy bien que no funciona el socialismo tradicional. Muchos dicen querer “una alternativa” al capitalismo liberal, una que sirviera para que haya empleos satisfactorios para todos los desocupados, además de sistemas educativos mejores que los actuales, si bien aún menos exigentes, pero son incapaces de aclarar en qué consistiría el “modelo” novedoso que están reclamando. Mientras tanto, los políticos profesionales aseguran que toman muy en serio lo que la calle les está diciendo, que comparten el malestar de los manifestantes y simpatizan con quienes se sienten frustrados por el statu quo. Hasta ahora, empero, ningún dirigente significante ha logrado esbozar propuestas concretas del tipo presuntamente deseado por “los indignados”, acaso porque no hay forma de satisfacer las expectativas de los muchos que están pidiendo más de lo que sus sociedades respectivas están en condiciones de dar.