¿Piensan los animales?
Cuando juego con mi gata –escribió famosamente Montaigne–, ¿cómo puedo estar seguro de que ella no está jugando conmigo?”. El filósofo hacía eco en el siglo XVI a una duda antigua que todavía en nuestro tiempo no tiene respuesta cierta. Además de sentir, ¿piensan los animales? Desde Aristóteles, quien veía inverosímil que los animales pudieran poseer una facultad correspondiente a un alma, el asunto constituyó un enigma para estudiosos. Hubo positivistas y negadores. Algunos se atrevieron hasta a imaginarles cualidades morales. Plinio el Viejo (calificado como protomártir de la ciencia experimental porque murió asfixiado mientras inspeccionaba la boca del Vesubio) formuló en su “Historia Natural” y en tiempos de Nerón la descripción de una jerarquía zoológica en cuya cumbre estaban los elefantes. Su consideración del paquidermo como el animal más inteligente es famosa por pintoresca. Dice que reconoce el lenguaje, obedece las órdenes, memoriza lo aprendido, conoce la pasión por la gloria, practica la probidad, la prudencia y la equidad. Y finalmente “puede servir de modelo espiritual al hombre”. Ya en el ámbito de poetas y novelistas de nuestros tiempos, se conoce una historia de la conversación que tuvieron, caminando juntos en el campo de Yasnaya Polyana, dos grandes literatos rusos: Tolstoi y Chejov. Los amigos se encontraron con un caballo en el bosque y el primero comenzó un discurso imaginando gráficamente lo que el animal estaría pensando sobre las nubes del paisaje, los árboles umbríos, el olor de la tierra húmeda, las flores, el sol. Chejov, atónito, le espetó a su camarada que él debió haber sido un caballo en una vida anterior, porque sólo así podría saber tan completamente lo que puede pensar un caballo. Tolstoi le respondió: “No, creo que es porque, el día en que pude llegar a mi propio interior profundo, llegué al interior de todos”. La anécdota ha sido referida como un ejemplo de la capacidad de empatía de que estaba dotado el gran novelista de “La guerra y la paz”. Volviendo a los filósofos y ya en tiempos modernos, Spinoza consideró a los animales distintos de los hombres y, de acuerdo a su doctrina, los relegó en importancia. Escribió brevemente en su “Ética” que “no concuerdan en su naturaleza con nosotros y sus afectos difieren de los afectos humanos”. (Y, en orden a los insectos, Borges, un enamorado del filósofo, se dolía de la fea costumbre que éste tenía de entretenerse con peleas entre arañas). Quien, entre los grandes pensadores del siglo XIX, prestó atención mayor al problema de si los animales tienen conciencia fue Schopenhauer. El capítulo “Del intelecto irracional”, parte II de su libro mayor, ocupa varias páginas en contraponer su condición a la de los hombres. Halla que los animales tienen entendimiento, pero carecen de razón, o sea tienen conocimiento intuitivo pero no conocimiento abstracto. No piensan, propiamente, porque les faltan los conceptos. Por eso carecen de memoria. La capacidad rememorativa de los animales, al igual que su intelecto, se ciñe a lo intuitivo y consiste en que una impresión repetida se anuncia como algo ya existente, al refrescar la huella de una anterior. Así reconoce el perro a quienes lo frecuentan, distinguiendo entre amigos y enemigos, encuentra el camino recorrido una vez, las casas ya visitadas y la visión del plato que lo alegra. En algunos de los más despabilados esta memoria intuitiva se convierte en algo así como una fantasía que le permite al perro tener la imagen del amo ausente y hasta echarlo de menos. Sobre esta fantasía descansan también sus sueños. La consciencia del animal es una mera sucesión de presentes. Vive sin reflexión y sufre menos que los hombres porque no conoce otros dolores que los acarreados por lo presente. Y los sufrimientos que pertenecen al presente sólo pueden ser los físicos. Tampoco pueden tener propósitos o disimulos. Son de cristal, siempre juegan con las cartas hacia arriba. Por eso nos complacen su conducta y su inocencia. En nuestros días, el más importante entre los filósofos atentos a la vida animal, particularmente aplicado a su defensa contra nuestro “especismo” y el sacrificio que hacemos de sus vidas, es Peter Singer, profesor en Princeton y autor del clásico “Animal Liberation” de 1975. Él se pregunta en “Ética práctica” de 1993 si algún animal es persona, algo que nos suena raro a los humanos. Lo que realmente preocupa, dice en un capítulo titulado “Quitar la vida”, es si los animales no humanos son seres racionales, con conciencia propia. Y expone las conclusiones de varios científicos que habilitan, centrándose en el lenguaje, pruebas de que algunos parecen serlo. Varios investigadores, utilizando el lenguaje de signos americano han demostrado que chimpancés, y también gorilas, entendieron signos y pudieron juntarlos en frases simples. Hay experiencias todavía más avanzadas como las de Jane Goodall en Tanzania. Pero sigue siendo sólo un enigma el hecho de que tengan conciencia propia. Singer apunta también a la expectativa de progresos en la investigación de que mamíferos con grandes cerebros, como ballenas y delfines, puedan ser racionales y tener conciencia de sí mismos. A nivel más cotidiano, apunta, muchos de los que tienen gatos y perros están convencidos de que estos animales la tienen y poseen sentido del futuro. Y concluye con una nota de humor: si perros y gatos pueden ser calificados como personas, los mamíferos que utilizamos como alimento no pueden encontrarse demasiado lejos. “Consideramos que los perros son más parecidos a las personas que los cerdos; sin embargo, los cerdos son animales de gran inteligencia y, si criásemos a los cerdos como animales de compañía y a los perros para que sirvieran de alimento, con toda probabilidad daríamos la vuelta a nuestro orden de preferencia. ¿No estaremos convirtiendo personas en tocino?” . Perros y gatos, chimpancés y gorilas, elefantes y ballenas, delfines y cerdos. Hay para elegir según nos plazca. Lo cierto es que para la pregunta “¿piensan los animales?” carecemos todavía, al parecer, de respuesta. (*) Doctor en Filosofía
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
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