“Perón cumple, Evita dignifica”

ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar

En los años 50, en todas las obras públicas del gobierno argentino que estaban en ejecución –o ya habían finalizado– se levantaba un imponente cartel con la esfinge del matrimonio presidencial y la leyenda “Perón cumple, Evita dignifica”. Desde entonces, el hábito de atribuir la realización de la obra pública a la munificencia de los hombres de gobierno se ha impuesto como una costumbre que no llama la atención en Argentina. Todos los gobiernos, del color que sean, han acudido a esta forma subliminal de propaganda, sin advertir la endeble base ética de tan singular comportamiento. La obra pública es financiada con impuestos, es decir, con fondos que provienen de los aportes que realizan todos los ciudadanos. La decisión de llevarla a cabo se adopta en los momentos en que se discuten los presupuestos públicos, con la participación de todos los partidos políticos. De modo que sólo desde la frondosa imaginación de un liliputiense político se puede concebir como resultado de la clarividente visión de una persona singular. La atribución de las obras públicas a la extremada generosidad de los líderes políticos es un rasgo de distinción de los populismos, que siempre alimentaron la fantasiosa idea de que era producto de la iluminada mirada de los líderes populares. Reproduce en otro entorno la representación patriarcal del “patrón”, quien da trabajo y concede la dádiva del salario a los peones de estancia. Debido a esa laxa interpretación, el gesto de generosidad podía también trasladarse sin recato alguno a la esposa del líder, como acontece en la consigna “Evita dignifica”, donde una mujer que no tenía ningún cargo público podía también colgarse la medalla de las realizaciones estatales. En la actualidad, observamos cómo la inauguración de cada obra pública viene acompañada con una profusa propaganda publicitaria en la que se añade la expresión “gestión Juan Pérez”, en donde el Juan Pérez de marras es sustituido por el nombre del gobernador o intendente que se atribuye el resultado obtenido. En ocasiones, cuando la obra pública escasea, se la divide en trozos, para dar lugar a más inauguraciones. Cuando se trata de una ruta, las inauguraciones se hacen por tramos, de modo que pronto tendremos una inauguración por cada kilómetro de ruta asfaltada. Otro recurso consiste en inaugurar la misma obra varias veces. Hace pocos días, el 20 de septiembre, quedó inaugurado el Hospital Escuela de Odontología de la Universidad Nacional de Río Negro con la presencia del gobernador Alberto Weretilneck, el senador Miguel A. Pichetto y el ministro de Educación de la Nación Alberto Sileoni. Lo llamativo es que la citada obra había sido ya “inaugurada” por viedeoconferencia por la presidenta Cristina Fernández el día 10 de septiembre. En esta primera inauguración también estuvo presente el incansable senador Pichetto, figura puesta en todas las inauguraciones, que dirigiéndose a la presidenta, con mirada arrobadora, le confesó: “esta obra es toda suya”. Otro recurso que ha puesto de moda la presidenta Cristina Fernández es la inauguración de emprendimientos privados. Como el gobierno percibe que la obra pública es tan escasa que da pocas oportunidades para el lucimiento personal, ha incorporado el hábito de inaugurar obras realizadas por empresarios privados. Como la inversión privada tampoco es demasiado abundante –probablemente debido a la oscilante política macroeconómica que crea “sensación” de inseguridad en los empresarios–, la presidenta no tiene ningún reparo en inaugurar con gran pompa simples obras de ampliación de industrias ya existentes o el lanzamiento de nuevas líneas de fabricación. En enero del 2010, la presidenta CFK aprovechó la inauguración de obras de ampliación de una planta avícola privada en la localidad bonaerense de Capitán Sarmiento, para referirse a las bondades del pollo. Fue apenas pocos días después de haber levantado sonrisas en todo el mundo al anunciar las ignotas propiedades afrodisíacas de la carne de cerdo. En esta ocasión la presidenta recomendó consumir pollo, aclarando que si bien no poseía “virtudes afrodisíacas” como la ingesta del “cerdito”, es una carne muy magra que “ayuda a adelgazar y a volar con los sueños”. Llevada por ésta misma impronta, para evitar el agobio de los viajes, la presidenta acostumbra inaugurar también obras privadas por videoconferencia. Fue en ocasión de inaugurar una nueva línea de fabricación de una empresa de cosméticos en Berazategui, cuando la presidenta mantuvo aquel célebre diálogo con Yanina, una trabajadora que empaquetaba los productos de una máquina de pomos, y con el operario que, según la interpretación presidencial, “le llenaba el pomo a Yanina”. Aunque no viene al caso, recordemos que la forma de salir airosa que encontró la presidenta para salir del furcio fue utilizar su habitual tono condescendiente: “No se dieron cuenta del chiste, un poquito subido de tono para la presidenta, pero no importa. Dale, dale, sigamos que nadie se dio cuenta. No se pongan nerviosos chicos”. El tentador recurso de inaugurar obras públicas para aumentar el prestigio de los dirigentes políticos –o al menos instalarlos en el candelero público– no es más que un burdo recurso de propaganda electoral. El uso faccioso de la publicidad oficial para darle a esos actos una impronta personal constituye una forma poco ética de desnivelar el terreno de la confrontación democrática a favor de quienes desempeñan el poder. La ley ampulosamente denominada “de democratización de la representación política, la transparencia y la equidad electoral” que reforma el Código Electoral establece que queda prohibido a los partidos políticos la emisión de avisos publicitarios con el fin de promover la captación del sufragio, antes de los 25 días del acto electoral. Por su parte, el gobierno no puede, durante los 15 días anteriores a la fecha de la celebración de las elecciones, realizar actos inaugurales de obras públicas. Es decir que de acuerdo con las astutas previsiones legales, los partidos políticos sólo pueden hacer propaganda los 25 días previos al acto electoral, mientras que el gobierno dispone de todo el año para hacer campaña electoral a través de las inauguraciones de obras públicas, con la pulcra limitación de abstenerse ¡15 días antes del acto electoral! No obstante la claridad del texto legal, dado el escaso apego a las formas imperantes en nuestra cultura, en la práctica esa breve limitación también se relativiza o ignora.


ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar

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