¿Podemos alimentar al mundo?

Redacción

Por Redacción

Gordon Conway (*) Project Syndicate

En el decenio de 1960 la “revolución verde”, que comprendió el desarrollo de variedades de cultivos muy productivos, la ampliación de la infraestructura de riego y la distribución de fertilizantes y pesticidas modernos a agricultores de los países en desarrollo, impulsó la producción agrícola en el mundo entero, pero el hambre crónica sigue omnipresente, en particular en los países en desarrollo, que se ven más afectados por la escasez de las cosechas y la inestabilidad del precio de los alimentos. Se espera que en el 2050 la población humana mundial supere los 9.000 millones de personas. Lograr la seguridad alimentaria significa velar porque todas las personas tengan un acceso constante y asequible a los nutrientes idóneos, pese a las limitaciones en materia de tierra y agua, al cambio climático y a la prevalencia cada vez mayor de las dietas de estilo occidental, que requieren una gran densidad de recursos y que acompañan el aumento de los ingresos. No será fácil superar esas dificultades pero, adoptando medidas concertadas para fomentar la innovación, fortalecer los vínculos con el mercado y apoyar a los pequeños agricultores y a las mujeres, los países en desarrollo pueden crear sectores agrícolas productivos, estables, resistentes y equitativos, lograr un crecimiento económico sostenible y garantizar la seguridad alimentaria para todos. En primer lugar, los sectores público y privado deben ir aumentando la inversión en investigación e innovación, además de la extensión y adopción de tecnologías eficaces, accesibles y asequibles, ya sean tradicionales, intermedias o de nueva plataforma, conforme a las necesidades particulares del país o de la región. Como quedan pocas tierras idóneas sin utilizar y gran parte de las que se cultivan están cada vez más degradadas y erosionadas, la inversión en intensificación sostenible (sistemas de aumento de la producción de los cultivos, junto con la utilización de menos recursos y la reducción al mínimo de los daños medioambientales) reviste importancia decisiva. Por ejemplo la agricultura de conservación, encaminada a reducir o eliminar la necesidad de intervenciones dañinas y con gran densidad de mano de obra, como la labranza mecánica, puede aumentar la producción y al tiempo proteger las zonas vulnerables contra la erosión y mejorar la fertilidad del suelo. En Zambia, con una investigación hecha por las administraciones locales en colaboración con la organización benéfica de lucha contra la pobreza Concern Worldwide, se descubrió que unas nuevas semillas híbridas producían entre cuatro y cinco toneladas, aproximadamente, de maíz por hectárea, frente a la media de África de una tonelada por hectárea. Además, se debe brindar a los pequeños agricultores, que son esenciales para un desarrollo agrícola productivo, estable, resistente y equitativo, las herramientas y el apoyo necesarios para obtener más beneficios de las cadenas de valor y al tiempo reducir el riesgo al mínimo. Para ello, es necesario crear y mantener mercados de insumos y productos justos y eficientes que los conecten física y virtualmente –y también a los agricultores en gran escala– con oportunidades para aumentar sus ingresos. La Alianza para una revolución verde en África ha colaborado con los gobiernos, las organizaciones internacionales, las fundaciones benéficas, la industria privada y los grupos de agricultores para capacitar y apoyar a más de 5.000 comerciantes de productos agrícolas del África oriental y occidental, que han ido abriendo tiendas para vender insumos fundamentales en cantidades pequeñas y asequibles. A consecuencia de ello, los agricultores pueden recorrer distancias más cortas para adquirir suministros necesarios. En una zona de Kenia los agricultores, que habían de recorrer 17 kilómetros para llegar hasta un comercio de productos agrícolas en el 2004, tres años después sólo tenían que recorrer cuatro. Al mismo tiempo, los pequeños agricultores necesitan un acceso más fácil a los mercados para vender sus cosechas por un precio justo, en lugar de depender de intermediarios que les cobren precios caros o de organismos estatales ineficientes. Una opción substitutiva sería la de crear alguna forma de cooperativa o asociación agraria basada en un contrato que negocie unos precios justos. Además, los gobiernos deben formular y aplicar políticas encaminadas a velar porque quienes habitualmente quedan marginados del sector alimentario estructurado –las mujeres, los jóvenes, las minorías étnicas y quienes no son propietarios de tierras– tengan un acceso seguro a una nutrición adecuada y oportunidades para participar en la producción agrícola. Las mujeres, como agricultoras, madres, educadoras e innovadoras, constituyen un vínculo decisivo entre la producción y el consumo de alimentos y los avances futuros en materia de seguridad alimentaria. De hecho, la concesión a las agricultoras del acceso a los mismos recursos que sus homólogos masculinos podría reducir el número de personas desnutridas de entre 100 y 150 millones de ellas en todo el mundo. Por último, los dirigentes políticos deben aplicar coherentemente ese programa en los niveles internacional, regional, nacional y local. Para ello, deben cumplir con sus compromisos –suscriptos mediante instituciones internacionales, como, por ejemplo, el G8, el G20 y la Unión Africana– con una inversión cada vez mayor en el desarrollo agrícola y luchar contra el hambre mundial. Asimismo, deben ofrecer un apoyo sostenido a las iniciativas nacionales en marcha, con lo que fomentarán una mayor inversión y cooperación. John Kufuor, presidente de Ghana del 2001 al 2009, ejemplificó esa capacidad de iniciativa al impulsar la inversión en la investigación agraria, la formación de los agricultores y los proyectos de infraestructuras, como por ejemplo carreteras, almacenes y cadenas de refrigeración. A consecuencia de ello, la proporción de personas que viven en la pobreza se redujo de 51% en el período 1991-92 a 28,5% en el período 2005-06. A lo largo de los 25 últimos años, el sector agrícola de Ghana ha crecido a una tasa anual media de 5%. Esas experiencias inspiran razones para el optimismo. Al invertir en tecnologías innovadoras y difundirlas, fortalecer los vínculos con el mercado, fomentar la capacidad de dirección con miras al futuro y centrarse en los más necesitados –y, por tanto, los que tienen más posibilidades de mejorar–, podremos alimentar al mundo. (*) Profesor de Desarrollo Internacional en el Imperial College de Londres. Traducción: Carlos Manzano


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