Por la gracia de Dios

Por JORGE GADANO

Esta última semana, unos 400.000 españoles católicos se manifestaron en Madrid para oponerse a que la religión –católica, por supuesto– deje de ser una materia obligatoria en los colegios del reino. Es ése, de paso, un homenaje al generalísimo Francisco Franco, «Caudillo de España por la gracia de Dios», de cuya desaparición física se cumplirán mañana 30 años.

Franco murió viejo, ya octogenario. Con el sostén del Ejército y de la Iglesia –católica, por supuesto–, instaló en España una dictadura feroz, que con la guerra civil dejó en el país ibérico un millón de muertos. Muchos de ellos asesinados, entre los cuales uno que murió joven, Federico García Lorca, un poeta de dimensión universal que supo pintar con las palabras. Vean, si no: «verde que te quiero verde/verde viento/verdes ramas/el barco sobre la mar/y el caballo en la montaña».

En 1939, cuando era ya imparable el avance del ejército franquista sobre Madrid, pueblo por pueblo, ciudad por ciudad, los «grupos de tareas» capturaban a todo humano que oliera a militancia republicana, esperaban la noche, lo fusilaban en oscuros arrabales y echaban los cuerpos en fosas comunes. La próspera España de hoy camina sobre esos muertos mientras algunos familiares cavan para encontrar a los suyos. De vez en cuando se publica algo sobre esa búsqueda, pero no mucho porque, al fin de cuentas, allá se trata de un asunto privado. Así lo quiso el pacto de la Moncloa.

Los restos del poeta permanecen en la fosa. Se dice que sus familiares lo han querido así. Pero también el Estado lo ha querido así.

El irlandés Ian Gibson investigó el asesinato. Estuvo en Granada cuando los cómplices y encubridores del crimen todavía vivían y, como pacíficos ciudadanos, paseaban a la luz del día por las calles de la ciudad. Y habló con ellos. Es como si uno, para saber la verdad sobre los asesinatos de las monjas francesas, hiciera una cita con Astiz –quien para entonces ya sería un almirante retirado– en las mesas al aire libre del café La Biela.

De habérselo propuesto, Gibson también podría haber entrevistado a Ramón Serrano Suñer, el ideólogo falangista y antisemita amigo de Hitler y Mussolini que fue, primero, ministro del Interior y, luego, canciller del régimen franquista entre 1939 y 1942.

En setiembre del 2001 Serrano cumplió cien años. Vivía entonces en Madrid y se lo podía ver paseando por los jardines de El Retiro. Se lo pudo ver también, cuando era el todopoderoso «cuñadísimo» –así llamado por su parentesco con el caudillo–, en fotos con Hitler y Mussolini y con el nuncio apostólico en Madrid, monseñor Cicognani. Era quien representaba a «la gracia de Dios» en España.

Cómplice de los fusilamientos de republicanos cuando en Burgos, la provisoria capital franquista, ejercía como virtual ministro del Interior –llamó a eso «justicia al revés»–, Serrano fue también un promotor de la colaboración entre la policía franquista y la Gestapo, que llevó a los refugiados españoles en la Francia ocupada a campos de concentración nazis como el de Mauthausen. Según un artículo publicado en el número 35 de la revista madrileña «Historia», fue igualmente responsable del «abominable trato que se dio a los judíos sefaradíes con pasaporte español». Cuando murió, a los 101 años, diarios madrileños como «Ya» y «El Mundo» publicaron discretas y respetuosas notas necrológicas.

El «Caudillo de España por la Gracia de Dios», así designado en una moneda acuñada cuando gobernaba España, fue sepultado en el Valle de los Caídos como un héroe nacional, pero sólo un jefe de Estado asistió a las exequias. Fue Augusto Pinochet.

El entonces joven rey Juan Carlos, preparado por Franco para sucederlo, asumió la jefatura del Estado y habló ante las Cortes. Dijo: «El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de asumir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la Patria. Es de pueblos grandes y nobles el saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio».

Al cabo de casi 40 años de feroz dictadura, los españoles, a derecha e izquierda, se han cuidado de «saber recordar» al dictador. Lo hicieron «sabiendo olvidar» a sus víctimas. En la España de Federico García Lorca, el Generalísimo puede contar todavía con la gracia de Dios.


Por JORGE GADANO

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