Pinti volvió, pero con más de lo mismo
Enrique Pinti estrenó en el Maipo "Pingo Argentino", su nuevo espectáculo. El cómico no hace grandes cambios pero su capacidad para reírse de sí mismo resulta inigualable
BUENOS AIRES (Télam).- Enrique Pinti estrenó su espectáculo «Pingo argentino» el fin de semana en el Maipo, y ratificó su capacidad innata para despertar la carcajada no carente de reflexión, en una tarea efectiva pero que funciona sobre viejos resortes.
Con ajustadas dirección y coreografía de Ricky Pashkus y un buen acompañamiento musical de Julián Vat, la pieza se deja ver con agrado porque Pinti es un cronómetro para dosificar sus frases, sus improperios, aquellas expresiones cuya procacidad ya no estremecen. Así, el capocómico vuelve a ser el intérprete de la clase media argentina -o porteña-, a la que paseará por la historia nacional desde los tiempos de Juan de Garay, personaje que interpreta y es origen, dice, de la corrupción que nunca se detuvo.
A Pinti no se le puede pedir otra coherencia que la del hombre honesto aunque con dificultades para comprender los fenómenos históricos, que comparte con la platea nociones que con facilidad pueden derivar en caminos fatales, sin salida, muy cercanos al pensamiento de la derecha. De ese modo, las conclusiones suelen ser que «a este país no lo arregla nadie», «hecha la ley y hecha la trampa», «los políticos son todos corruptos» y otras aseveraciones que en ocasiones terminaron en abismos trágicos.
De todas maneras, el hombre tiene su gracia y sabe dosificarla, y a sus 67 años declarados logra un espectáculo de menor duración que los anteriores, como si supiera que la merma de su energía coincide con el entusiasmo del espectador.
Con retazos de «Salsa criolla» o «Pericón.com», sus apuestas anteriores y exitosas, Pinti no tiene empacho en nombrar las cosas por su nombre, criticar al elenco presidencial y despegarse burlonamente de Fernando de la Rúa, a quien había invitado a votar para zafar de Carlos Menem.
Tiene también tiempo para renegar de calamidades más universales como la globalización y los imperialismos inglés y estadounidense que asolaron estas pampas, personificados por chicas del ballet convenientemente ataviadas.
En ese momento, sin embargo, cae en algún grueso vicio de ciertos cómicos de la revista porteña, que bastardean a la mujer con epítetos indecorosos, ya que en el juego escénico no se sabe bien si van destinados al personaje o a la intérpretes. Sucede lo mismo con figuras históricas como San Martín, Moreno, Castelli y otros próceres, presentados como marionetas de marcada endeblez y constructoras, como los otros aunque por omisión, de los grandes males de la república.
La mejor parte es la descripción de la mente argentina, con un gran cerebro dividido en dos hemisferios: la materia gris, dechada de virtudes e inteligencia, y la materia fecal, cuna de los mayores desaciertos de la espiritualidad argentina.
Es en ese fragmento donde Pinti descerraja sus conceptos más festejables y, puntero en mano, precisa aquellos lugares en que radican las taras más notorias, señaladas por un color marrón más liviano o más marcado.
Un error que vuelve a cometer, sin embargo, es su vano intento de cantar correctamente, pero esa voluntad se disculpa cuando lo hacen sus acompañantes, entre ellos el «Carlitos» que interpreta Diego Hodara y la «Mariquita» de Mariela Moumdjam.
Hay un buen acompañamiento coreográfico del pequeño grupo de bailarines, vestidos con sencillez por Renata Schussheim y escenografía de Oria Puppo que es ejemplo de efectividad y dinamismo.
HECTOR PUYO
Télam
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