Pedro Aznar: “La música es una amante muy exigente”

“La música se lleva todo tu tiempo, pero enhorabuena. No sacrifiqué cosas vitales por ella. La música es una amante exigente pero no tarada; sabe que si te pide que abandones cosas vitales, la dejás. Por lo demás, retribuye tupido”, admite el cantante que está de gira por la zona al periodista rionegrino Pablo Delgado.

SEMBLANZA

Por Pablo Delgado,

especial para rionegro.com.ar

Corría el año 2004, y yo me encontraba cursando Producción Radiofónica II en la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata. Uno de los requisitos para la aprobación de la materia consistía en la entrega de una entrevista que cada uno de los alumnos debía realizarle a un famoso. “¿Un famoso?”, me acuerdo que nos preguntamos todos ese día, mientras nos mirábamos con cara de “¿Cómo se supone que voy a encontrar a un famoso?”. Además, ¿qué criterio había que emplear para determinar el “índice de popularidad” de la persona en cuestión? Para mí, el linyera de mi barrio era una personalidad mucho más interesante y compleja que cualquier presentador de televisión, alguien cuya historia de vida podía hacer tambalear el más experimentado de los abordajes periodísticos. “¿Pero cómo?, ¿no saben identificar a un famoso?”, preguntó la profesora, y al escucharla entendimos muy bien a qué se refería, lo cual no hizo más que ahondar el malestar de una consigna que veíamos como caprichosa (por no decir ridícula), y que no podíamos entender en qué medida nos aportaría algo vinculado a ese género periodístico.

La primera personalidad “que encontré” fue un conocido futbolista de Boca Juniors, alguien que tenía un hermano mellizo y cuyos padres vivían frente al departamento donde yo paraba por aquel entonces. Claro, era facilísimo, nada más que cruzar la calle y pedir hablar con él (en nombre, claro está, de la Universidad Nacional de La Plata, que súbitamente se había mostrado interesada en los pormenores de su historia de vida). De acuerdo a la tipificación de nuestra profesora, podía afirmarse, sin lugar a dudas, que la personalidad elegida por mí era, efectivamente, un famoso. Lo que yo no sabía, lo que nunca había sospechado que iba a suceder, es que el sujeto, además de famoso, era un hombre de muy pocas palabras, alguien que durante cuarenta minutos se limitó a responder con monosílabos, o con respuestas que en ningún momento sobrepasaron las diez o las quince sonoridades. Agradecí la reunión, saludé al entrevistado, crucé la calle y entré a mi departamento con la sensación de que merecía todo lo que me había pasado. Porque había insistido con una personalidad de la que no sabía nada, un nombre que —hipotéticamente— sólo me habría ayudado a salir del paso, y porque la elección de alguien a quien había ubicado a treinta metros de mi domicilio sólo podía explicarse desde la más absoluta comodidad.

La semana fue pasando, el carácter de la búsqueda de un famoso que accediera a una entrevista más o menos extensa con un estudiante de periodismo era cada vez más infructuoso. Pero entonces, veinticuatro horas antes de la fecha estipulada para la bendita entrega, supe que Pedro Aznar iba a presentarse en el barrio de Parque Patricios de la ciudad de Buenos Aires. No sé bien de dónde saqué el optimismo para viajar hasta ese lugar, para presentarme por primera vez ante un encargado de prensa y para transmitirle —para rogarle, con total descaro— lo apremiante que esa nota era para mí. Y fue entonces que se desataron una serie de acontecimientos que hoy, vistos a la distancia, me resultan tragicómicos, pero que de un modo u otro conformaron ese pequeño universo de ilusiones y de aprendizajes que uno tan bien sabe que lo habitan. Porque me concedieron la nota, y porque a diez minutos de que Pedro Aznar me recibiera en su camarín sucedió que el reporter se me escapó de las manos y estalló contra el suelo. Me agaché, y mientras veía cómo rodaba una de las pilas comprobé que la tapa del reporter había saltado hasta los pies del encargado de prensa, que ahora me miraba y negaba con la cabeza, como diciendo “no puede pasarte esto, pibe”, y que pese a eso me hizo pasar hasta el camarín de Pedro Aznar, que a su vez intentó, infructuosamente, componer ese reporter. “No, no hay caso”, me dijo mientras me devolvía la tapa, primero, y el resto del artefacto después. Y siguió: “¿Y si la hacemos la semana que viene, por teléfono?”.

Fue un ángel, fue una venerable alineación planetaria o a lo mejor fue simplemente una casualidad, pero antes de que saliera de ese camarín apareció una mujer que había presenciado todo lo que me había pasado. Me explicó que llevaba un reporter en su mochila, y me pidió que lo aceptara para salvar la nota. Y para que comprendiera —esto lo entendí después— que las cosas no pueden hacerse así nomás, ni cómodamente ni para salir del paso ni nada. Porque las cosas tienen que importarnos; en conjunto, solas, por más mínimas que sean o que nos parezcan, cada uno de nuestros actos y de nuestras decisiones tiene que importarnos.

No sé si el Pedro Aznar de esta nota será el mismo Pedro Aznar de hoy, pero estoy seguro que el de hoy debe contar con la misma generosidad que tuvo aquel otro, el que no tuvo reparos en hacer un breve repaso de su vida ante un estudiante y que así, sin saberlo, me ayudó a salvar Producción Radiofónica II.

—¿Qué recordás de tu niñez?

—Crecí en el barrio de Liniers, que después de 40 o 45 años sigue siendo un barrio de casas bajas, muy arbolado, con mucho sol, felizmente protegido de las construcciones en alto. Durante mi niñez todavía había algunas calles de tierra, y en verano se llenaba de mariposas. Me acuerdo que en el jardín de infantes me había deslumbrado con una colección de vinilos de colores. No crecí en un departamento, sino que fui criado en casa, con un jardín gigantesco, con una terraza enorme, con gatos y perros, en permanente contacto con la tierra, con muchos amigos. Y tenía un lugar muy privado, que era y es la música: un rincón donde yo me conectaba con un lugar muy personal, muy mío, y obviamente la mayoría de mis amigos no me podía seguir hasta ahí; era como un costado medio místico, que de golpe me encontraba tocando la guitarra durante buena parte de la tarde. Era un pibe con los gustos de cualquier pibe, y además me gustaba mucho sentarme a escribir, me fascinaban los discos y los libros y ese tipo de cosas. Pero también potrereaba y jugaba a la escondida durante tres horas y volvía sudado y roñoso como cualquier chico. Eso sí: Batman y los dibujos de The Beatles eran imperdibles, paraba lo que fuera para verlos.

—Supongo que por aquella época también te enamoraste por primera vez…

—Me enamoré varias veces. La primera vez fue a los once, de una chica llamada Mónica. La relación evolucionó bien, fui correspondido, cosa que no siempre me sucedió. Pero esa primera vez salió bien. Éramos una barrita de pibes, y Mónica era una de dos hermanas. Las veíamos como las princesas, nos parecían inalcanzables. Para mí fue increíble que me diera bola, yo pensaba que iba a decirme que no.

—¿Cuáles fueron tus influencias?

—Mi papá es violinista, después devenido almacenero. Creo que su vocación fue siempre la música. No fue una influencia directa, aunque se podría decir que es genético, dado que los siete hermanos de mi padre fueron músicos. Fue una actividad que siempre estuvo muy presente.

—¿Y por parte de tu mamá?

—Mi vieja es ama de casa, y una excelente cocinera. Comida caserita, no de Gato Dumas ni de ninguna sofisticación, pero gran cocinera. Ella aprendió mucho de mi abuela andaluza por parte de mi padre. Hace una pizza espectacular y un arroz con pollo que te mueres. Cuando me fui a estudiar a Boston me hizo un cuadernito con sus recetas para que no extrañe. ¡Mirá qué nivel de santidad!

—¿Dónde estudiaste música?

—Empecé estudiando con una profesora del barrio, con un sistema holandés muy particular llamado Klavarskribo, cuyo pentagrama se lee en forma vertical, no horizontal. Eso fue lo primero que estudié formalmente. Después estudié con muchísimos profesores, tanto acá como en el exterior. Podría hablar de un inicio formal cuando empecé a estudiar a los 9 años. Pero la pasión por la música viene de antes de que me acuerde. Desde que tengo memoria, los discos y la música me fascinaban, y estaba pendiente de eso todo el tiempo, de lo que pasaban en la radio. Me dormía tardísimo escuchando una radio chiquita a pilas que tenía mi viejo. Además de la música en sí, siempre me fascinó el objeto del disco, o todo lo que rodeaba la grabación del sonido. Era algo que me parecía y me sigue pareciendo mágico, y eso me fue llevando también de la mano hacia el hecho de tener mi propio estudio de grabación hace muchísimos años e investigar por ese lado. Además de lo musical, disfruto muchísimo del sonido como fenómeno.

—¿Cómo equilibrabas el gusto por la música con el de tus estudios secundarios?

—Digamos que hubo una especie de transa con mis viejos. Ellos me dijeron que no iban a interferir con la música, pero a cambio de que yo termine el secundario. Yo les dije: “¿Ustedes quieren el diploma? Ok, les doy el diploma y no me molestan más”. Pero mis viejos fueron santos, me apoyaron en todo y estuvieron conmigo siempre, y la verdad que hicieron bien. El título me sirvió después para estudiar en una universidad en Estados Unidos.

—¿Cómo te fue viviendo allá?

—Vivir en Boston fue una experiencia muy buena; no por las razones que alguna gente imagina, sino por otras… ¡aunque por ésas también! Fue bueno en el sentido de encontrarme con mucha información, con haber estudiado en una universidad tan buena como Berklee, por haber conocido gente de todas partes del mundo, lo cual significó una gran apertura de cabeza. Boston es una ciudad llena de estudiantes, con mucho ambiente de gente joven de infinidad de países. Hay una efervescencia cultural muy poderosa, y eso fue muy nutritivo, más todavía a una edad tan temprana. Hubo algo menos notorio, y fue lo que aprendí por distancia y no por proximidad, que es la distancia con el terruño, lo que te hace preguntarte de dónde sos, por qué sos de ahí, y qué es lo que te hace ser de ahí; o sea, qué es lo que tenés de diferente. Fue una pregunta que no me hice adrede, sino una cuestión que se instaló en mí debido al simple y pesado hecho de estar tan lejos, e inmerso en una cultura tan distinta. Necesité entender, no ya intelectualmente sino con todo el cuerpo, de dónde era y qué es lo que me hacía ser de este lugar. Y fue buenísimo habérmelo preguntado tanto.

—¿Sacrificaste algo por la música?

—Sacrifiqué tiempo. Pero creo que vale mucho más la pena tener una cosa que te apasione lo suficiente como para estar feliz sacrificando tu tiempo, que tener todo el tiempo en tus manos y no tener nada a lo cual sacrificarle algo. Por eso no me arrepiento en lo absoluto. Alguien dijo por ahí que la música es la amante más exigente, y es verdad: se lleva todo tu tiempo, pero enhorabuena. Además no sacrifiqué cosas vitales. La música es una amante exigente, pero no tarada; sabe que si te pide que abandones cosas vitales, la dejás. Por lo demás, retribuye tupido.

—¿Qué momento rescatás de tu carrera?

—No podría quedarme con uno. Como algo emocionante, la vuelta de Serú Girán fue algo tremendamente conmovedor.

—¿Le tenés miedo a algo?

—A algunas cosas. A la locura fea, a la locura de estar perdido. La locura me da miedo en el sentido de quedar encerrado en una fantasía que no es, creo que ésa es la locura fea. No la locura creativa o la locura imaginativa, eso es otra cosa. Me refiero a la locura de la gente que está perdida en una realidad que no compartimos todos los demás, la locura dolorosa, la de personas que sufren por estar en una especie de cárcel de la mente. La falta de libertad también me da miedo. Y ésa es una falta que tal vez sea la más grave, porque cuando la libertad te la coartan desde afuera, la esperanza de poder recuperarla siempre te salva. Pero la locura sería una pérdida de la libertad desde adentro, y nadie te puede sacar de ahí. Nadie. Me da mucho más miedo eso.

—¿Sos feliz con lo que hacés?

—Inmensamente feliz.

—¿Cómo te gustaría que te recuerden?

—Como buena gente.


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