Popularidad paga

Si Duhalde aspira a ser recordado, debería pensar más en el largo plazo que en la cantidad de asistentes a una manifestación en su favor.

Redacción

Por Redacción

Después de haber sido líder mundial en materia de concentraciones multitudinarias, la Argentina se ha visto convertida en un país en el que, como señaló hace poco el ex presidente Carlos Menem, sería difícil encontrar un solo político que pueda caminar tranquilamente por la calle Florida. El presidente actual no es una excepción a esta triste regla, motivo por el que la manifestación pública que le brindaron distintos caciques del conurbano bonaerense ocasionó más extrañeza que entusiasmo. Si bien los duhaldistas se mostraron en condiciones de trasladar casi veinte mil personas desde sus feudos hasta el centro de la Capital Federal, sólo se trataba de una obra de teatro callejero sin demasiado sentido en tiempos en que la ciudadanía exige algo más a sus «dirigentes» que la capacidad para organizar movilizaciones costosas.

Los intendentes, operadores y punteros que conforman el duhaldismo parecen creer que el flanco más débil de la gestión de su jefe consiste en la falta de apoyo popular, deficiencia que quisieron remediar con la concentración nada espontánea con la que lo homenajearon en ocasión de la inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso. Si éste es el caso, se han equivocado por completo. Aunque Duhalde llegó al poder por la vía legislativa, virtualmente nadie cuestiona su legitimidad. Lo que sí está provocando dudas es la sensación de que carece de una estrategia realista por estar comprometido personalmente con un orden político cuyo fracaso difícilmente podría ser más patente. Si bien dice tener la intención de «fundar una nueva república» y de plasmar «un gran proyecto nacional» -objetivos que planteó una vez más en su discurso ante los legisladores-, no hay señales de que esté dispuesto a alejarse de la política populista tradicional que se caracterizó precisamente por la importancia suprema que otorgaba a los «encuentros» del líder con «su pueblo» en Plaza de Mayo. Huelga decir que el intento de sus simpatizantes bonaerenses de reeditar tales momentos no contribuyó en absoluto a hacer pensar que Duhalde se ha propuesto romper con un pasado desastroso.

Por estar el país en medio de una crisis angustiante y porque para salir de ella serán necesarios muchos cambios dolorosos, convendría que el presidente aprovechara el hecho de que su legitimidad no depende del apoyo popular y que desistiera de procurar conseguirlo para dedicarse plenamente a la búsqueda de soluciones permanentes. De lo contrario, sólo repetirá los errores de otros mandatarios que al dejarse seducir por el fervor de multitudes siempre veleidosas contribuyeron a crear la situación en la que nos hallamos. Podría consolarse recordando que una proporción muy significante de las calamidades nacionales tuvo como prólogo una concentración masiva en Plaza de Mayo, mientras que su posibilidad de superar los desafíos que enfrenta descansa menos en los porcentajes registrados en las encuestas de opinión cotidianas, que en los resultados concretos de las medidas que tome.

De quererlo -y muchos presidentes sí lo han querido-, Duhalde podría enfervorizar a centenares de miles de personas anunciando una serie de medidas demagógicas, pero la aprobación así manifestada no lo salvaría de la furia ciudadana en cuanto tales iniciativas brindaran los resultados previsibles. En cambio, si actúa con realismo ahora, podría tener que soportar algunas manifestaciones en su contra, pero en el caso de que su programa lograra frenar la espiral descendente en la que el país está atrapado, merecería después el aplauso de casi todos. En resumen, es cuestión de elegir entre los triunfos espurios inmediatos que son lo único que podría cosechar en el corto plazo por un lado y, por el otro, los triunfos genuinos logrados en base de muchos meses de fuerza y tenacidad. Los políticos comunes que no confían en su propia capacidad siempre preferirán los primeros mientras que los estadistas, que no son tan frecuentes, optarán por los segundos, de suerte que si Duhalde aspira a ser recordado como algo más que un cacique partidario que fue designado presidente en un momento de confusión, tanto él como sus amigos auténticos tendrán que pensar más en el largo plazo que en la cantidad de asistentes a la manifestación de turno.


Después de haber sido líder mundial en materia de concentraciones multitudinarias, la Argentina se ha visto convertida en un país en el que, como señaló hace poco el ex presidente Carlos Menem, sería difícil encontrar un solo político que pueda caminar tranquilamente por la calle Florida. El presidente actual no es una excepción a esta triste regla, motivo por el que la manifestación pública que le brindaron distintos caciques del conurbano bonaerense ocasionó más extrañeza que entusiasmo. Si bien los duhaldistas se mostraron en condiciones de trasladar casi veinte mil personas desde sus feudos hasta el centro de la Capital Federal, sólo se trataba de una obra de teatro callejero sin demasiado sentido en tiempos en que la ciudadanía exige algo más a sus "dirigentes" que la capacidad para organizar movilizaciones costosas.

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