Policía desamparada
Juan Manuel Castañeda (*)
En la década de 1940, el entonces comisario Juan Serafín Álvarez narró, en su ignorado libro “Policía desamparada”, padecimientos y vicisitudes de los policías de la época territoriana finalizada al provincializarse Río Negro a fines de los 50. Ese valioso y desconocido texto es un extenso alegato en defensa de una institución históricamente maltratada e incomprendida, siempre atenida al trascendente rol que cumple en la vida del Estado-Nación moderno, degradado por un exponencial incremento de la conflictividad social. Salvo cuestiones formales, pocas de esas penurias han sido superadas, en especial aquellas que inciden sobre el prestigio de las instituciones del Estado y redundan en su eficiencia profesional, trasladando efectos benéficos sobre la comunidad. Sin perjuicio del indudable deterioro del sistema institucional argentino inmerso en un profundo proceso de decadencia, son notorios la constante incompresión y el destrato que padecen los cuerpos policiales por parte de gobiernos de distinto signo y extracción, lo que habla claramente de la dificultad histórica que representan, para los niveles superiores de conducción del Estado, la administración y conducción adecuadas de una fuerza a la que –en la consideración pública– se tolera y administra como una suerte de “mal necesario”. Es probable que esta constante se explique en las valoraciones diferenciadas que sobre estos delicados asuntos distinguen a un mero “administrador” de la burocracia del Estado, de un genuino estadista, esto es una persona o elite altamente capacitada, con auténtica vocación y clara conciencia, dotada de inteligencia, energía y fuerza moral para soportar el peso de tan alta responsabilidad; percibiendo con la certeza típica de un alto magistrado dotado de un superior carisma el tratamiento que corresponde a cada sector o circunstancia que esté en sus manos tratar y resolver. Huérfana la Nación de tales calidades, se hace difícil distinguir si los errores se cometen porque quienes detentan las más altas magistraturas no saben, no quieren o no pueden hacerlo de mejor manera, evidenciando una supina ignorancia o incapacidad en el dominio de un espectro tan sensible como son las “cuestiones de Estado”; en este caso, las atinentes a la seguridad pública en tanto el concepto jurídico “poder de policía” constituye ese poder coactivo del Estado, y su discapacidad o mediatización implica la pérdida de su atributo distintivo, la soberanía; y de su consecuencia, su virtual extinción o disolución, riesgo que anticiparan algunos líderes nacionales en la crisis del 2001. Si profundizamos se puede acotar que en la extensa historia de nuestro país, sólo pocos pensadores han teorizado sobre la naturaleza conceptual del Estado, uno de los cuales –si no el más brillante– fue Arturo Sampay, mentor de la Constitución de 1949. Supo decir en su “teoría del Estado” que “…es un error creer que en la democracia no hay lugar para los jefes”, juicio que es una apertura para el análisis del rol y la trascendencia que las fuerzas policiales tienen –mal que les pese a muchos– en la vida del Estado; revaloriza las aptitudes de aquellos funcionarios dotados naturalmente de talentos y capacidades enraizadas en el complejo arte de conducir ejemplarmente a otros seres humanos, haciéndoles partícipes de la misión que deben cumplir, esforzadamente, en un marco de austeridad y limitaciones, con medios siempre escasos. Confirma su rol de guardianes de la ciudad, papel que se corresponde más con la vida del espíritu que con la contraprestación salarial. Esta breve reflexión no puede –ni debe– obviar la circunstancia abrumadora de la decadencia del Estado al que nos referimos –esto es el Estado Nacional soberano–, inmersos como estamos en el viaje político-jurídico-cultural hacia su categórica mediatización o sutil y definitiva extinción, en etapas sucesivas, “primaveras” mediante y sujetos al designio del ajedrez estratégico mundial. Lo que hace suponer que el Estado global, sostenido en la fortaleza del mercantilismo, el decisionismo financiero y la asfixia de la política en la matriz economicista de la cultura, tendrá al mercado como su protagonista hegemónico. En el doloroso parto de una era sustentada en nuevos e inquietantes paradigmas. Era de Estados nacionales burocratizados y de estadistas en extinción. Todo esto difícilmente ha de modificar la necesidad –en la urbe planetaria– de contar con un revalorizado soporte estratégico en las fuerzas policiales, que más que nunca demandan atención en sus sistemas de reclutamiento, en su formación profesional específica, en su alto espíritu e imprescindible sentido ético y en una concepción profundamente humanista cuasi incongruente con la deshumanización imperante en la cada vez más concreta y conflictiva aldea global. Sin un alto espíritu que las anime y carentes de una conducción ejemplar que muestre cabalmente el derrotero de su deber ser, las fuerzas policiales –última barrera frente a una barbarie social creciente en número, audacia y medios– se transmutarán inevitablemente en factores anárquicos y vehículos de caos y conflicto. (*) Crio. Insp. (R) Policía Río Negro